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26 diciembre 2024 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

Natividad del Señor: 25-diciembre-2024

Misa del día: Epístola (Heb 1, 1-12)

1En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. 2En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos. 3Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de la Majestad en las alturas; 4tanto más encumbrado sobre los ángeles cuanto más sublime es el nombre que ha heredado. 5Pues ¿a qué ángel dijo jamás: | Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy; | y en otro lugar: | Yo seré para él un padre, | y él será para mí un hijo? 6Asimismo, cuando introduce en el mundo al primogénito, dice: | Adórenlo todos los ángeles de Dios. 7De los ángeles dice: | Hace de los espíritus sus ángeles; | de las llamas de fuego, sus ministros. 8En cambio, del Hijo: | Tu trono, oh Dios, permanece para siempre; | y cetro de rectitud es tu cetro real. 9Amaste la justicia y odiaste la iniquidad; | por eso Dios, tu Dios, te ha distinguido | entre tus compañeros, | ungiéndote con aceite de júbilo. 10También: | Tú, Señor, en los comienzos cimentaste la tierra; | los cielos son obra de tus manos; | 11ellos perecerán, tú permaneces; | se gastarán como la ropa, | 12los envolverás como un manto. Serán como vestido que se muda. | Pero tú eres siempre el mismo | tus años no se acabarán.

Evangelio (Jn 1, 1-14)

1En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. 2Él estaba en el principio junto a Dios. 3Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. 4En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. 5Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. 6Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: 7este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. 8No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. 9El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. 10En el mundo estaba; | el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. 11Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. 12Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. 13Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, | ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. 14Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Luis de Morales: Natividad del Señor

Reflexión

La Liturgia que estamos celebrando en esta solemnidad de la Natividad del Señor nos presenta el misterio del Nacimiento de Jesús desde una doble perspectiva: el cumplimiento en la historia de la promesa del envío de un Salvador y el significado más profundo que la Encarnación y el Nacimiento de Cristo tienen para nuestra propia vida cristiana.

I. La Epístola (Heb 1, 1-12) nos muestra la realización en la historia de lo que habían anunciado los profetas: «En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo»: Jesucristo es la plenitud de la revelación salvífica. El niño Jesús que ha nacido es Hijo natural y eterno de Dios, Mediador universal y Sacerdote eterno. Al presentarnos este texto en la liturgia de Navidad se nos exhorta para que fundamentemos toda nuestra vida en esta fe en Cristo, el Hijo de Dios.

«Hijo mío eres Tú, yo te he engendrado hoy» (v. 5): San Pablo retoma el salmo 2 (v. 7) en el que hay una profecía relativa directamente al Mesías, el Verbo que asumió la naturaleza humana «para hacer participantes de la naturaleza divina a sus hermanos según la carne, tanto en este destierro terreno por medio de la gracia santificante cuanto en la patria celestial de la eterna bienaventuranza» (Pío XII, Mystici Corporis).

II. De esa misma Palabra encarnada en Cristo y que trae el mensaje divino definitivo, nos habla san Juan en el Prólogo a su Evangelio (Jn 1, 1-14) en el que se nos recuerda que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» para que pudiéramos ser redimidos y elevados a la condición de hijos de Dios en el Bautismo: «a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre».

Este es el misterio de la adopción divina que se nos manifiesta reiteradamente en estos días de Navidad. Todo ha cambiado en el cielo y en la tierra: en adelante, no somos únicamente criaturas sacadas por Dios de la nada, sino hijos de su amor. El cielo es también herencia nuestra.

«Dios quiso tomar la humildad y flaqueza de nuestra carne, para que el linaje humano fuese colocado en un grado muy alto de dignidad y honor» (Catecismo Romano). Pensemos en el bendito Niño que nos ha merecido todos estos bienes espirituales, y la herencia a que nos ha dado derecho. Y demos gracias a Dios por este beneficio con una vida de acuerdo con nuestra condición de Hijos de Dios.

III. Refiriéndose a los misterios del nacimiento y de la infancia de Jesucristo, nos dice el evangelista san Lucas que María «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Pidámosle su intercesión para que nos alcance de su Hijo la gracia de ser capaces de vivir un poco más en la hondura y en la belleza de las verdades que Dios nos revela en este tiempo de Navidad.

Que Dios Nuestro Padre nos conceda compartir la vida divina de Aquel que en la Navidad se ha dignado compartir con el hombre la condición humana. Y que nos decidamos a acoger esa paz que Dios nos trae en Jesucristo y que anunciaron los ángeles en Belén para poder así entrar un día en el reino de los cielos.