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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (Rom 11, 33-36)
33¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! 34En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? 35O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa? 36Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén.
Evangelio (Mt 28, 18-20)
18Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. 19Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; 20enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Reflexión
I. En este primer Domingo una vez acabado el Tiempo Pascual, la Iglesia honra de manera particular en su liturgia a la Santísima Trinidad para darnos a entender que los misterios de Jesucristo (que hemos celebrado en los domingos y fiestas a lo largo del Año Litúrgico) y de la venida del Espíritu Santo (que recordamos en la fiesta de Pentecostés la semana pasada) tienen como fin llevarnos al conocimiento de la Santísima Trinidad y a su adoración en espíritu y verdad [1].
II. Con las solas fuerzas de la razón natural podemos llegar a conocer y demostrar la existencia de Dios en cuanto creador del orden natural, pero nada podemos alcanzar del orden sobrenatural (como lo que se refiere a la Santísima Trinidad, la gracia y la gloria, la Encarnación etc.), realidades cuyo conocimiento escapa a la capacidad de la razón. Conocemos el misterio de la Trinidad, que Dios es uno en tres personas realmente distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo» (ibíd.) porque Dios nos lo ha revelado.
Por eso la Epístola (Rm 11, 33-38) es un himno de rendido homenaje a la grandeza de Dios. Es el reconocimiento de la debilidad humana postrándose reverente ante Dios infinitamente poderoso y sabio, que nos ha dejado vislumbrar sus maravillosos designios, dirigidos por la misericordia, en orden a la salvación de los hombres. El Apóstol resalta (v.36) que todo viene de Dios como creador, todo subsiste por El como conservador providente de la creación, y todo tiende a Él como a último fin cuando lleva a cabo la obra de nuestra santificación [2].
II. Esta revelación del misterio de la santísima Trinidad, Dios la ha hecho de manera progresiva.
Por último y a partir de la Revelación, el trabajo teológico de los Padres de la Iglesia y la obra de los Concilios sostenidos por el sentido de la fe del pueblo cristiano permitió a la Iglesia formular más explícitamente la fe trinitaria, tanto para profundizar en su conocimiento como para defenderla contra los errores que la deformaban [3].
IV. Centrándonos en la revelación del misterio trinitario en el NT, hoy leemos en el santo Evangelio (Mt 28, 18-20) que el bautismo se administra: «en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo» y desde entonces somos hijos de Dios, movidos por el Espíritu Santo que, a manera de alma o principio vital, unifica y pone en acción todo el Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia.
Así, Jesús indica a sus Apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos […] enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado». Las enseñanzas de Jesús fueron completadas, según lo anunciara Él mismo (cf. Jn. 16, 13), por el Espíritu Santo, que inspiró a los apóstoles los Libros sagrados que hoy forman el Nuevo Testamento. De esta manera, según se admite unánimemente (cf. 1 Tm. 6, 3 y 20), la Revelación divina quedó cerrada con la muerte del último Apóstol. Se entiende así cómo la Jerarquía eclesiástica no es, ni pretende ser, una nueva fuente de verdades reveladas, sino una predicadora de las antiguas, según aquí ordena Cristo. «El Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no de manera que ellos pudieran, por revelación suya, dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que, por asistencia suya, ellos pudieran guardar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe» (Const. Pastor aeternus cap. IV). De ahí, la importancia capitalísima de que el cristiano conozca en sus fuentes primarias ese depósito de la Revelación divina [4].
V. A la Virgen María la llamamos templo y sagrario de la santísima Trinidad porque aceptó la voluntad del Padre y concibió en su seno al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. Que Ella nos ayude a conocer y conservar la fe pura en el misterio trinitario y a vivir como hijos de Dios con la esperanza de así poder alabar a la Santísima Trinidad por toda la eternidad en la gloria del Cielo.
[1] Catecismo Mayor, Instrucción sobre las fiestas del Señor, de la Santísima Virgen y de los santos, I, cap. 12.
[2] Cfr. Lorenzo TURRADO, Biblia comentada, vol. 6, Hechos de los Apóstoles y Epístolas paulinas, Madrid: BAC, 1965, 346.
[3] Cfr. CEC, 238-248.
[4] Cfr. Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in Mt 28, 20.