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8 febrero 2025 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

V Domingo después de Epifanía: 9-febrero-2025

Epístola (Col 3, 12-17)

12Así pues, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. 13Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. 14Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta. 15Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo. Sed también agradecidos. 16La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. 17Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

Evangelio (Mt 13, 24-30)

 24Les propuso otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; 25pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. 26Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. 27Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”. 28Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”. Los criados le preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. 29Pero él les respondió: “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. 30Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

TISSOT: El enemigo siembra cizaña

Reflexión

La Liturgia reproduce los misterios de la vida de Jesucristo para que contemplemos las enseñanzas que en cada uno de ellos nos da y alcancemos el fruto particular que nos ofrecen, procurando también acompasar nuestra vida espiritual con esa presentación progresiva de los misterios de nuestra fe que se van sucediendo a lo largo de las fiestas y de los tiempos litúrgicos.

En estos domingos después de la Epifanía podemos ver la vida pública del Salvador pues en ellos se nos refiere lo más característico de su ministerio: los milagros (testimonio de su omnipotencia divina y de su misericordia ante las necesidades humanas) y la enseñanza de su doctrina, en particular mediante las parábolas.

La mayor parte de las parábolas que se nos presentan en los Evangelios de estos domingos pertenecen al grupo de las llamadas «parábolas del reino» que exponen diversos aspectos de la doctrina del reino de los cielos (objeto de la primera enseñanza de Jesús: «Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos»: Mt 4, 17).

En estas parábolas del reino el sentido literal se refiere al reino espiritual y visible fundado por Jesucristo, es decir a la Iglesia. Pero también pueden aplicarse a nuestra vida cristiana, al reino interior que es el de la gracia, por la que Dios, efectivamente, reina en cada alma. Así en relación con la parábola que leemos en el Evangelio de este Domingo (Mt 8, 23-27), podemos decir que esa buena semilla sembrada en el campo significa también la gracia sembrada por Jesucristo en nuestra alma; y Él la esparce con abundancia en cada uno de nosotros, a fin de que produzca frutos de santificación y de salvación.

Por eso vamos a considerar la naturaleza de la gracia y la necesidad de cooperar a ella.

I. Naturaleza de la gracia (Catecismo Mayor, 527ss). La gracia de Dios es un don interno, sobrenatural, que se nos da, sin ningún merecimiento nuestro, por los méritos de Jesucristo, en orden a la vida eterna

  • Es un don, es decir, un beneficio esencialmente gratuito al cual no tenemos derecho alguno y que comunica a nuestra alma la vida divina.
  • Sobrenatural, de un orden tan superior al de la naturaleza que ningún ser creado lo puede obtener o merecer por su propia virtud y sus obras… Pero, por medio de ella podemos producir actos también sobrenaturales y meritorios para el cielo («Concede a tus fieles que en Ti confían, tus siete sagrados dones. Dales el mérito de la virtud»: Secuencia de Pentecostés).
  • Que se nos da (por Dios) en vista de los méritos de Jesucristo, porque en el estado en que quedó el hombre después del pecado original sólo por Jesucristo podemos recibir la gracia y la salvación. La gracia santificante conferida en el Bautismo se conserva y aumenta por las buenas obras y la recepción de los sacramentos; se debilita por el pecado venial: se pierde por el pecado moral y se recupera por el sacramento de la penitencia. Y esta gracia santificante es necesaria porque es la vida de Dios en nosotros, sin la cual nuestra alma esta muerta. Es el estado de gracia sin el cual no hay salvación.
  • En orden a la vida eterna, para conducirnos a ella. La gracia nos hace tender a nuestro fin sobrenatural, haciéndonos santos y dignos de la vida eterna. La gracia y la gloria guardan entre sí la relación de simiente y fruto. La gracia es el principio de la gloria, la gloria es la consumación de la gracia.

II. Cooperación con la gracia. He aquí un punto de la mayor importancia. La gracia no produce nada verdaderamente meritorio sin nuestro concurso: «Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1Cor 15, 10). Santo Tomás, siguiendo a S. Basilio, nos explica los efectos de la gracia empleando la imagen del hierro: de sí rudo, frío e informe, se vuelve ardiente, luminoso, flexible, cuando se lo coloca en el fuego y éste lo penetra. La gracia es el fuego que nos transforma (STRAUBINGER).

Vigilemos pues en este punto porque para cooperar a la gracia se necesita valor porque aquella no suprime las dificultades en el ejercicio de la virtud. El mérito y la recompensa serán en proporción del trabajo y Dios será más generoso con quien lo sea en su correspondencia a la gracia.

III. Nos dirigimos con confianza a la Virgen María para que nos alcance que hagamos nuestro el fruto de esta enseñanza de Cristo. Y para ello nos sirve la petición de la oración secreta: que Dios arranque la cizaña de nuestros pecados, perdone compasivo nuestras culpas y dirija nuestros vacilantes corazones, para que así podamos alcanzar un día la vida eterna.