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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (Ef 3, 13-21)
13Así pues, os pido que no os desaniméis ante lo que sufro por vosotros, pues redunda en gloria vuestra. 14Por eso doblo las rodillas ante el Padre, 15de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, 16pidiéndole que os conceda, según la riqueza de su gloria, ser robustecidos por medio de su Espíritu en vuestro hombre interior; 17que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; 18de modo que así, con todos los santos, logréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, 19comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios. 20Al que puede hacer mucho más sin comparación de lo que pedimos o concebimos, con ese poder que actúa entre nosotros; 21a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones de los siglos de los siglos. Amén.
Evangelio (Lc 14, 1-11)
1Un sábado, entró él en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. 2Había allí, delante de él, un hombre enfermo de hidropesía, 3y tomando la palabra, dijo a los maestros de la ley y a los fariseos: «¿Es lícito curar los sábados, o no?». 4Ellos se quedaron callados. Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió. 5Y a ellos les dijo: «¿A quién de vosotros se le cae al pozo el asno o el buey y no lo saca enseguida en día de sábado?». 6Y no pudieron replicar a esto. 7Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola: 8«Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; 9y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: “Cédele el puesto a este”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. 10Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. 11Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido».
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Monogramista de Brunswick: «Parábola del Gran Banquete», hacia 1525, Museo Nacional de Varsovia
Reflexión
I. El Evangelio de este domingo (Lc 14, 1-11) nos presenta a Jesús como invitado en la casa de «uno de los principales de los fariseos». Consciente de la mala intención de algunos de sus acompañantes («le estaban espiando»), les dará dos enseñanzas[1]:
Naturalmente, Cristo no trata de enseñar reglas de educación y cortesía. El banquete de bodas al que apunta la parábola es el reino de Dios, el reino mesiánico, ordinariamente representado bajo la imagen de un banquete. Y la lección que da es que allí los primeros puestos estarán reservados a los que aquí fueron más humildes. Es decir, los que esperaron su ingreso en él como puro don de Dios por reconocerse en nada.
Observemos cómo el dueño de casa no sólo es el que invita al banquete y abre las puertas de la sala, sino también quien dispone el lugar que corresponde a cada uno. Eso significa que el reino es don de Dios, y no exigencia o derecho del hombre, que la salvación no es algo que podamos alcanzar por nosotros mismos, sino que es preciso contar ineludiblemente con el auxilio de la gracia de Dios como nos recuerda la oración colecta de la Misa:
«Te suplicamos, Señor, nos prevenga y nos acompañe siempre tu gracia; y nos haga solícitos y constantes en la práctica de las buenas obras».
II. «El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado». El nombre de la virtud de la humildad viene del latín humus, tierra, y significa, según su etimología, inclinarse hacia la tierra. La virtud de la humildad consiste esencialmente en ponerse en el lugar que nos corresponde en relación con Dios y con aquello que hay de Dios en las criaturas[2].
La humildad se funda en la verdad[3], en la realidad; en la distancia infinita que existe entre la criatura y su Creador. Entre el orden natural y el sobrenatural. Esta distancia es tan inmensa que llevó a santo Tomás de Aquino a afirmar una verdad asombrosa: «el bien de la gracia de un solo individuo es superior al bien natural de todo el universo»[4].
Pensemos en esto: en el Bautismo, la gracia santificante hace al cristiano hijo de Dios y comienza a vivir la misma vida de Cristo. Esa unión no es un barniz exterior; es tan profunda que transforma radicalmente nuestra existencia. Hace posible que la vida de Dios se desarrolle como algo propio en el interior de nuestra alma.
Ante un don tan inmenso, a veces olvidamos lo que somos. En un mundo que habla tanto de dignidad humana, aunque atenta continuamente contra ella, nos olvidamos de nuestra propia dignidad de hijos de Dios y de vivir de acuerdo a lo que somos. ¿Cómo deberíamos responder a los dones que hemos recibido? ¿Qué nos toca hacer en el día a día? Aquí es donde pasamos de la grandeza del misterio a la realidad de nuestra jornada.
Esta correspondencia a la gracia se podría concretar hoy en dos propósitos muy claros: cultivar la vida de oración y un constante espíritu de penitencia.
Esta unión con la Cruz de Cristo es una forma de vivir esa humildad que nos propone hoy el santo Evangelio. Y hacerlo será imitar a Cristo, el que verdaderamente se ha humillado, despojándose totalmente, primero en la Encarnación y después hasta el extremo de la muerte en cruz. Si la humildad es el único camino, Él va por delante de nosotros para mostrarlo[5].
III. Consideremos, para terminar, que cuanto más se comprende esta distancia y el acercamiento de Dios con sus dones a sus criaturas, el alma se hace más humilde y agradecida. Por eso la Virgen María fue adornada por Dios en grado eminente con esta virtud sin necesidad de tener que reprimir en ella los impulsos de la soberbia, de la ambición, del egoísmo, de la vanidad… porque fue la llena de gracia desde el mismo instante de su Concepción Inmaculada.
En Ella se cumplieron de modo eminente las palabras de Jesús al final de la parábola: el que se humilla, será ensalzado. La Esclava del Señor, es hoy la Reina del Universo.
A Ella le pedimos que nos guíe por el camino de la humildad, para así alcanzar las gracias que necesitamos y llegar a ser dignos de la recompensa divina en la gloria del Cielo que nos anunciaba hoy Jesús con esta parábola del banquete de bodas.
[1] Cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 863-865.
[2] Cfr. Reginald GARRIGOU-LAGRANGE, Las tres edades de la vida interior, Buenos Aires: DEDEBEC-Desclée de Brouwer, 1963, 670ss.
[3] «Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante, a mi parecer sin considerarlo, sino de presto, esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira. A quien más lo entienda agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella. Plega a Dios, hermanas, nos haga merced de no salir jamás de este propio conocimiento, amén»: SANTA TERESA DE JESÚS, Moradas X, 7; in: https://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/crm.htm.
[4] STh I-II, q. 113, a. 9 ad 2.
[5] «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús…»: Flp 2, 5-10.