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30 junio 2024 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

VI Domingo después de Pentecostés: 30-junio-2024

Epístola (Rom 6, 3-11)

3¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? 4Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. 5Pues si hemos sido incorporados a él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya; 6sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo, para que fuera destruido el cuerpo de pecado, y, de este modo, nosotros dejáramos de servir al pecado; 7porque quien muere ha quedado libre del pecado. 8Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; 9pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. 10Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios. 11Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Evangelio (Mc 8, 1-9)

1Por aquellos días, como de nuevo se había reunido mucha gente y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: 2«Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, 3y si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino. Además, algunos han venido desde lejos». 4Le replicaron sus discípulos: «¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para saciar a tantos?». 5Él les preguntó: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos contestaron: «Siete». 6Mandó que la gente se sentara en el suelo y tomando los siete panes, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente. 7Tenían también unos cuantos peces; y Jesús pronunció sobre ellos la bendición, y mandó que los sirvieran también. 8La gente comió hasta quedar saciada y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas; 9eran unos cuatro mil y los despidió; 

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James TISSOT, El milagro de los panes y los peces (c. 1886-94), Brooklyn Museum

Reflexión

I. Por segunda vez en el año litúrgico, el Evangelio de la Misa dominical propone a nuestra consideración el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. El IV Domingo de Cuaresma nos lo presenta en el relato de san Juan (6, 1-15) y hoy en el de san Marcos (8, 1-9). Aunque las circunstancias principales de estos dos milagros son las mismas, sin embargo, son distintos. La primera multiplicación de los panes es relatada por los cuatro Evangelistas, y la segunda solamente por san Mateo y san Marcos; de ahí la introducción: «como de nuevo se había reunido mucha gente y no tenían qué comer…» (v. 1). En ambos casos nuestro Señor está rodeado de una gran multitud, que lo ha seguido hasta un lugar desierto y recompensa la fe y el fervor de este pueblo.

Aquí vemos cómo se cumple lo que el mismo Jesús dijo en el Sermón de la Montaña: «Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura» (Mt 6, 33). Estas palabras son a conclusión de una enseñanza (vv.25-34) en la que Jesús inculca a sus discípulos (y, por tanto, a todos los cristianos) que el Padre Celestial es quien nos lo da todo gratuitamente, y que en Él hemos de confiar pues aun cuando pretendamos alardear de suficiencia y poner gran esfuerzo en nuestras iniciativas, seremos del todo impotentes si Él no obra (STRAUBINGER, in Mt 6, 27).

Ni con estas palabras ni con el milagro que estamos comentando quiere Cristo condenar el trabajo, ni favorecer la holgazanería en la vida, ni venir milagrosamente a proveer de sustento a los hombres. No es ésta su enseñanza como no lo fue su práctica durante su vida en la tierra: sus treinta años de vida oculta en Nazaret no fueron años de ocio, sino de trabajo y para usos y previsiones del grupo apostólico había una caja común de bienes (TUYÁ, 159). Lo primero es «buscar» a Dios, no afanarse desorbitadamente por los bienes de la tierra y las preocupaciones de la vida; y Dios, que mira providentemente por los hombres, les proveerá, les «añadirá» todo lo demás. Es decir, hay una Providencia divina sobre la creación en general y sobre cada uno de nosotros en particular.

II. Esta prioridad de la vida sobrenatural, de la vida cristiana se nos inculca también en la Epístola (Rm 6, 3-11). Todo lo que hace el cristiano encuentra su raíz en su identidad, en su ser más auténtico, que no es otro que su identificación con Cristo a quien ha sido incorporado («injertado»: v. 5) en el bautismo. La doctrina de san Pablo se entiende mejor si recordamos que los primeros cristianos se bautizaban sumergiéndose completamente en el agua. La inmersión (signo de la sepultura y, por tanto, de la muerte) era seguida inmediatamente por la emersión (emblema de la resurrección y la vida).

El bautismo representa sacramentalmente la muerte y la vida de Cristo; luego es necesario que produzca en nosotros una muerte, en este caso, al pecado, al hombre viejo y una vida conforme a la vida de Jesucristo resucitado. Es difícil encontrar un fundamento más sólido para la vida moral del cristiano: toda la perfección consiste en desarrollar esa vida de Cristo en nosotros.

A su vez, la gracia del bautismo exige la lucha y el esfuerzo constante para vivir alejados del pecado y de cuanto a él conduce. El cristianismo exige firmeza de carácter,  constancia, solidez en los principios, claridad de conducta, ánimo en todas las obras. La muerte al pecado se realizó por vez primera en nuestro santo bautismo. Pero esta muerte debe ser mantenida, confirmada, renovada y afianzada todos los días, ininterrumpidamente, hasta alcanzar la vida eterna y escuchar que se nos dice: «¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor» (Mt 25, 23).

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A la Virgen María le pedimos que nos alcance la gracia de ser fieles y corresponder a la vocación a la que fuimos llamados cuando recibimos el agua regeneradora en el sacramento que nos hizo cristianos.