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22 febrero 2016 • Llama la atención el mayoritario silencio de voces católicas

Manuel Parra Celaya

De ayer a hoy

Combate Carnaval-CuaresmaSi otrora en los tranvías campeaba el rótulo Prohibida la blasfemia y la palabra soez, ahora, en determinados Consistorios podemitas, podría figurar este otro: Se premia la blasfemia y la palabra soez. El último en otorgar un galardón en esta modalidad de la cutrez más absoluta, de la carencia de ingenio y de gratuito insulto a los católicos ha sido el Ayuntamiento de Barcelona, virreinato de Ada Colau, como ya saben ustedes, por lo que no me voy a extender en los sucios detalles del hecho.

No confundamos: no se trata, ni mucho menos, de discrepancias con la Iglesia como institución ni de críticas a sus representantes ordenados; la literatura española está llena de páginas en las que, con mayor o menor fortuna, se satiriza a ciertos clérigos de conducta poco edificante (véanse el Arcipreste de Hita o el Lazarillo, sin ir más lejos); o se evidencia un anticlericalismo como contrapunto radical a situaciones de preponderancia eclesiástica en esferas ajenas a su competencia (desde Galdós a La Regenta); o se discrepa, con cierto rigor, de líneas doctrinales en lo civil con las que, por cierto, arrumbó en el siglo XX el Concilio Vaticano II.

Todo ello –Juan Ruiz, don Benito, el krausismo…- desde posturas que se entonces se consideraban heterodoxas, pero provenientes de la inteligencia o de la ironía ingeniosa; es más, en la mayoría de estos autores y corrientes subyace un sincero y legítimo pesar ante la distancia que separaba el verdadero mensaje de Cristo y lo que se consideraba desviaciones del mismo a que habían llevado actitudes temporales y mundanas.

Nada que ver con el laicismo actual, heredero virtual –y, al parecer, añorante- de las matanzas de 1835 o 1936, sin ir más lejos. Este laicismo de nuestros días se manifiesta enemigo declarado de todo asomo de espiritualidad y de sentido trascendente del ser humano, ciego en su ateísmo materialista y -¡ay!- carente del menor talento; y no digamos del sentido poético, por mucho que la señora Colau califique bodrios premiados como muestras de creatividad.

Si aquellas críticas, discrepancias o anticlericalismos procedían de las facultades superiores del hombre, y sus defensores obedecían más a rasgos políticos, económicos y sociales que teológicos, mucho me temo que el actual laicismo –con su bizarra avanzadilla en las feministas- procede de tendencias o impulsos que se podrían situar de cintura hacia abajo, y perdonen la manera de señalar.

La mezcolanza del pansexualismo de Freud y el materialismo histórico de Marx que llevaron a cabo los teóricos de la Escuela de Frankfurt, en la segunda mitad del siglo pasado, se ha unido, en nuestro momento histórico, a la inquina de las sectas o a los intereses de las ideologías calificadas piadosamente como neosocialistas; acaso a ambas cosas a la vez, que tanto monta…

En paralelo y como prueba contundente, no suelen cuestionarse en absoluto a otras religiones, ni a las cosmovisiones que de ellas emanan; se podría hablar, incluso, de una cierta corriente empática del mundillo laicista y feminista hacia el Islamismo, incluido su peculiar modo de enfocar al sexo femenino. También humildemente, apuntemos que esta aparente paradoja puede obedecer más a erróneas y equivocadas leyendas atávicas, o, en púdicas palabras de Eduardo Mendoza en su Misterio de la cripta embrujada, a algo meramente cultural –y ustedes ya me entienden- que a realidades comprobadas por las susodichas feministas.

Frente a todo ello, llama la atención el mayoritario silencio de voces católicas, tan solo roto por las palabras de algún obispo, la protesta de algún concejal que ve heridos sus sentimientos religiosos, alguna carta en los periódicos y una manifestación de la combativa y españolísima entidad Somatems. Considero que, para el ciudadano creyente, es momento sobrado de sacudirse complejos de encima y de alzar la voz en público. No se trata ahora de defender posturas de privilegio que, en el pasado lejano, acaso ocultaban intereses distintos a los del verdadero catolicismo, sino de responder a criterios de auténtico compromiso con la fe profesada y con la sociedad que se comparte. Y, por qué no, de valentía.

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