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8 agosto 2026 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

XI Domingo después de Pentecostés: 9-agosto-2026

Epístola (1Cor 15, 1-10)

1Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os anuncié y que vosotros aceptasteis, en el que además estáis fundados, 2y que os está salvando, si os mantenéis en la palabra que os anunciamos; de lo contrario, creísteis en vano. 3Porque yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; 4y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; 5y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; 6después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; 7después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; 8por último, como a un aborto, se me apareció también a mí. 9Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. 10Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.

Evangelio (Mc 7, 31-37)

31Dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. 32Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. 33Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. 34Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, «ábrete»). 35Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente. 36Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. 37Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Domenico Maggiotto (Siglo XVIII): Curación del sordomudo

Reflexión

El Santo Evangelio de este Domingo (Mc 7, 31-37) nos pone delante la curación de un hombre «un sordo, que, además, apenas podía hablar». Pero si prestamos atención al relato, hay algo que salta a la vista de inmediato. No es una curación ordinaria. Jesús no se limita a pronunciar una palabra. El Señor realiza todo un conjunto de gestos, de signos visibles y ritos externos muy precisos para obrar este milagro.

Este pasaje nos recuerda que en la Iglesia de Cristo los ritos no son adornos vacíos ni inventos caprichosos que se puedan cambiar arbitrariamente. Los ritos sagrados expresan y custodian la verdad eterna.

I. Los ritos de Jesús y el valor de la sagrada liturgia. Fijémonos en los detalles del Evangelio. Al principio, la gente le rogaba a Jesús que simplemente le impusiera las manos. Era el gesto tradicional. Los rabinos lo usaban para bendecir o para transmitir autoridad y magisterio oficial a sus alumnos. Aquellas personas pensaban que ese gesto era necesario para el milagro.

Pero Jesús va mucho más allá: introduce sus dedos en los oídos del sordo. Luego, escupe y toca su lengua con la saliva. ¿Por qué tantos pasos? Con esto, el Señor estaba realizando una parábola en acción. Como aquel hombre no podía oír palabras, Jesús le habla a través de los sentidos. Le indica físicamente que va a abrir sus oídos y a desatar su lengua.

Sin embargo, para dejar muy claro que esto no era magia, sino poder divino, Jesús realiza dos gestos: miró al cielo, señalando la fuente de su poder, y luego gimió o suspiró (Mc 7, 34). Ese gemido era su oración íntima y silenciosa al Padre. Y entonces lanza el mandato: «Effetá (esto es, ábrete)» (v. 34). San Marcos nos conservó la palabra exacta en arameo para que no olvidemos la fuerza de ese instante[i].

Esto nos revela una delicadeza inmensa de Nuestro Señor hacia nuestra propia naturaleza. Dios nos creó así: somos alma y cuerpo, espirituales y sensibles a la vez. No somos puros espíritus flotando en el aire. Necesitamos de lo visible para entender lo invisible. Por eso, el rito externo tiene tanto poder sobre el alma humana. Cuando un rito se deforma, se descuida o se altera, el misterio se oscurece y nuestra alma se enfría.

¿Qué debemos aprender de esto hoy? Debemos crecer en el aprecio al valor de las ceremonias del culto católico. En los ritos tradicionales de la Iglesia se encierra un tesoro inagotable de doctrina y de espiritualidad viva. No son reliquias del pasado; son la coraza que protege la Verdad. No nos conformemos con asistir de forma pasiva. Indaguemos el significado de cada gesto litúrgico. Pongamos toda nuestra alma en las funciones sagradas. Así esos ritos operarán en nosotros los efectos de gracia que Nuestro Señor y la Iglesia previeron al instituirlos.

II. El Bautismo y la defensa de la fe frente a la confusión. Si profundizamos en el sentido místico de este milagro, los Santos Padres nos enseñan que ese sordomudo somos todos nosotros. Representa a la humanidad entera que, por culpa del pecado original, había quedado completamente sorda a la voz del Espíritu Santo y muda para alabar a Dios. Para sanar esa sordera heredada vino el Señor al mundo. Y fue en el trono de la Cruz, donde la humanidad quedó libre para volver a escuchar a su Creador y responderle.

Ahora bien ¿cómo llega esa gracia que Cristo ganó en la Cruz a cada uno de nosotros? A través del Santo Bautismo.

La Iglesia sabe que la fe entra por el oído y se confiesa con los labios. Por eso, en el rito del Bautismo se incorporó un gesto idéntico al de Jesús con el sordomudo. Tras el tercer exorcismo, el sacerdote toca los oídos y la nariz del que va a ser bautizado y ordena: «Éfeta, que significa: Abríos. En olor de suavidad. Y tú, diablo, huye, porque se acerca el juicio de Dios» (Ritual Romano). ¡Qué palabras tan imponentes! En ese preciso instante se rompe la sordomudez espiritual. El alma queda sellada, lista para escuchar las verdades del Cielo y responder con cánticos de alabanza.

Santo Tomás de Aquino[ii], nos enseña que en el Bautismo hay tres elementos esenciales:

  • la materia, que es el agua;
  • la forma, que son las palabras sagradas;
  • y el ministro, que actúa como instrumento de Cristo.

Pero añade que la Iglesia instituyó el resto de las ceremonias por tres razones fundamentales:

  • Primero, para encender la devoción y la reverencia. Si bautizáramos sin solemnidad, la gente podría pensar que es un baño ordinario. El rito sagrado nos grita que ahí está ocurriendo un misterio eterno.
  • Segundo, para instruir a los fieles. Como no somos puros espíritus, los signos sensibles nos enseñan las realidades invisibles que el agua sola no llega a expresar del todo.
  • Y tercero, para frenar al enemigo. Las oraciones, los exorcismos y las bendiciones del rito litúrgico impiden que el poder del demonio ponga obstáculos a los efectos del sacramento.

III. El depósito de la fe y la perseverancia católica. Con todo lo que hemos meditado hoy sobre los ritos sagrados y el Bautismo, entendemos perfectamente la advertencia que san Pablo hace a los Corintios en la Epístola de esta Misa (1Cor 15, 1-10): «Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os anuncié y que vosotros aceptasteis, en el que además estáis fundados, y que os está salvando, si os mantenéis en la palabra que os anunciamos; de lo contrario, creísteis en vano».

¡Qué palabras tan actuales! San Pablo nos pone una condición tajante para salvarnos: retener el Evangelio exactamente en los mismos términos en que fue anunciado. El fruto del Bautismo es la fe, pero esa fe debemos conservarla tal como la recibimos, pura e intacta.

Recordemos al respecto lo que definió solemnemente el Concilio Vaticano I en su Constitución sobre la Fe Católica[iii]: «La doctrina de la fe que Dios ha revelado, no ha sido propuesta como un hallazgo filosófico que deba ser perfeccionado por los ingenios humanos, sino entregada a la Esposa de Cristo como un depósito divino, para ser fielmente guardada e infaliblemente declarada».

La fe no cambia con los tiempos. No avanza según las ocurrencias del mundo. El mismo Concilio, citando a san Vicente de Lerins, añade «Crezca, pues, y mucho y poderosamente se adelante en quilates, la inteligencia, ciencia y sabiduría de todos y de cada uno, ora de cada hombre particular, ora de toda la Iglesia universal, de las edades y de los siglos; pero solamente en su propio género, es decir, en el mismo dogma, en el mismo sentido, en la misma sentencia»[iv]. Si una interpretación nueva contradice lo que la Iglesia enseñó ayer, esa interpretación es falsa. Así de simple.

Alguien podría preguntarse: Pero si tenemos la Biblia, ¿para qué necesitamos que la Iglesia la interprete? ¿No basta con leerla?. Precisamente porque la Sagrada Escritura es tan sublime, cada uno corre el riesgo de interpretarla a su manera. Sin la guía de la Tradición, habría tantas religiones como lectores. Por eso, es obligatorio interpretar las Escrituras siguiendo la pauta del sentir católico universal.

¿Y cuál es esa pauta infalible? El citado san Vicente de Lerins nos dejó una regla de oro que disipa cualquier duda: «En la Iglesia Católica hay que poner el mayor cuidado para mantener lo que ha sido creído en todas partes, siempre y por todos»[v]. Eso es lo verdaderamente católico: una universalidad en el tiempo, en el espacio y en la totalidad de los fieles.

  • Seguimos la universalidad cuando profesamos la fe que la Iglesia entera confiesa en todo el mundo.
  • Seguimos la antigüedad cuando no nos separamos jamás de lo que proclamaron nuestros santos padres.
  • Seguimos lo que ha sido creído por todos cuando abrazamos las definiciones tradicionales de los obispos y maestros de siempre.

IV. El Señor nos ha abierto los oídos en el Bautismo para escuchar la Verdad, no las opiniones de los hombres. Pidamos a Nuestra Señora, la Virgen siempre Fiel, que nos conceda la gracia de conservar intacta la Fe que recibimos en la fuente bautismal. Permanezcamos firmes en la roca de la Tradición para que, por esa fidelidad, alcancemos la salvación eterna.


[i] Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5: Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 683-684.

[ii] STh III, q.66.

[iii] Enrique DENZINGER,         El Magisterio de la Iglesia,          Barcelona: Herder, 1963, 1800.

[iv] Commonitorium, 28.

[v] Ibíd, 2.

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