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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Desde mi plácido retiro salmantino de cada verano, no trato sin embargo de imitar al bueno de Fray Luis en su locus amoenus, pues, como ciudadano del siglo XXI, no puedo permitirme el lujo de desconectarme del mundo real, de prescindir de lo que está ocurriendo en la circunstancia que me ha tocado vivir, que oscila entre la vulgaridad y el encanallamiento de la política nacional y un inestable equilibrio internacional.
De este modo, he tenido noticia de un cierto manifiesto, suscrito por un manido elenco de “artistas e intelectuales” o algo así, ad maiorem gloriam de Pedro Sánchez, pero reconozco que he obviado su lectura por razones sanitarias. No me han despertado tampoco gran interés las causas ya en manos de los tribunales de justicia, tanto los que se refieren al caso Montoro, por la derecha, como los que apuntan al corazón del progresismo; a todo esto, sigo sin leer nada sobre aquel caso Pujol, que al parecer se llevó la trampa y que sospecho que nunca verá la luz, esta luz de crepúsculo de un Sistema y de un Régimen.
No me resisto a hacer la merced al lector de algunas lecturas de estos días, que me mantienen en tensión intelectual y van a contribuir a darme bases sólidas y fiables ante un presente detestable, consolidar valores y aclarar algunos enigmas, así como hilvanar causas y consecuencias a la luz de la razón.
Empiezo por el libro “Mercedes Fórmica. Retrato apasionado de una mujer valiente”, cuya autora es una feminista de verdad, M.ª José Ibáñez, que rompe estereotipos y moldes al desvelar la historia de quien consiguió, entre los años 50 y 60 del siglo pasado, que se modificaran 66 artículos del Código Civil y los correspondientes de la Ley de Enjuiciamiento Criminal , vigentes desde 1888 y que la 2ª República no había tocado siquiera, para conseguir la igualdad de las mujeres. Mercedes Fórmica es la gran silenciada y desconocida, quizás por su identificación con el ideario de José Antonio.
Desde la lejanía geográfica, pero no anímica, tengo abiertas las páginas del libro “El origen del catalanismo”, del doctor y profesor universitario Javier Barraycoa, que rompe esquemas políticamente correctos y repetidos ad nauseam por los separatistas; como voy viendo a conciencia, el llamado “problema catalán” no es sino una dimensión importante del “Problema español”, del que dimanan los restantes problemas que nos acucian desde un ayer más o menos remoto hasta la cruda realidad de nuestro presente. Erudición y paciente labor investigadora presiden la obra del doctor Barraycoa.
Para ampliar la perspectiva, tengo ante mí, a punto de comenzar, “Un mundo sin pausa”, del también doctor Francesc Torralba, cuya aproximación inicial me atrajo desde su compra, pues se trata de un profundo análisis antropológico, sociológico y axiológico del mundo actual, presidido por el tecnocapitalismo nihilista, en palabras el autor; espero poder hincarle el diente en pocos días, aprovechando el sosiego que he mencionado al principio.
También me acompaña, cómo no, la poesía, representada por una recopilación de textos de Dionisio Ridruejo (“Primer libro de amor. Poesía en armas. Sonetos”), que voy siguiendo al compás de las anteriores lecturas; voy comprobando que, como su autor durante su vida, está entre las ilusiones y los desengaños, entre las certezas y los errores, pero siempre desde la sinceridad; además, fue un regalo de una simpática personita que sabía de mis aficiones…
En estos días de vacaciones, habrá tiempo para todo, incluyendo paseos y excursiones, visitas culturales y, también, alguna aproximación montañera en el Macizo Central; y varias tertulias, con familiares y amigos, la mayoría de ellos dotados de una inteligencia natural, entre citas del Romancero tradicional y juicios críticos de la España de hoy.
No sé si Fray Luis de León -cuya estatua tuve ante mí el otro día- tuvo los retos, en su momento, que nos acompañan a los españoles de hoy; tuvo, eso sí, la suerte de seguir los primeros pasos de la Escuela de Salamanca, y la tristeza de sufrir prisión inmerecida por una Inquisición que, con todo, era más inteligente, con mucho, de la que hoy tenemos sobre nuestras cabezas.