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14 julio 2024 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

VIII Domingo después de Pentecostés: 14-julio-2024

Epístola (Rom 8, 12-17)

12Así pues, hermanos, somos deudores, pero no de la carne para vivir según la carne. 13Pues si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis. 14Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. 15Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!». 16Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; 17y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él.

Evangelio (Lc 16, 1-9)

1Decía también a sus discípulos: «Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes. 2Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando”. 3El administrador se puso a decir para sí: “¿Qué voy a hacer, pues mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. 4Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”. 5Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: 6“¿Cuánto debes a mi amo?”. Este respondió: “Cien barriles de aceite”. Él le dijo: “Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta”. 7Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”. Él dijo: “Cien fanegas de trigo”. Le dice: “Toma tu recibo y escribe ochenta”. 8Y el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz. 9Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. 

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Reflexión

I. Mediante una parábola, nos presenta Jesucristo en el Evangelio de este Domingo la habilidad de un administrador que es llamado a rendir cuentas por su amo, acusado de derrochar la hacienda. Aquel hombre reflexionó sobre su negro futuro y recurre a una trampa para conseguirse amigos que luego le ayuden ante los demás deudores de su amo. El dueño se enteró de lo que había hecho su administrador y lo alabó por su sagacidad y astucia.

Una dificultad tradicional en la exégesis de este texto es el fraude propuesto. Como método pedagógico, en la estructura de las parábolas puede haber elementos que se utilizan para acusar más el relieve de la doctrina que trata de exponerse pero sin que sean objeto de una aplicación particular o de una interpretación alegórica[1], además, en este caso Jesús no alaba las malas prácticas del administrador, sino la habilidad en resolver la situación. Incluso cabe otra explicación a su forma de actuar: «en ningún lado del relato consta que el Gerente haya sido un ladrón: “que fue acusado de ladrón”, lo cual es cosa distinta. Y las quitas que hizo a las deudas, podía tener atribuciones para hacerlas; y leyendo atentamente se ve que las tenía, como ustedes lo verán si leen atentamente. Si los deudores aceptaron y el amo aprobó, es que las tenía»[2].

En todo caso, el Señor alaba el empeño, la decisión, la capacidad de sobreponerse y resolver una situación difícil, el no dejarse llevar por el desánimo. Por eso, Jesús concluye: «Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz» (v.9). Como el administrador asegura su porvenir, así nosotros no hemos de ser menos previsores que él. Quiere el Señor que pongamos en los asuntos de nuestra alma, el empeño, la ilusión y la habilidad que muchos ponen en lo que les interesa, en lo que les es más entrañable y querido.

II. Este empeño que hemos de poner los cristianos en servir a Dios y el ambiente en que se sitúa la parábola que es el de la administración y los negocios propios de la vida corriente, nos lleva a recordar cuál es la misión específica de esos hijos de la luz que son los seglares o laicos en la vida de la Iglesia. «Por institución divina, entre los fieles hay en la Iglesia ministros sagrados, que en el derecho se denominan también clérigos; los demás se denominan laicos» (CIC 207).

La vocación propia de los laicos es buscar el Reino de Dios, ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. Ellos son los protagonistas directos de la transformación del mundo desde los valores del Evangelio y por eso la actividad apostólica de un laico se debe ejercer primeramente en el campo propio de su actividad evangelizadora que es en las realidades sociales, familiares, políticas y económicas. En ese terreno deberán poner todo su empeño por estar presentes en aquellos lugares en que se trabaja por hallar soluciones que hagan más cristiana la sociedad en que viven.

Efectivamente, los cristianos tenemos el deber de aportar a la vida pública el concurso material y personal requerido por el bien común. Hemos de ser ciudadanos que cumplen con exactitud sus deberes para con la sociedad, para con el Estado, para aquellos a quienes prestamos nuestro trabajo… porque hay graves obligaciones morales que afectan a la vida en sociedad y no podemos orientarla prescindiendo de Dios y de la religión, como si el hombre no tuviese un fin superior que cumplir más allá de su paso por la tierra. Al contrario, Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2, 4). Si amar a Cristo y a los hermanos no se considera algo accesorio y superficial, sino más bien la razón verdadera y última de toda nuestra vida, es necesario saber hacer opciones fundamentales, valentía para ir contra corriente, para amar como Jesús, que llegó incluso al sacrificio de sí mismo en la Cruz.

III. Acudimos confiadamente a la Santísima Virgen, modelo perfecto de la correspondencia amorosa a la vocación cristiana, y le pedimos que nos haga ser diligentes en el servicio de Dios, reconociendo nuestra dignidad de cristianos y viviendo desde ahora en la luz y el reino de Dios que esperamos alcanzar un día para toda la eternidad.


[1] Cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 872.

[2] Leonardo CASTELLANI, El Evangelio de Jesucristo, Madrid: Ediciones Cristiandad, 2011, 243.