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22 septiembre 2024 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

XVIII Domingo después de Pentecostés: 22-septiembre-2024

Epístola (1Cor 1, 4-8)

4Doy gracias a mi Dios continuamente por vosotros, por la gracia de Dios que se os ha dado en Cristo Jesús; 5pues en él habéis sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia; 6porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo, 7de modo que no carecéis de ningún don gratuito, mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. 8Él os mantendrá firmes hasta el final, para que seáis irreprensibles el día de nuestro Señor Jesucristo.

Evangelio (Mt 9, 1-8)

1Subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad. 2En esto le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: «¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados». 3Algunos de los escribas se dijeron: «Este blasfema». 4Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? 5¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y echa a andar”? 6Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados —entonces dice al paralítico—: “Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”». 7Se puso en pie y se fue a su casa. 8Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James TISSOT: Hombre paralítico bajado a Cristo (c.1886-1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

Reflexión

I. Contexto litúrgico. Después de las Témporas de Septiembre comienza propiamente la conclusión del año eclesiástico, un tiempo propicio para el anuncio de la Vuelta de Cristo, la Parusía como refleja la Liturgia de manera especial el último domingo del Año y el primero de Adviento, pero no exclusivamente.

Así, el pensamiento de la vuelta de Cristo aparece ya en la Epístola de la Misa de hoy (1Corintios 1, 4-8): «de modo que no carecéis de ningún don gratuito, mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que seáis irreprensibles el día de nuestro Señor Jesucristo» (vv. 7-8). El Apóstol nos exhorta a perseverar firmes y constantes hasta el fin en la gracia alcanzada, de modo que podamos aparecer perfectos, maduros y sin ninguna mancha el día de la venida de Nuestro Señor Jesucristo. Y esta es la invitación que ya no dejará de repetir la Liturgia hasta que en la misma Misa de medianoche de Navidad escuchemos: «Pues se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, llevemos ya desde ahora una vida sobria, justa y piadosa, aguardando la dicha que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo» (Tit 2, 11-13)

II. El Evangelio nos narra la curación de un paralítico en Cafarnaúm. De la importancia del relato da fe que aparezca en los tres Sinópticos. La narración de san Mateo es la más breve; y es la que trae la Misa de hoy. Los otros dos Evangelistas añaden detalles muy precisos de este milagro con el que Jesús hace la primera afirmación implícita de su Divinidad, como explica el padre Leonardo Castellani:

“¿Qué es más fácil decir: Te perdono tus pecados, o decir: Levántate y anda?”. Decirlo es igualmente fácil; la cuestión es hacerlo. “Pues bien, para que veáis que el Hijo del Hombre tiene sobre la tierra poder de perdonar los pecados [se volvió al inválido y dijo], tú levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.” Así lo hizo el favorecido, el cual pacatamente, en vez de salir corriendo, se llevó su sofá-cama a cuestas, como le mandaron: porque hoy día los muebles están caros. Los que casi salieron corriendo fueron los de afuera al verlo: “Llenos de temor decían: hemos visto lo increíble.”

Esa afirmación nunca se había dado sobre la tierra: “yo puedo perdonar los pecados”. Jamás los hebreos habían soñado –ni ningún otro pueblo del mundo a osadas– que un hombre pudiese condonar las deudas del hombre con Dios; porque en realidad nadie puede, sino el Hijo del Hombre, y a quien El quisiere delegarlo. Este milagro es el preludio de la institución del sacramento de la Confesión» (El Evangelio de Jesucristo, Domingo decimoctavo después de Pentecostés).

III. «El hombre que está en pecado es un paralítico. Jesucristo escogió bien su ejemplo. Ni siquiera puede ir por sus propios pies a los pies del Salvador para ser salvado» (ibíd). El paralítico representa, de algún modo, a todo hombre al que sus pecados o su ignorancia impiden llegar hasta Dios. Aplicándolo a nuestra vida cristiana, este milagro nos enseña:

III.a) Que la salvación nos viene únicamente de Jesucristo como se nos explica en la carta a los Hebreos:

«En cambio, Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tienda es más grande y más perfecta: no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna. Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de una becerra, santifican con su aspersión a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo!» (Hb 9, 11-15)

III.b) Que el Señor está siempre dispuesto a escucharnos y a darnos en cada situación aquello que necesitamos. Su bondad supera siempre nuestros cálculos; pero quiere nuestra correspondencia personal, nuestro deseo de salir de aquella situación, que no pactemos con los defectos o los errores, y que pongamos esfuerzo para superarlos.

Tenemos por tanto que hacer un continuo ejercicio para mejorar en nuestras disposiciones interiores mediante la conversión del corazón a Dios y las obras de penitencia, que preparan nuestra alma para recibir las gracias que el Señor quiere darnos

  • Por la vida de oración. Es nuestra fortaleza y nuestra luz, y mantiene tensa nuestra buena voluntad. Es, por lo mismo, un elemento substancial de nuestra perseverancia.
  • Por la frecuente y ordenada recepción de los Sacramentos de la Penitencia y de la Santa Eucaristía. Nuestra purificación interior, nuestro progreso espiritual, nuestra salvación eterna, nuestra perseverancia final dependen en alto grado de la manera como recibimos y aprovechamos los Santos Sacramentos, las fuentes de la gracia.

No basta la buena voluntad, las buenas palabras sino el cumplimiento de la voluntad de Dios, aunque resulte costoso. Jesucristo nos invita a esforzarnos por cumplir la voluntad de Dios y Él mismo nos da ejemplo. Por eso dice san Pablo: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús» (Flp 2, 5).

IV. Poner en práctica aquello que Dios nos pide es la prueba del verdadero amor a Dios y al prójimo que se alimenta en la oración, en los sacramentos y en la lucha constante por superar nuestros pecados. Al recibir al Señor en la Eucaristía, le pedimos que –como la Virgen María- hagamos de nuestra vida un continuo , en obediencia a su voluntad y a su divina Ley.