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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (Gal 5, 16-24)
16Frente a ello, yo os digo: caminad según el Espíritu y no realizaréis los deseos de la carne; 17pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne; efectivamente, hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais. 18Pero si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley. 19Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, 20idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, disensiones, rivalidades, 21borracheras, orgías y cosas por el estilo. Y os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen estas cosas no heredarán el reino de Dios. 22En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, 23modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley. 24Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos.
Evangelio (Mt 6, 24-33)
24Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. 25Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? 26Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? 27¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? 28¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. 29Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. 30Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? 31No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. 32Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. 33Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura.
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James Tissot: «El sermón de la montaña» (1884-96). Museo Brooklyn.
Reflexión
El Evangelio de este Domingo XIV después de Pentecostés (Mt 6, 24-33) está tomado del «Sermón de la Montaña» que trae san Mateo en los capítulos 5 al 7 y podemos resumir su enseñanza en esta conclusión: «Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura» (v. 33). La justicia de la que aquí se habla no ha de entenderse en el sentido jurídico de dar a cada uno lo suyo sino en el significado bíblico de la justificación que viene de Dios y de la santidad que consiste en el cumplimiento de su Ley. Por tanto se nos está presentando un camino para llegar a la santidad mediante la confianza en la providencia divina.
I. Previamente a proponernos el abandono confiado en Dios como medio de santificación, Jesús sienta un principio: «Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6, 24). Es interesante precisar aquí las palabras que utiliza el evangelista:
Pero no se trata solamente del dinero, de los bienes materiales. San Pablo nos habla del espíritu de la carne opuesto al espíritu de Dios, las obras de la carne y las obras de Dios (Epístola: Gal 5, 16-24). También el hombre redimido tiene que luchar con los apetitos de la carne, y eso será hasta el fin. San Pablo nos descubre aquí el gran secreto: venceremos si nos dejamos guiar filialmente por el Espíritu (v. 18). Él producirá en nosotros los frutos del Espíritu (v. 22) que se sobrepondrán a toda concupiscencia enemiga (STRAUBINGER in v. 16).
II. Una vez establecido que no se puede servir a Dios y al mundo, no podemos servir o seguir la ley del espíritu y al mismo tiempo la ley de la carne porque hay entre ellos una oposición diametral imposible de ignorar, expone Jesucristo la confianza que hay que tener en la providencia de Dios porque si nos entregamos a la obra de la propia santificación: «todo esto se os dará por añadidura».
Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. En su poder Infinito, Dios podría siempre crear algo mejor. Sin embargo, en su sabiduría y bondad Infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo “en estado de vía” hacia su perfección última.
Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios «cara a cara» (1 Co 13, 12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales Dios habrá conducido a la creación su hasta su perfección última, en vista de la cual creó el cielo y la tierra (cfr. CATIC, 301-314).
III. Pidamos al Señor por intercesión de la Santísima Virgen María, que el Espíritu Santo, como decía san Pablo en la Epístola, aleje de nosotros esas obras de la carne, propias de la solicitud terrena contra la que nos pone alerta el Evangelio que hemos leído. Y que, buscando a Dios, tengamos las demás cosas en la medida que sean necesarias para nuestra salvación.