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1 febrero 2025 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

Purificación de Nuestra Señora: 2-febrero-2025

Rito Romano Tradicional

Epístola (Mal 3, 1-4)

1Voy a enviar a mi mensajero para que prepare el camino ante mí. De repente llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando; y el mensajero de la alianza en quien os regocijáis, mirad que está llegando, dice el Señor del universo. 2¿Quién resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada? Pues es como fuego de fundidor, como lejía de lavandero. 3Se sentará como fundidor que refina la plata; refinará a los levitas y los acrisolará como oro y plata, y el Señor recibirá ofrenda y oblación justas. 4Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en tiempos pasados, como antaño.

Evangelio (Lc 2, 22-40)

22Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, 23de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», 24y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones». 25Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. 26Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. 27Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, 28Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: 29«Ahora, Señor, según tu promesa, | puedes dejar a tu siervo irse en paz. 30Porque mis ojos han visto a tu Salvador, 31a quien has presentado ante todos los pueblos: 32luz para alumbrar a las naciones | y gloria de tu pueblo Israel». 33Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. 34Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción 35—y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones». 36Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, 37y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. 38Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. 39Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. 40El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Luis de Morales: "Presentación de Jesús en el Templo"

Luis de Morales: «Presentación de Jesús en el Templo»

Reflexión

I. En la fiesta del 2 de febrero hacemos memoria de dos misterios que san Lucas sitúa en el Evangelio (Lc 2, 22-32) con una referencia cronológica: a los cuarenta días del Nacimiento del Señor. «Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor». Se nos indica también el motivo de aquella primera visita de Jesús al Templo: en la ley dada por Dios al pueblo de Israel por medio de Moisés se prescribía la purificación de la madre después de haber dado a luz a un hijo (Lv 12, 2-8) y el rescate del primogénito como un signo de que pertenecía al Señor (Ex 13, 2.12-13).

La Presentación de Jesús en el Templo nos lo muestra como el Hijo único de Dios en quien la Liturgia ve el cumplimiento de la profecía de Malaquías (Epístola: 3, 1-4): «De repente llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando; y el mensajero de la alianza en quien os regocijáis, mirad que está llegando, dice el Señor del universo» (v. 1). Jesús es el Señor que ahora viene a su Templo pero el anuncio profético hace una referencia a la doble venida del Señor: en la humildad de la carne (que tuvo lugar en la Encarnación y el Nacimiento), y en la gloria del fin, cuando vuelva para juzgar al Mundo y reinar para siempre.

Simeón y Ana representan al Israel fiel que esperaba la venida del Mesías y alaba a Dios al ver cumplidas sus esperanzas. «Aquel día del Señor en que tomó carne humana, fue muy deseado de todos los justos de la Ley antigua desde el principio del mundo, porque en aquel misterio tenían puesta toda la esperanza de su libertad, así también después de la muerte del Hijo de Dios y de su Ascensión al cielo, deseemos nosotros con vehementísimo anhelo el otro día del Señor esperando el premio eterno y la gloriosa venida del gran Dios»[1].

II. La Santísima Virgen no estaba obligada a la ley de la purificación porque fue madre por obra del Espíritu Santo, conservando su virginidad; tampoco lo estaba el Hijo de Dios pero ambos se sometieron a estas prescripciones como vemos en tantos otros lugares de la Escritura en que Jesús cumple las Leyes y las prácticas religiosas del pueblo de Israel.

Esta presentación y ofrenda a Dios de su Hijo la hizo la Virgen María con plena deliberación y con toda su voluntad y por esta razón se le aplican aquellas palabras del Evangelio que se refieren al amor que Dios tuvo al hombre: «de tal manera nos amó María que entregó a su amadísimo Hijo único» («Sic dilexit Maria mundum, ut filium amantissimum unicum daret»[2]).

Simeón profetiza que aquel Niño iba a ser signo de contradicción para el mundo, y que el alma de la Virgen sería atravesada por una espada de dolor. Se nos presenta así otra oblación, perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación que Dios ha preparado para todos los pueblos y por eso Jesús es «luz para alumbrar a las naciones» (v. 31).

III. Esta fiesta, nos mueve a descubrir a Cristo como la Luz que ilumina nuestra vida en todas sus circunstancias:

— Se ha quedado en la Sagrada Eucaristía como especial fortaleza para nosotros: alimento para los débiles;

— Nos ha dejado la Confesión sacramental para aumentar y recuperar la gracia, si la hubiéramos perdido. Precisamente esta fiesta nos alienta a purificar el corazón para que la ofrenda de todo nuestro ser sea agradable a Dios.

— Contamos con la ayuda de santa María, Madre de Dios y Madre nuestra: «a quien constituyó soberana del cielo y de la tierra, capitana de sus ejércitos, tesorera de sus riquezas, dispensadora de sus gracias, realizadora de sus portentos, reparadora del género humano, mediadora de los hombres, exterminadora de los enemigos de Dios y fiel compañera de su grandeza y de sus triunfos»[3]. A ella debemos acudir siempre, pero con especial diligencia cuando nos sintamos en mayor necesidad material o espiritual.

Jesús fue presentado en el Templo por medio de María: «El santo anciano Simeón había recibido de Dios la promesa de que no moriría sin ver nacido al Mesías (Lc 2, 26). Pues esta misma gracia no la recibirá sino por medio de María. Por lo que quien desea encontrar a Jesús no lo encontrará sino por medio de María. Vayamos a esta divina Madre si queremos encontrar a Jesús, y vayamos con plena confianza»[4]. A Ella le pedimos hoy que nos limpie y purifique para que, recibiéndole en nuestra alma por la gracia, podamos contemplarle para siempre en la gloria del Cielo.


[1] Catecismo Romano I, 8, 3.

[2] Encontramos la expresión en el Sacrum promptuarium, recopilación de sermones del capuchino Janez Svetokriški (Juan Bautista de la Cruz), predicador y escritor esloveno, que atribuye la cita a san Buenaventura sin más referencia: Sacrum promptuarium singulis per totum annum festis, quae tum ex praecepto, tum ex devotione celebrantur praedicabile por Janez Svetokriški, 1696, pág. 135. Consultado en: National and University Library of Slovenia, Slovenia – Public Domain. https://www.europeana.eu/item/2020127/URN_NBN_SI_DOC_ZGFBKTD0

[3]  SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONFORT, Tratado de la Verdadera Devoción, 28.

[4] SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, Las glorias de María, II, 6.