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18 agosto 2024 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

XIII Domingo después de Pentecostés: 18-agosto-2024

Epístola (Gal 3, 16-22)

16Pues bien, las promesas se le hicieron a Abrahán y a su descendencia (no dice «y a los descendientes», como si fueran muchos, sino y a tu descendencia, que es Cristo). 17Lo que digo es esto: un testamento debidamente otorgado por Dios no pudo invalidarlo la ley, que apareció cuatrocientos treinta años más tarde, de modo que anulara la promesa; 18pues, si la herencia viniera en virtud de la ley, ya no dependería de la promesa; y es un hecho que a Abrahán Dios le otorgó su gracia en virtud de la promesa. 19Entonces, ¿qué decir de la ley? Fue añadida en razón de las transgresiones, hasta que llegara el descendiente a quien se había hecho la promesa, y fue promulgada por ángeles a través de un mediador; 20además, el mediador no lo es de uno solo, mientras que Dios es uno solo. 21Entonces, ¿va la ley contra las promesas de Dios? Ni mucho menos. Pues si se hubiera otorgado una ley capaz de dar vida, la justicia dependería realmente de la ley. 22Pero no, la Escritura lo encerró todo bajo el pecado, para que la promesa se otorgara por la fe en Jesucristo a los que creen.

Evangelio (Lc 17, 11-19)

11Una vez, yendo camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. 12Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos 13y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». 14Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. 15Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos 16y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. 17Jesús, tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? 18¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?». 19Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James TISSOT: «La sanación de los diez leprosos» (1884-96) Brooklyn Museum

Reflexión

I. El santo Evangelio del Domingo XIII después de Pentecostés (Lc 17, 11-19) nos sitúa a Jesús en su camino hacia Jerusalén. Al entrar en una aldea le salen al encuentro diez leprosos. También hasta ellos había llegado la fama de Cristo. «se pararon a lo lejos», como tenían mandado hablar a las gentes, «y a gritos le decían: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». Él les manda presentarse a los sacerdotes que eran los encargados de certificar oficialmente la curación como estaba preceptuado en la Ley. Se encaminaron a Jerusalén y quedaron curados.

Solamente uno de ellos, un samaritano, «se volvió alabando a Dios» para dar gracias a Jesús. Cristo ratifica la curación de aquel hombre por su fe —y gratitud— en Él. Pero, al mismo tiempo, hace notar que los otros nueve, judíos, no han vuelto para dar gloria a Dios, agradeciéndole a Él el beneficio que acababa de hacerles[1].Jesús hace resaltar así que la gloria de Dios consiste en el reconocimiento de sus beneficios, como consta en otros muchos lugares de la Sagrada Escritura[2]. Así, por ejemplo, podemos citar el Salmo 135 en el que se cantan las maravillas de Dios, tanto las que se manifiestan en las cosas creadas, como las que se desprenden de la historia de Israel, intercalando entre cada alabanza un estribillo: «porque es eterna su misericordia», que es el elogio más repetido en toda la Escritura, por donde vemos que ninguna otra alabanza es más grata a Dios que ésta que se refiere a su corazón de Padre[3].

En el Evangelio que estamos comentando, Cristo, Mesías, es el bienhechor de todos. Este pasaje habla bien claro de la misericordia universal de Cristo, complaciéndose especialmente en destacar el buen corazón del odiado y despreciado samaritano cuya respuesta de gratitud se nos propone como modelo para nuestra propia vida cristiana.

II. La forma más perfecta de dar gracias a Dios es la santa Misa, a la cual llamamos precisamente Eucaristía, que significa «acción de gracias» en griego y este es uno de los fines por los que se ofrece a Dios este santo sacrificio: para agradecerle los inmensos beneficios de orden natural y sobrenatural que hemos recibido de Él. En la Eucaristía es el mismo Cristo quien se inmola por nosotros y en nuestro lugar da gracias a Dios por sus inmensos beneficios. Y, a la vez, es una fuente de nuevas gracias para nosotros.

Además debemos cuidar particularmente la acción de gracias cada vez que recibimos la sagrada comunión[4].

Para los efectos sacramentales que produce la eucaristía ex opere operato es más importante la preparación para comulgar que la acción de gracias después de recibirla. Porque ese grado está en relación con las disposiciones actuales del alma que se acerca a comulgar, y, por consiguiente, tienen que ser anteriores a la comunión. En cambio, para los efectos ex opere operantis interesan por igual la preparación y la acción de gracias, de ahí la importancia de esta última: «No perdáis tan buena sazón de negociar como es la hora después de haber comulgado»[5], Cristo está presente en nuestro corazón, y nada desea tanto como llenarnos de bendiciones.

Para la acción de gracias nos podemos servir de oraciones vocales que encontramos en los devocionarios y procurar también un diálogo de amistad silencioso, buscando el contacto íntimo con Jesús, la conversación cordial con Él, renovando los actos de fe, esperanza, caridad, adoración, agradecimiento, ofrecimiento… la petición humilde y entrañable de las gracias que necesitamos en cada momento en favor nuestro y de los demás…

III.- Entre los motivos de acción de gracias para un cristiano ocupan un lugar primordial las alabanzas que dirigimos a Dios por los dones que otorgó a la santísima Virgen. Y por eso renovamos hoy nuestra voluntad de hacer siempre nuestra acción de gracias implorando su auxilio. De esa manera, nuestra oración irá siempre unida al agradecimiento que Dios espera de nosotros y seremos favorecidos por la intercesión poderosa de la Virgen María.


[1] Cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 879-880.

[2] Cfr. Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in: Lc 17, 18.

[3] Cfr. ibíd. in Sal 135, 1.

[4] Cfr. Antonio ROYO MARÍN, Teología de la perfección cristiana, Madrid: BAC, 1962, 426-429.

[5] SANTA TERESA DE JESÚS, Camino de perfección, XXXIV, 10.