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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (1Pe 5, 6-11)
6Así pues, sed humildes bajo la poderosa mano de Dios, para que él os ensalce en su momento. 7Descargad en él todo vuestro agobio, porque él cuida de vosotros. 8Sed sobrios, velad. Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar. 9Resistidle, firmes en la fe, sabiendo que vuestra comunidad fraternal en el mundo entero está pasando por los mismos sufrimientos. 10Y el Dios de toda gracia que os ha llamado a su gloria eterna en Cristo Jesús, después de sufrir un poco, él mismo os restablecerá, os afianzará, os robustecerá y os consolidará. 11Suyo es el poder por los siglos. Amén
Evangelio (Lc 15, 1-10)
1Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. 2Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». 3Jesús les dijo esta parábola: 4«¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? 5Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; 6y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”. 7Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. 8O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? 9Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”. 10Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC
Reflexión
I. Leemos en el Evangelio de la Misa de este Domingo (Lc 15, 1-10) que los publicanos y pecadores acudían a Cristo para oírle y esto provocaba las diatribas de los escribas y fariseos: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». Que Jesús participó en comidas y banquetes con personas de toda condición es un hecho de múltiple atestiguación en los evangelios: en las bodas de Caná, en casa del fariseo, en Betania… Y entre los comensales se encontraba gente que eran considerados pecadores, legalmente impuros, como los publicanos amigos de san Mateo. En la respuesta dada por Cristo en esta última ocasión encontramos la explicación de su conducta: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan» (Lc 5, 31-32).
Como afirma un Padre de la Iglesia: «Los fariseos verdaderamente criminales correspondían a esta bondad con murmuraciones» (Teofilacto). Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos. Pero es especialmente, al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen: «¿Quién puede perdonar pecados, sino solo uno, Dios?» (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios (CATIC 589).
II. La Epístola de san Pedro (1Pe 5, 6-11) nos presenta también esta misma realidad del pecado pero desde otra perspectiva: la de aquel que se tiene que enfrentar a su instigador: «Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar. Resistidle, firmes en la fe» (1Pe 5, 8). Se trata del enemigo del cristiano que en otros lugares del NT es presentado como «el gran dragón, la serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el que engaña al mundo entero […] el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche» (Ap 12, 9-10).
A luz de estas afirmaciones, podemos recordar tres enseñanzas:
1. El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres.
2. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios.
Sin el conocimiento que la Revelación nos da de Dios no se puede reconocer claramente el pecado, y se siente la tentación de explicarlo únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad sicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc. Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente (CATIC 386-387).
3. La doctrina sobre el pecado proporciona una mirada de discernimiento lúcido sobre la situación del hombre y de su obrar en el mundo. El hombre posee una naturaleza herida y las consecuencias del pecado original y de todos los pecados personales de los hombres confieren al mundo en su conjunto una condición pecadora, que puede ser designada con la expresión de san Juan Bautista: “el pecado del mundo”.
Esta situación dramática del mundo, hace de la vida del hombre un combate: a través de toda la historia del hombre se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien con la ayuda de la gracia de Dios (CATIC 407-409). «Resistidle, firmes en la fe»: ante estos peligros, el cristiano ha de resistir armado con la fortaleza de la fe viva, informada por la caridad, como escudo invencible
III. Hemos hablado de las comidas de Jesús con los pecadores, recordemos para terminar que la parábola del hijo pródigo -que completa la enseñanza de las que hoy leemos- termina con la celebración de un banquete para celebrar la alegría del hombre devuelto a la verdadera vida. «Este convite y esta festividad también se celebra ahora y se ve en la Iglesia, extendida y esparcida por todo el mundo; porque aquel becerro cebado, que es el cuerpo y la sangre del Señor, se ofrece al Padre y alimenta a toda la casa» (San Agustín). Que nos acerquemos nosotros al Sagrado Banquete de la Eucaristía con las mismas disposiciones de arrepentimiento y confesión de nuestros pecados para así alcanzar el perdón que Dios nuestro Padre nos ofrece.