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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (Gal 5, 25-26; 6, 1-10)
25Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu. 26No seamos vanidosos, provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros.
1Hermanos, incluso en el caso de que alguien sea sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidlo con espíritu de mansedumbre; pero vigílate a ti mismo, no sea que también tú seas tentado. 2Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo. 3Pues si alguien cree ser algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo. 4Y que cada uno examine su propio comportamiento; el motivo de satisfacción lo tendrá entonces en sí mismo y no en relación con los otros. 5Pues cada cual carga con su propio fardo. 6Que el catecúmeno comparta sus bienes con quien lo instruye en la palabra. 7No os engañéis: de Dios nadie se burla. Lo que uno siembre, eso cosechará. 8El que siembra para la carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre para el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna. 9No nos cansemos de hacer el bien, que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos. 10Por tanto, mientras tenemos ocasión, hagamos el bien a todos, especialmente a la familia de la fe.
Evangelio (Lc 7, 11-16)
11Poco tiempo después iba camino de una ciudad llamada Naín, y caminaban con él sus discípulos y mucho gentío. 12Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. 13Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». 14Y acercándose al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!». 15El muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre. 16Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James_Tissot: Resurrección del hijo de la viuda de Naín (c.1884-96): Brooklyn Museum
Reflexión
I. El evangelio de este Domingo (Lc 7, 11-16) nos presenta la resurrección del hijo único de una viuda en Naín y san Lucas subraya la reacción de los presentes: «Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios diciendo: Un gran Profeta ha surgido entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo» (v. 16).
Los vecinos de Naín decían esto porque pudieron pensar que aquella resurrección guardaba relación con las llevadas a cabo por Elías y Eliseo que conocían por la Sagrada Escritura. Encontramos un indicio de que esta opinión estaba difundida cuando, al preguntar Jesús a sus discípulos «¿Quién dice la gente que soy yo?», una de las respuestas que le dieron fue: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas» (Lc 9, 18-19). Aquellos hombres no habían reparado en la gran diferencia que hay entre los profetas del Antiguo Testamento y Jesús.
a) La primera es que aquellos milagros eran una obra de Dios obtenida por la oración del profeta: «Luego se tendió tres veces sobre el niño, y gritó al Señor: Señor, Dios mío, que el alma de este niño vuelva a su cuerpo. El Señor escuchó el grito de Elías y el alma del niño volvió a su cuerpo y el niño volvió a la vida» (1Re 17, 21-22). En cambio, Jesús obra por su propio poder y su condición de Hijo de Dios como se subraya en dos detalles del texto (cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 811):
b) Una segunda diferencia, que también es consecuencia de la divinidad de Jesús, estriba en que Jesús se presenta como autor de la resurrección espiritual de cuantos crean en Él: «Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere» (Jn 5, 21), hasta el punto de afirmar lo que ningún Profeta habría dicho «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11, 25-26). Y es que Jesús con su muerte y resurrección ha vencido a la muerte en sí mismo para todos los que incorporados a Él por el Bautismo y vivificados por la gracia santificante corren su misma suerte: morir para resucitar.
II. Por tanto, la consideración de este milagro de Jesús nos sirve para afirmar que Jesucristo es la figura central del plan divino de la revelación de la religión sobrenatural (cfr. Athanasius SCHNEIDER, Credo. Compendio de la fe católica, Madrid: Luz de Trento, 2024, nº 192-223) porque:
En consecuencia, solo la religión establecida por Dios y llevada a su plenitud en Cristo, con su culto divinamente revelado, es sobrenatural, santa y agradable a Dios y como de hecho existen otras religiones e incluso grupos no católicos que se dan el título de “cristianos” o de “iglesia” hay que evitar cualquier indiferentismo religioso en el sentido de que todas las religiones serían canales de gracia y salvación aunque algunos sean más “eficaces” que otros.
Esto es contrario a la unidad del plan divino que se fue desarrollando gradualmente a lo largo del tiempo, pasando por tres fases históricas (religión patriarcal, mosaica y cristiana) y contradice las palabras más solemnes de Jesús como las que acabamos de citar y tantas otras: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6) o como dice san Pedro: «no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos» (Hch 4, 12).
III. Por todo ello, los cristianos tenemos el mandato de dar a conocer claramente la Revelación de Dios atrayendo a todos los hombres hacia la única verdadera Iglesia establecida por Cristo. Esta misión es lo que llamamos Evangelización (=llevar el Evangelio) que es una expresión de amor y estima hacia los demás. Cada cristiano debería decir, como san Pablo: «nos apremia el amor de Cristo» (2Cor 5, 14).
Y así, a lo largo de los veinte siglos de historia de la Iglesia ¡Cuántos hombres y mujeres, de lugares tan diversos, han encontrado la fe, gracia al heroísmo y sacrificio de aquellos que han anunciado el evangelio en todo el mundo! Y lo han hecho para cumplir el mandato de Jesús: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 18, 19-20).
Los Apóstoles recibieron este mandato de Jesucristo y ahora lo recibimos nosotros. Cada cristiano, según su peculiar condición tiene la misión de trabajar para que el mensaje divino de la revelación sea conocido por todos los hombres. Es decir, Dios actúa directamente en el alma de cada persona por medio de la gracia, pero es voluntad del Señor que, a su vez, nosotros mismos seamos instrumento o vehículo de salvación para los demás. Pensemos qué estamos haciendo a nuestro alrededor:
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Aquella mujer que lloraba a su único hijo muerto, nos hace pensar en la Virgen María que vería morir a Jesús en la cruz para luego contemplarle resucitado (cfr. Gabriel de Sta.Mª Magdalena, Intimidad divina. Meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, 9ª ed., Burgos: Monte Carmelo, 1998, 846). Hoy pedimos a nuestra Señora que se muestre como Madre compasiva con nosotros, que nos haga vivir el Evangelio y anunciar con nuestras palabras y nuestras obras la fe que profesamos.