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21 julio 2024 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

IX Domingo después de Pentecostés: 21-julio-2024

Epístola (1Cor 10, 6-13)

6Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo codiciaron ellos. 7Y para que no seáis idólatras como algunos de ellos, según está escrito: El pueblo se sentó a comer y a beber y se levantaron a divertirse. 8Y para que no forniquemos, como fornicaron algunos de ellos, y cayeron en un solo día veintitrés mil. 9Y para que no tentemos a Cristo, como lo tentaron algunos de ellos, y murieron mordidos por las serpientes. 10Y para que no murmuréis, como murmuraron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador. 11Todo esto les sucedía alegóricamente y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. 12Por lo tanto, el que se crea seguro, cuídese de no caer. 13No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea de medida humana. Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla.

Evangelio (Lc 16, 1-9)

41Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, 42mientras decía: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. 43Pues vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco de todos lados, 44te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita». 45Después entró en el templo y se puso a echar a los vendedores, 46diciéndoles: «Escrito está: “Mi casa será casa de oración”; pero vosotros la habéis hecho una “cueva de bandidos”». 47Todos los días enseñaba en el templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James Tissot: Jesús llora sobre Jerusalén (1884-96) Brooklyn Museum

Reflexión

I. «Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo codiciaron ellos» (v.6). Estas palabras con las que comienza la Epístola de este Domingo (1Cor 10, 6-13) hacen referencia a lo que ha relatado el Apóstol en los versículos anteriores en los que alude al éxodo de los israelitas de Egipto bajo Moisés cuando pasaron el Mar Rojo, guiados por una nube que les daba sombra de día y luz de noche:

«1Pues no quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar 2y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y por el mar; 3y todos comieron el mismo alimento espiritual; 4y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. 5Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto».

El adjetivo todos se repite cinco veces para acentuar que aunque todo Israel recibió aquellas bendiciones, sólo un pequeño número entró en la tierra prometida. Una enseñanza similar aparece en otros lugares de la sagrada Escritura como   la parábola del banquete nupcial (Mt. 22, 2-14) que se refiere en primer lugar al pueblo escogido de la Antigua Alianza: los que despreciaron la invitación perderán la cena mientras que los apóstoles y sus sucesores, invitando a los gentiles, llenan la sala de Dios pero es necesario el vestido nupcial que representa la gracia santificante para participar en el banquete de las Bodas del Cordero (Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in v. 14)

El Evangelio (Lc 19, 41-47) nos ofrece un cuadro paralelo: nos presenta al Salvador en el Monte de los Olivos inmediatamente después de su entrada triunfal en Jerusalén el Domingo antes de la Pasión y llorando sobre la ciudad a la que hace un último llamamiento misericordioso: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz!» (v. 42). El Señor no tuvo reparo en llorar por el amor que tenía a la Ciudad Santa, y porque veía en espíritu la terrible suerte que vendría sobre ella por obra de sus conductores (Juan STRAUBINGER, ob.cit., in v. 41)

II. Con esta explicación, se entiende mejor la idea de que aquello ocurrió en figura para nosotros: así como los israelitas fueron bautizados en la nube y en el mar (vv.1-2) y alimentados con un manjar espiritual (vv.3-4), así también nosotros recibimos las aguas del Bautismo y el Pan del cielo en la Eucaristía. Y se nos ha de aplicar la misma conclusión: «Por lo tanto, el que se crea seguro, cuídese de no caer» (v. 12). Es decir que no estamos aún confirmados en la gracia, y que nuestra carne estará inclinada al mal hasta el fin, por lo cual, aunque ya somos salvos en esperanza (Rm. 8, 4), hemos de saber que sólo podremos vencer nuestras malas inclinaciones recurriendo a la vida según el espíritu (Ga. 5, 16 y nota) (Juan STRAUBINGER, ob.cit., in locs. 1Cor cits.).

Se trata de una exhortación a no caer en dos pecados contrarios a la virtud de la esperanza: uno por exceso, la presunción, y otro por defecto, la desesperación (Antonio ROYO MARÍN, Teología moral para seglares, vol. 1, Madrid: BAC, 1996, 263 y 312-316).

  • La desesperación, entendida en todo su rigor teológico, o sea, no como simple desaliento ante las dificultades que presenta la práctica de la virtud y la perseverancia en el estado de gracia, sino como obstinada persuasión de la imposibilidad de conseguir de Dios el perdón de los pecados y la salvación eterna.
  • La presunción, que es el pecado contrario al anterior y se opone por exceso a la esperanza teológica. Consiste en una temeraria y excesiva confianza en la misericordia de Dios, en virtud de la cual se espera conseguir la salvación sin necesidad de arrepentirse de los pecados y se continúa cometiéndolos tranquilamente sin ningún temor a los castigos de Dios. De esta forma se desprecia la justicia divina, cuyo temor retraería del pecado. Por eso se dice en teología moral que el temor de Dios se relacione íntimamente con la esperanza, manteniéndola en sus justos límites contra la presunción; y la esperanza frena al temor para que no caiga en la desesperación (ibíd. 310).

III. Para evitar estos dos extremos, examinemos si hay algo en nuestra vida que nos separa del Señor, en lo que no luchamos como deberíamos; examinemos si evitamos toda ocasión próxima de pecar; si pedimos con frecuencia a la Virgen que nos dé un profundo horror a todo pecado… No olvidemos que este camino estrecho tiene un término, el cielo, que es algo inmensamente grande, para siempre. El cristiano ha de vivir la virtud de la esperanza como motor de su propia vida espiritual y ha de moverse a impulsos de ella hacia la meta de la bienaventuranza celeste. Acudamos a la Virgen Santísima: para que nos lleve de la mano por el camino seguro que termina en la eterna felicidad del Cielo.