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6 septiembre 2026 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

Bienaventurada Virgen María de Guadalupe: 6-septiembre-2026

Epístola (Eclo 24, 22-31 Vg)

Yo, como terebinto extendí mis ramas, un ramaje de gloria y de gracia

Yo, como una viña, di aroma fragante, mis flores y mis frutos son bellos y abundantes.

Yo soy la madre del amor noble, del temor, del conocimiento, de la santa esperanza.

Yo tengo la gracia del camino y de la verdad, en mí está la esperanza de la vida y de la virtud.

Venid a mí los que me amáis, saciaos de mis frutos.

Mi recuerdo es más dulce que la miel, mi heredad mejor que los panales.

Mi recuerdo durará por los siglos.

El que me come tendrá más hambre, el que me bebe tendrá más sed; el que me escucha no se avergonzará, el que trabaja conmigo no pecará.

Los que me explican tendrán la vida eterna.

Evangelio (Lc 1, 26-38)

En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, 27a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. 28El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo [bendita tú entre las mujeres: Vg]». 29Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. 30El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. 31Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. 32Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; 33reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». 34Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». 35El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. 36También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, 37porque para Dios nada hay imposible». 38María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró.

Hallazgo de la imagen de la Virgen de Guadalupe (Cuadro en el Claustro del Monasterio)

Reflexión

I. La conmemoración litúrgica de la Bienaventurada Virgen María de Guadalupe se celebra en Coria-Cáceres, Mérida Badajoz y Toledo en Guadalupe con el grado de Solemnidad y eso le hace prevalecer sobre los textos propios del Domingo XV después de Pentecostés en que nos encontramos.

Esto ocurre a raíz del movimiento que promovió la declaración del patronato de Nuestra Señora de Guadalupe sobre Extremadura a comienzos del pasado siglo. Dicha petición fue elevada a la Sede Apostólica por el Cardenal-Arzobispo de Toledo, conjuntamente con los obispos de Badajoz, Coria, Vicario capitular de Plasencia, sede vacante, Ciudad Rodrigo, Ávila y Córdoba, todos ellos con jurisdicción en parte del territorio extremeño, recogiendo también el parecer favorable del clero, de las ciudades y pueblos de la región.

Mediante el rescripto pontificio Beatissiman Virginem Dei Genitricem Maríam (20-marzo-1907), el papa san Pío X se dignó declarar y constituir con su autoridad suprema a la Virgen María de Guadalupe, celestial Patrona principal de toda la Región de Extremadura

Con esta misma fecha se concedió Oficio y Misa propios para su Fiesta que se fijaba en el domingo primero de septiembre de cada año. Las reformas litúrgicas llevadas a cabo durante ese pontificado (en concreto, en 1913) no permitían celebrar en los domingos este tipo de memorias de la Virgen o de los santos y por eso quedó asignada desde 1914 la fiesta litúrgica de Santa María de Guadalupe al 6 de septiembre, para distinguirla del 8 de septiembre, día también muy ligado a la devoción a la Virgen de Guadalupe y en el que la liturgia de la Iglesia celebra la fiesta de la Natividad de la Virgen María.

Algunos años después (1920), se obtuvo el correspondiente texto litúrgico del Oficio y Misa para el día 6 de septiembre que es la que estamos celebrando esta mañana.

II. La oración colecta dice así

«Oh, Dios, que nos preparasteis una especial defensa en la imagen de vuestra Sacratísima Madre: conceded a vuestros siervos suplicantes que los que la veneramos piadosamente en la tierra, nos alegremos con su perpetua compañía en el Cielo».

Llamamos la atención sobre la particular referencia que se hace en este texto a la imagen de la Santísima Virgen, de la que dijo el papa Pío XII:

«Y no hay nadie, cuyo ánimo no se conmueva ante la propia imagen de la Bienaventurada Virgen María de Guadalupe, de color moreno y rostro sereno» («nec est denique cuius animum non permoveat ipsa effigies Beatae Mariae Virginis Guadalupensis, subnigro colore serenoque vultu»[1])

  • El Papa destacaba la expresión pacífica y dulce de la cara de la Virgen de Guadalupe, conocida cariñosamente como «La Morenita de las Villuercas» por la tez oscura de esta talla mariana.
  • Pero, sobre todo, manifestaba de forma solemne el profundo impacto espiritual y emocional que la imagen provoca en todos los peregrinos que la contemplan. De ahí que ocupe un lugar tan importante en la Liturgia de esta fiesta la referencia a esta imagen de la Virgen a la que le corresponden los apelativos de antigua, hermosa y majestuosa (en expresión de fray Sebastián García OFM)[2].

III. Podemos fijarnos, por último, en el contenido de la petición que le hacemos a Dios en esta oración: que quienes veneramos esta imagen piadosamente en la tierra, nos alegremos con su perpetua compañía en el Cielo.

Apenas es necesario insistir en la doctrina de santo Tomás de Aquino según la cual la imagen, en cuanto tal, debe ser venerada con el mismo culto con que es venerada la persona o cosa que representa, aun cuando sea diverso el modo de alcanzar el termino, es decir: el culto se termina en la imagen de un modo relativo y transitorio, mientras en el prototipo representado por la imagen se termina de un modo absoluto y permanente[3]. Por esto a la imagen de la Virgen se le llama comúnmente «la Virgen». Y los fieles le hablan como si hablasen a la misma SS. Virgen. Tanto más que nuestra Señora oye, en la visión intuitiva de Dios, las plegarias, las manifestaciones de pensamientos y de afectos hechas ante sus imágenes.

Venerar a la Santísima Virgen como camino para el Cielo guarda relación con la expresión que hemos escuchado en la Epístola (Eclo 24, 22-31): «Yo tengo la gracia del camino y de la verdad, en mí está la esperanza de la vida y de la virtud» (v. 25).

La aplicación que la Liturgia hace a la Santísima Virgen de éste y otros textos relativos a la Sabiduría increada, es puramente acomodaticia. El sentido espiritual de esas aplicaciones nos recuerda que María es quien aprovechó más plenamente las enseñanzas de esa Sabiduría divina que había de encarnarse en Ella (Lc 2, 19; 51; 11, 28). En la letanía del Rosario la invocamos como «Trono de sabiduría – Sedes Sapientiae» puesto que es la Madre de Jesucristo, que como hemos dicho es la Sabiduría encarnada.

Lejos de atribuirse a sí misma el ser ella esa Sabiduría, la Virgen nos dice que es la esclava del Señor (Lucas 1, 38); que Él puso los ojos en la humildad de su sierva (ibíd. 1, 48) y que, si todas las generaciones la llamarán dichosa, es porque en Ella y por medio de Ella hizo cosas grandes el mismo Dios[4].

Por eso le pedimos a la Virgen María alcanzar la gracia del camino y la verdad (ibíd., v.25), es decir, la gracia de conocer la Verdad que es Dios y de seguir el camino que lleva a ella. Y para ello renovamos nuestro propósito de darle culto a nuestra Madre en las diversas formas en que podemos hacerlo:

  • Culto de veneración.
  • De amor
  • De gratitud
  • De invocación
  • Y, particularmente el culto de imitación que consiste en reproducir en nuestra vida, con la mayor fidelidad que podamos, la vida de María. Esta será la piedra de toque que nos permite verificar la autenticidad de nuestro culto: los frutos de santidad que produce[5].

IV. En su advocación de Nuestra Señora de Guadalupe, le pedimos a la Virgen María que nos ayude a no olvidar que aquí, en la tierra, estamos de camino, que nos enseñe a prepararnos para el encuentro definitivo con Jesús y que así nos alegremos con su perpetua compañía en el Cielo.


[1] Cfr. Concesión título Basílica menor; breve papal Augusta Virgo Deipara, 17-junio-1955, in AAS, 38-2-23 (1956) 491-493

[2] GARCÍA, S., Guadalupe: Santuario, Monasterio y Convento, in: Guadalupe: Siete siglos de fe y de cultura, Arganda del Rey: 1993, 11-16.

[3] ROSCHINI, vol. 2, 433-435.

[4] STRAUBINGER, in Eclo 24, 24; Prov 8, 27ss.

[5] ROSCHINI, o. c., 351, 293-416.

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