Widgetized Section

Go to Admin » Appearance » Widgets » and move Gabfire Widget: Social into that MastheadOverlay zone

11 agosto 2024 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

XII Domingo después de Pentecostés: 11-agosto-2024

Epístola (2Cor 3, 4-9)

4Pero esta confianza la tenemos ante Dios por Cristo; 5no es que por nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos nada como realización nuestra; nuestra capacidad nos viene de Dios, 6el cual nos capacitó para ser ministros de una alianza nueva: no de la letra, sino del Espíritu; pues la letra mata, mientras que el Espíritu da vida. 7Pues si el ministerio de la muerte, grabado en letras sobre piedra, se realizó con tanta gloria que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés, por el resplandor de su cara, pese a ser un resplandor pasajero, 8¡cuánto más glorioso no será el ministerio del Espíritu! 9Pues si el ministerio de la condena era glorioso, ¿no será mucho más glorioso el ministerio de la justicia? 

Evangelio (Lc 10, 23-37)

23Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! 24Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron». 25En esto se levantó un maestro de la ley y le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». 26Él le dijo: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?». 27Él respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo». 28Él le dijo: «Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida». 29Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?». 30Respondió Jesús diciendo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. 31Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. 32Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. 33Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, 34y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. 35Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. 36¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». 37Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James TISSOT: Parábola del Buen Samaritano (1886-1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

Reflexión

I. El Evangelio del Domingo XII después de Pentecostés (Lc 10, 23-37) contiene la respuesta que da nuestro Señor a la pregunta de un maestro de la Ley: «¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» (v.25). Jesús le dice: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?». Él respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo» (vv.26-27). La respuesta era tan elemental para un doctor de la Ley que aquel hombre quiso justificarse, preguntándole lo que era tema de discusión en las escuelas: quién era su prójimo. Y Cristo le responde con la parábola del buen samaritano, haciéndole ver que cada hombre es «prójimo» para todos los hombres. Por lo que ha de estar «próximo» a él en todas sus necesidades[1].

Pero, además de este sentido inmediato, los santos Padres al hablar de la parábola del Buen Samaritano la aplican con todos sus detalles a la historia de la redención del género humano, desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

El samaritano que llena de cuidados al herido, representa a Jesucristo descendido de lo alto para salvar la distancia infinita que separaba a Dios de los hombres; y encontrar a la humanidad herida y vulnerada, compadeciéndose de ella con todo el amor de su sacratísimo Corazón. Cristo ungió a la humanidad con el aceite y el vino de los sacramentos que restauran el alma de los hombres; y la cargó sobre su cabalgadura, como Cordero de Dios que carga los pecados del mundo, para llevarla a la posada de la Iglesia, quien ha recibido el encargo de cuidarla hasta que Él vuelva en su gloriosa Parusía: «Cuida de él y lo que gastes de más te lo pagaré a mi regreso»[2].

II. En la Epístola (2Cor 3, 4-9) san Pablo dice que la confianza para poder considerarse como «buen olor de Cristo» (2Cor 2, 14-15) y con capacidad para cumplir la misión que Él le había encomendado, le viene únicamente de la gracia de Dios por los méritos de Jesucristo (v.4). Y lo explica más a continuación. Nosotros no somos «capaces de atribuirnos nada como realización nuestra» (v.5), toda nuestra «capacidad» nos viene de Dios, que es quien «nos capacitó» (v.6), en su caso como ministro de la Nueva Alianza y a todos nosotros como hijos de Dios por el bautismo.

Sin el socorro de la gracia de Dios no podemos con solas nuestras fuerzas hacer ninguna cosa que nos ayude para la vida eterna y Dios nos la comunica principalmente por medio de los santos sacramentos. El mismo Señor se dignó dejar en la Iglesia los Sacramentos sancionados con su palabra y promesa, por los cuales creyésemos sin duda que se nos comunica verdaderamente como por un conducto el fruto de su Pasión, esto es la gracia que nos mereció en el ara de la Cruz con tal que cada uno de nosotros se aplique a sí mismo piadosa y religiosamente esta medicina[3].

El más excelente de todos los sacramentos es la Eucaristía, porque encierra, no sólo la gracia, sino a Jesucristo, autor de la gracia y de los sacramentos. Pero los sacramentos más necesarios para salvarnos son dos: el Bautismo y la Penitencia; el Bautismo es necesario a todos, y la Penitencia es necesaria a todos los que han pecado mortalmente después del Bautismo[4].

III. Estamos, pues ante una expresión de la especificidad del orden sobrenatural, de la diferencia entre la religión natural y la sobrenatural, es decir, entre la cristiana y las otras. Una diferencia no en el grado de perfección sino en el terreno de las esencias. Porque la gracia es una realidad sobrenatural comunicada al hombre, opera una transformación ontológica, que afecta al ser del hombre.

«La ordenación a los valores naturales, raíz de la civilización, es distinta de la ordenación a los valores sobrenaturales, raíz del Cristianismo; y no se puede ocultar el “saltus” de una a otra haciendo del Cristianismo algo inmanente a la religiosidad del género humano. Es imposible con la luz natural encontrar lo sobrenatural, que aunque injertado por Dios con un acto histórico especial en el fondo del espíritu, no proviene de dicho fondo»[5].

No es necesario insistir en la distancia entre esta doctrina católica y la práctica actual en la cual «el ecumenismo religioso se va disolviendo cada vez más en ecumenismo humanitario, del cual las diferentes religiones son formas históricas mutables e igualmente válidas»[6].

Cuidemos pues de ejercitarnos en el doble sentido de la parábola, sin mutilar su verdadero significado con reducciones horizontales que niegan la preeminencia de la gracia y de la iniciativa salvífica de Dios:

  • En el ejercicio de las obras de misericordia corporales y espirituales con el prójimo, es decir con todos los que tengan necesidad de ellas.
  • En la estima de la vida sobrenatural que nunca debemos perder sino acrecentar con el ejercicio de las virtudes, la oración y los sacramentos, en especial, la Eucaristía y la Confesión.

«No bastan, por consiguiente, los actos meramente externos de caridad, practicando, v.gr., las obras de misericordia o de beneficencia. Es menester que vayan acompañados de los actos internos, deseándole al prójimo sinceramente toda clase de bienes — sobre todo la salvación eterna de su alma— , alegrándonos de su prosperidad y compadeciéndonos de sus adversidades. No olvidemos que la religión cristiana no se reduce a una serie de actos y ceremonias externas, sino que ha de practicarse, ante todo, “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23)»[7].

Y no hay contradicción ni enfrentamiento entre los dos sentidos porque es este último el que hace posible y da todo su sentido al primero: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5, 5).

Nuestro Padre Dios ejerce su misericordia sobre nosotros cada vez que nos hace llegar su gracia, y en la Salve llamamos a la Virgen «Reina y Madre de misericordia». Que nosotros nos dispongamos a acoger la misericordia y la gracia de Dios con corazón agradecido y ejerzamos también esas obras de misericordia con nuestros prójimos y hermanos en cualquier necesidad que se encuentren.


[1] Cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 838-839.

[2] Cfr. Luis de LA PUENTE, Meditaciones, vol. 1, Barcelona: Testimonio, 1995, 967-975.

[3] Cfr. Catecismo Romano II, 1, 14.

[4] Cfr. Catecismo mayor, 546-547. Una síntesis de la doctrina tomista acerca de la existencia y necesidad de los sacramentos en general en: Antonio ROYO MARÍN, Teología moral para seglares, vol. 2, Los sacramentos, Madrid: BAC, 1994, 8-13.

[5] Romano AMERIO, Iota unum, 35.10, 450, ed. digital, versión corregida, septiembre-2011, <http://www.traditio-op.org/apologetica/Iota_unum,_Romano_Amerio.pdf>.

[6] Ibíd., 35.16, 460.

[7] Antonio ROYO MARÍN, Teología moral para seglares, vol. 1, Madrid: BAC, 1996, 460. Sobre las obras de misericordia corporales y espirituales cfr. ibíd., 473-474.