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27 julio 2024 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

X Domingo después de Pentecostés: 28-julio-2024

Epístola (1Cor 12, 2-11)

2Sabéis que cuando erais gentiles, os sentíais impulsados a correr tras los ídolos mudos. 3Por ello os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios dice: «¡Anatema sea Jesús!»; y nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!», sino por el Espíritu Santo. 4Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; 5hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; 6y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. 7Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común. 8Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. 9Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. 10A este se le ha concedido hacer milagros; a aquel, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas. 11El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.

Evangelio (Lc 18, 9-14)

9Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: 10«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. 11El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. 12Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. 13El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. 14Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Tissot: El fariseo y el publicano

Reflexión

I. La parábola del fariseo y del publicano que leemos en el Evangelio de este Domingo (Lc 18, 9-14), puede aplicarse a la vida de los cristianos y ver representadas en ambos personajes dos formas de plantear la relación del hombre con Dios: uno de ellos (el publicano), se propone como modelo para seguir y el otro (un fariseo), como advertencia para evitar.

Es bien sabido que ambos personajes son verdaderos prototipos por su caracterización socio-religiosa: «Uno fariseo: soberbio, engreído por la práctica material de la Ley; despreciador de los demás, por considerarlos pecadores. El fariseo se consideraba siempre “el justo”. El publicano, alcabalero al servicio de Roma y predispuesto a negocios ilícitos, era considerado como gente pecadora, odiada y despreciable» (Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 884). La conclusión de la parábola guarda relación con el objetivo inmediato que se pretende inculcar y que introduce el evangelista: «Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás» (v. 9). El publicano bajó a su casa “justificado”, es decir fue perdonado, y el fariseo, en cambio, agregó a sus pecados uno nuevo, el de la soberbia, que se atribuye a sí misma el mérito de las buenas obras y se cree mejor que el prójimo (Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in: v. 9ss).

II. La auténtica relación del hombre con Dios sólo puede basarse en la verdad de lo que es Dios y en la verdad de lo que es el hombre. Por eso, la actitud adecuada del hombre ante Dios tiene que ser la de reconocer que el hombre no es nada por sí mismo y que lo recibe todo de Dios.

La salvación no es algo que podamos alcanzar por nosotros mismos sino que es preciso contar ineludiblemente con el auxilio de la gracia de Dios que es un don interno, sobrenatural, que se nos da, sin ningún merecimiento nuestro, por los méritos de Jesucristo, en orden a la vida eterna (Catecismo Mayor). No podemos, por ejemplo, sin la gracia, conocer a Dios con la luz de la fe, amarlo sobre todas las cosas, perseverar por largo tiempo en la vida virtuosa o rechazar todas las tentaciones, y evitar los pecados o arrepentimos de ellos después de haberlos cometido. Por tanto, no podemos llegar al cielo con nuestras solas fuerzas humanas.

Y el Evangelio que estamos comentando nos recuerda que esa gracia no podemos alcanzarla sin la humildad. La humildad es «una virtud derivada de la templanza que nos inclina a cohibir o moderar el desordenado apetito de la propia excelencia, dándonos et justo conocimiento de nuestra pequeñez. y miseria principalmente con relación a Dios» (Antonio ROYO MARÍN, Teología moral para seglares, vol. 1, Madrid: BAC, 1996, 451).

¿Por qué es esta virtud necesaria para recibir los dones divinos?

Porque el verdaderamente humilde sabe que es insignificante delante de Dios, reconociendo que sólo Él es grande, y que en comparación a la suya todas las grandezas humanas son nada. En la medida que estamos vacíos de nosotros mismos se prepara el terreno para recibir el influjo bienhechor del amor divino que nos salva

  • Debemos, primeramente, ser humildes delante de nuestro Padre del cielo, reconociendo que nada seríamos si Él no nos hubiera amado primero con su amor creador que nos sacó de la nada, y con su amor redentor que nos levantó y nos levanta del pecado y nos conduce a la Vida eterna.
  • La humildad ante Dios debe llevamos también a vivir esta virtud en nuestro trato con los demás. Si todos hemos recibido de lo alto nuestra vida natural y sobrenatural, tenemos un Padre común, y así nace la necesidad de ser humildes con el prójimo.

III. «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1, 46-48). María se dice “esclava” (Lucas 1, 38) y proclama su nada propia precisamente cuando se ve elevada a la grandeza de Madre de Dios, por la cual todas las generaciones la llamarán dichosa. Proclamándose esclava del Señor», acepta sus designios. El esclavo no tenía voluntad propia ni querer, fuera del de su amo. Así María no tenía otro querer que el de Dios.

Y en el Santo Sacrificio de la Misa, Jesús se ofrece como alimento para ser comido y bebido, dejándonos la suprema lección de la humildad hasta el fin.

«Oh Dios, que principalmente haces brillar tu omnipotencia perdonando y usando de clemencia, multiplica sobre nosotros tu misericordia; para que, corriendo tras de tus promesas, nos hagas participar de los bienes celestiales. Por nuestro Señor Jesucristo…» (Misal Romano, oración colecta del Domingo X después de Pentecostés).