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4 enero 2025 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

Santísimo Nombre de Jesús: 5-enero-2025

Epístola (Hch 4, 8-12)

8Entonces Pedro, lleno de Espíritu Santo, les dijo: «Jefes del pueblo y ancianos: 9Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; 10quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante vosotros. 11Él es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; 12no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos».

Evangelio (Lc 2, 21)

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Reflexión

I. Después de haber hecho memoria el 1 de enero del momento en que le fue impuesto a Jesús su nombre en la circuncisión, el domingo comprendido entre el 2 y el 5 del mismo mes se dedica una fiesta propia a la veneración de este nombre ante el cual, como dice la antífona del introito: «toda rodilla se doble | en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: | Jesucristo es Señor, | para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 10-11).

Con estas palabras el apóstol san Pablo resalta la amplitud del «señorío» de Cristo, al que presenta como distinto de la universalidad de los seres creados y superior a todos ellos por su condición divina. No solo los seres inteligentes (ángeles, hombres y demonios) sino que todas las criaturas, racionales y no racionales, deben doblar la rodilla «al nombre de Jesús» (v.10), es decir, ante la persona de Jesús, cuyo «señorío» universal y divino ha sido proclamado por el Padre[1].

El nombre de Jesús, que significa “Salvador” no le fue puesto casualmente, o por dictamen y voluntad de los hombres, sino por disposición divina. El arcángel san Gabriel anunció a María de este modo: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús» (Lc 1, 31). Y, también por ministerio de un ángel, Dios mandó a san José que impusiera al Niño este nombre: «[María] dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21). Es por tanto un nombre que nos indica la misión del Verbo encarnado y la Iglesia, siguiendo a san Pablo, lo asocia al nombre griego de Cristo que significa «ungido», «consagrado» («Mesías» en hebreo) y designa la misión de profeta, pontífice y rey que realizó cumplidamente nuestro Señor[2].

Los discípulos de Jesucristo fueron llamados «cristianos» por primera vez en Antioquía después de la predicación de Bernabé y Paulo, algo antes del año 42 (Hch 11, 26). Hasta entonces, dado que la nueva religión se predicaba sólo a judíos que se mantenían vinculados a la Ley y al templo no había una distinción externa que generara la necesidad de un nombre especial. Cuando, con la conversión también de gentiles, comienzan a aparecer ante el mundo como algo distinto, a los bautizados se les designará «cristianos» con un adjetivo derivado del apelativo «Cristo» que se consideraba como nombre propio[3].

«Conviene, pues, usar siempre, añadiéndole el carácter de “católico” que significa universal, este glorioso título de “cristiano”, que parece ir quedando cada vez más para uso de los disidentes, lo mismo que el de “evangélico”, no menos honroso y envidiable para un discípulo de Jesús»[4].

II. San Juan afirma en el comienzo de su Evangelio: «A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1, 18). En efecto, nuestro entendimiento conoce ordinariamente aquello que entra por los sentidos. De ahí la gran dificultad de conocer a Dios a quien «nadie ha visto jamás». Por eso un mayor conocimiento de Dios es fruto de la Encarnación y del nacimiento de Jesús. Y eso en un doble sentido: porque Jesús nos revela con plenitud cuanto nos es dado conocer del misterio de Dios y porque toda la revelación se ordena a Cristo.

Por tanto, Jesús no es solamente un líder espiritual o un maestro de moral sino el Hijo de Dios encarnado «por nosotros los hombres y por nuestra salvación». Por eso, como afirma san Pedro en la lectura de los Hechos de los Apóstoles (4, 8-12) «bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos» (v.12). No es un «camino privilegiado» para Dios entre otros muchos caminos posibles. Tal noción implica un indiferentismo religioso, la creencia de que todas las religiones son canales de gracia, santidad y salvación, aunque algunos sean más eficaces que otros. Esto es contrario a la unidad del plan divino y contradice las palabras más solemnes de la propia Revelación[5]: «En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo» (Hb 1, 1). Al hablarnos por medio de su Hijo, Dios nos revela claramente su voluntad salvífica y Jesucristo perfecciona y lleva a término la Revelación divina.

III. Esta centralidad que Jesucristo tiene en la vida de los que nos llamamos «cristianos» tiene muchas consecuencias concretas: «Solo en Cristo conocemos nuestro ser más profundo y aquello que más nos afecta: el sentido del dolor y del trabajo bien acabado, la alegría y la paz verdaderas, que están por encima de los estados de ánimo y de los diversos acontecimientos de la vida, la serenidad, incluso el gozo ante el pensamiento del más allá, pues Jesús, a quien ahora procuramos servir, nos espera». La lucha interior adquiere entonces un carácter marcadamente positivo: no es lo humano lo que choca con lo divino, sino el pecado y las huellas que dejaron en el alma el pecado original y el personal. Por eso el empeño por asemejarnos a Cristo y por la santidad no solamente lleva consigo la lucha contra el pecado y sus consecuencias (los egoísmos, las envidias, la sensualidad, la tibieza…) sino también el desarrollo de la propia personalidad en todos los sentidos: prestigio profesional, virtudes humanas, virtudes de convivencia, amor a todo lo verdaderamente humano… que se convierte en camino para la unión con Dios si es transformado por la acción de la gracia[6].

IV. Demos hoy gracias por tan inmensos bienes que hemos recibido en Jesús, el Hijo de Dios encarnado que hace de nosotros hijos de Dios en la tierra y nos alienta para la lucha por nuestra santificación con la esperanza de contemplarle por toda la eternidad en la gloria del Cielo.


[1]  Cfr. Lorenzo TURRADO, Biblia comentada, vol. 6, Hechos de los Apóstoles y Epístolas paulinas, Madrid: BAC, 1965, 607.

[2]  Cfr. Catecismo Romano I, 3, 5-7.

[3] Cfr. Lorenzo TURRADO, ob.cit., 105. Otra referencia al uso de Cristo como nombre, también en ámbito pagano, la encontramos en Suetonio: «[Claudio] expulsó de Roma a los judíos, que provocaban alborotos continuamente a instigación de Cresto»: Vida de los Doce Césares, Madrid: Gredos, 1992, 102-103.

[4] Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in Hch 11, 26.

[5] Cfr. Athanasius SCHNEIDER, Credo. Compendio de la fe católica, Madrid: Luz de Trento, 2024, nº 216-217; 292-294.

[6] Cfr. Francisco FERNÁNDEZ CARVAJAL, Hablar con Dios, vol. 5, Madrid: Ediciones Palabra, 2002, 229-230.