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19 julio 2025 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

VI Domingo después de Pentecostés: 20-junio-2025

Epístola (Rom 6, 3-11)

3¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? 4Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. 5Pues si hemos sido incorporados a él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya; 6sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo, para que fuera destruido el cuerpo de pecado, y, de este modo, nosotros dejáramos de servir al pecado; 7porque quien muere ha quedado libre del pecado. 8Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; 9pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. 10Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios. 11Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Evangelio (Mc 8, 1-9)

1Por aquellos días, como de nuevo se había reunido mucha gente y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: 2«Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, 3y si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino. Además, algunos han venido desde lejos». 4Le replicaron sus discípulos: «¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para saciar a tantos?». 5Él les preguntó: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos contestaron: «Siete». 6Mandó que la gente se sentara en el suelo y tomando los siete panes, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente. 7Tenían también unos cuantos peces; y Jesús pronunció sobre ellos la bendición, y mandó que los sirvieran también. 8La gente comió hasta quedar saciada y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas; 9eran unos cuatro mil y los despidió; 

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James TISSOT, El milagro de los panes y los peces (c. 1886-94), Brooklyn Museum

Reflexión

I. Por segunda vez en el año litúrgico, el Evangelio de la Misa del sexto Domingo después de Pentecostés propone a nuestra consideración el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. El cuarto Domingo de Cuaresma nos lo presenta en el relato de san Juan (6, 1-15) y hoy en el de san Marcos (8, 1-9). Aunque las circunstancias principales de estos dos relatos son las mismas, se trata, sin embargo, de dos milagros distintos, de ahí la introducción: «como de nuevo se había reunido mucha gente y no tenían qué comer…» (v.1).

Al narrar este milagro de Jesús, los evangelistas precisan una serie de detalles y gestos con diversas variantes pero sustancialmente idénticos: se sentaron, tomó los panes y los peces, levantó los ojos al cielo, recitó la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos, y los discípulos a la gente… Son las mismas palabras y las mismas actitudes con que los Evangelios y san Pablo nos han transmitido la institución de la Eucaristía. Además el milagro va seguido, en el caso de san Juan, de un largo discurso en la sinagoga de Cafarnaún (cfr. Jn 6, 25ss) que explicita el sentido de este signo como anuncio de la institución del sacramento de la Eucaristía y de sus efectos.

Podemos relacionar este Evangelio con la Epístola de san Pablo (Rom 6, 3-11) que nos habla del Bautismo para concluir que las lecturas de este Domingo nos presentan el desarrollo de la vida cristiana con una perspectiva eminentemente pascual: como la actualización de la obra redentora y su aplicación a nuestra alma mediante los sacramentos, en particular el Bautismo y la Eucaristía[1].

II. La Epístola, por una parte, nos presenta el Bautismo como participación en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo y, por otra, los deberes que le corresponden al cristiano en correspondencia al don recibido.

  • Todo lo que hace el cristiano encuentra su raíz en su identidad, en su ser más auténtico, que no es otro que su identificación con Cristo a quien ha sido incorporado («injertado»: v.5) en el bautismo. La doctrina de san Pablo se entiende mejor si recordamos que los primeros cristianos se bautizaban sumergiéndose completamente en el agua. La inmersión (signo de la sepultura y, por tanto, de la muerte) era seguida inmediatamente por la emersión (emblema de la resurrección y la vida).
  • La respuesta del cristiano ha de ser morir al pecado y al desorden de las pasiones y vivir la vida de Cristo atendiendo a su desarrollo en nosotros. Es difícil encontrar un fundamento más sólido para la vida moral del cristiano: toda la perfección consiste en desarrollar esa vida de Cristo en nosotros: «vivos para Dios en Cristo Jesús» (v. 11). Sin este ideal bello y luminoso se hace difícil la purificación de los pecados y vicios y la eliminación mediante el sacrificio y la mortificación de cuanto entrañe algún desorden. Más fruto logra el cristiano cuanto más se entusiasma con Jesucristo[2].

III. A su vez, como decíamos, la multiplicación de los panes y los peces es un símbolo de la Eucaristía que es el alimento necesario para sostener esta vida espiritual como el pan ordinario sostiene la vida natural. Por eso, como enseña santo Tomás:

«el efecto de este sacramento se deduce del modo de darse, pues se da a modo de comida y de bebida. Por lo que todos los efectos que producen la comida y la bebida material en la vida corporal, como son el sustentar, el crecer, el reparar y el deleitar, los produce este sacramento en la vida espiritual»[3].

  • La vida, que está sujeta a desgaste, necesita algo que la sustente. También la vida sobrenatural corre peligro de desfallecer ante fuerzas que le son opuestas, la Eucaristía nos sostiene y nos conserva unidos a Cristo.
  • Por el bautismo nacemos, por la Eucaristía aumenta la caridad y recibimos un cúmulo de gracias actuales; por eso nos restaura y nos hacen crecer.

IV. Encontramos en la liturgia de este Domingo un estímulo para llevar a plenitud la vida sobrenatural, la vida cristiana que se inició el día de nuestro Bautismo y para servirnos de los medios de santificación que el mismo Dios ha puesto a nuestro alcance, en especial el sacramento de la Eucaristía.

A la Virgen María le pedimos que nos alcance la gracia de ser fieles y corresponder a la vocación a la que fuimos llamados cuando recibimos el agua regeneradora en el sacramento que nos hizo cristianos.


[1] Cfr. Pius PARSCH, El Año Litúrgico,  Barcelona: Herder, 1964, 354-357.

[2] Cfr. «Verbum vitae». La Palabra de Cristo, vol. 6, Madrid: BAC, 1959, 182-190.

[3] STh III q.79 a.1; Cfr. “Verbum vitae”, o. c., 304-306.