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7 junio 2026 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

II Domingo después de Pentecostés: 7-junio-2026

Epístola (1Jn 3, 13-18)

13No os sorprenda, hermanos, que el mundo os odie; 14nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte. 15El que odia a su hermano es un homicida. Y sabéis que ningún homicida lleva permanentemente en sí vida eterna. 16En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. 17Pero si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios? 18Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. 

Evangelio (Lc 14, 16-24)

16Jesús le contestó: «Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; 17a la hora del banquete mandó a su criado a avisar a los convidados: “Venid, que ya está preparado”. 18Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: “He comprado un campo y necesito ir a verlo. Dispénsame, por favor”. 19Otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor”. 20Otro dijo: “Me acabo de casar y, por ello, no puedo ir”. 21El criado volvió a contárselo a su señor. Entonces el dueño de casa, indignado, dijo a su criado: “Sal aprisa a las plazas y calles de la ciudad y tráete aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos”. 22El criado dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio”. 23Entonces el señor dijo al criado: “Sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se llene mi casa. 24Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete”».

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Eduardo ROSALES: San Mateo (1873), Catedral de Santa María la Real de la Almudena (https://www.comunidad.madrid/cultura/patrimonio-cultural/restauracion-dos-pinturas-lienzo-eduardo-rosales-san-mateo-san-juan-evangelista)

Reflexión

I. El santo Evangelio del segundo domingo después de Pentecostés (Lc 14, 16-24) trae una parábola de Jesús en la que compara el reino de Dios con un banquete después de que uno de los que estaban a la mesa con Él en casa de un fariseo exclamase: «¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios!» (v. 15).

Desde los tiempos de los profetas la venida del Salvador se anunciaba con la alegría propia de la celebración festiva de una comida («Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, | en este monte, un festín de manjares suculentos, | un festín de vinos de solera; | manjares exquisitos, vinos refinados»: Is 25, 6). El banquete, y en particular el banquete de bodas, es figura corriente del reino mesiánico y, por tanto, de la Iglesia. Consecuencia natural es que lo sea también de la gloria del Cielo, de la que el reino mesiánico es inicio y camino, y que no se puede describir fácilmente, como dice san Pablo: «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman» (1Cor 2, 9).

Además, se recurre a la imagen del banquete porque la presencia del Mesías cambia la tristeza del pecado por la alegría de la gracia que hace posible una verdadera transformación de los bautizados, «partícipes de la naturaleza divina» (2Pe 1, 4). Merced a la Redención de Cristo somos hechos verdaderamente hijos de Dios por eso afirma santo Tomás de Aquino que la gracia nos diviniza. Es lo que Cristo comienza a anunciar precisamente en el marco de un banquete: el de las Bodas de Caná, donde la intercesión de la Virgen María alcanza de su Hijo el cambio del agua en vino, imagen y realidad del desposorio entre Dios y el hombre, entre Cristo y su Iglesia.

II. Volviendo a la parábola, el acento se pone sobre la reacción de tres grupos de personas:

  • Los convidados que rechazaron la invitación representan a los judíos que no quisieron aceptar la Encarnación y rechazaron a Jesucristo como Mesías e Hijo de Dios. Se mantuvieron firmes en su interpretación de la Escritura y no acogieron la revelación de Dios que se comunicaba plenamente en Jesús.
  • A continuación, el dueño de la casa da orden al criado de salir a las plazas y calles de la ciudad y traer a su banquete a los pobres, lisiados, ciegos y cojos, signo de lo menospreciado o del desecho moral de Israel. En el lugar de aquellos primeros invitados vinieron a él gentes despreciables a sus ojos, aunque también judíos: son los pobres de Yahvé o el resto de Israel.
  • Por último, manda que salga a los caminos y senderos, ya fuera del pueblo, que alegóricamente es Israel, y a los que vengan o estén allí, que los llame al banquete. Es también la vocación mesiánica de los gentiles, los no-judíos.

El sentido histórico de la parábola es, por tanto, que gran parte de aquel Israel farisaico quedó fuera del reino. En cambio, entraron los menospreciados, los pecadores y los gentiles[1].

Algunas consecuencias que podemos sacar de esta conclusión de la parábola aplicando esta enseñanza histórica a nuestra vida cristiana son las siguientes.

  1. Ser llamado a la verdadera fe, entrar en la verdadera Iglesia, es ciertamente una gran gracia. Pero eso no es suficiente. La fe es indispensable, pero ella por sí sola no puede llevarnos al Cielo; hay una segunda condición absolutamente necesaria, que es la gracia santificante, es decir esa caridad, ese «amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5, 5). Esa «fe que actúa por la caridad» (Gal 5, 6) que es semilla de vida eterna y lo único que puede dar valor divino a nuestras obras de cara a la eternidad: «Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría» (1Cor 13, 2-3). La misma enseñanza nos recuerda san Juan en la Epístola de este Domingo (1Jn 3, 13-18): «Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras» (v. 18).
  2. Por eso debemos esforzarnos por conservar y aumentar la vida de la gracia en nuestra alma. La gracia, la vida sobrenatural del alma, ha de crecer y desarrollarse hasta alcanzar su perfección y consumación en el cielo. A este fin, tres son los medios que Dios pone a nuestra disposición:
  • Los sacramentos, por los que Jesucristo nos comunica o aumenta su gracia;
  • La práctica de las virtudes u obras meritorias, por la que nosotros, autores secundarios de nuestra propia perfección, colaboramos con la gracia de Dios;
  • Y la oración, por la que pedimos a Dios lo que nosotros no podemos.

III. Recordemos, por último, que a la santa Misa la denominamos también como Banquete eucarístico y el sacramento de la Eucaristía dignamente recibido es ya una anticipación, «una prenda de la gloria futura» porque nos colma de toda gracia y bendición del cielo, nos fortalece en la peregrinación de nuestra vida terrena y nos hace desear la vida eterna.

Pidamos por intercesión de la Virgen María, adorar y recibir siempre dignamente este sacramento para que alcancemos sus frutos de gracia mientras estamos en esta vida y para contemplar a Dios por toda la eternidad en la gloria del Cielo.


[1] Cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 865-866; cfr. El comentario a Mt 22, 1-14 en: 474-482.