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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (1Jn 5, 4-10)
4Pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. 5¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? 6Este es el que vino por el agua y la sangre: Jesucristo. No solo en el agua, sino en el agua y en la sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. 7Porque tres son los que dan testimonio: 8el Espíritu, el agua y la sangre, y el testimonio de los tres es único. 9Si aceptamos el testimonio humano, mayor es el testimonio de Dios. Pues este es el testimonio de Dios, que ha dado testimonio acerca de su Hijo. 10El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo. Quien no cree a Dios lo hace mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo
Evangelio (Jn 20, 19-31)
19Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». 20Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». 22Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; 23a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». 24Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». 26A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». 27Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». 28Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». 29Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto». 30Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. 31Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC
Reflexión

James TISSOT, La incredulidad de santo Tomás (c. 1886-94), Brooklyn Museum
I. Con la hora nona del sábado después de Pascua termina la Octava que es una prolongación de esta fiesta que recibe su nombre de la mayor solemnidad que se celebraba en el Antiguo Testamento, instituida en memoria de la libertad de la servidumbre en Egipto, obtenida por el pueblo de Dios. La palabra «pascua» procede del hebreo y significa «paso». Para nosotros, indica que Jesucristo pasó de la muerte a la vida y que nos ha trasladado de la muerte del pecado a la verdadera vida cuando recibimos la gracia que Él nos mereció y alcanzó con su sacrificio redentor (cfr. Catecismo Mayor, Instrucción sobre las fiestas).
A lo largo de todo este tiempo hay un pensamiento básico que se nos va presentando bajo nuevos matices y modalidades: Jesús, que murió en la Cruz, ha resucitado. No es una figura que pasó, que tuvo un lugar en el tiempo y en el espacio pero se fue, dejándonos como mucho un recuerdo cada vez más desdibujado. Jesucristo vive como cabeza de la Iglesia, en el Reino glorioso del Padre y las apariciones de Jesús resucitado subrayan esta realidad de su presencia en medio de nosotros a través de dos signos: las acciones que lleva a cabo con sus discípulos y las palabras que les dirige.
II. Un camino para creer y poner en práctica lo que se cree, es conocer y contemplar la vida de Cristo para aprender de Él. No basta con tener una idea general o teórica acerca del Señor. Hemos de conocer y meditar su paso por la tierra, desde la encarnación y el nacimiento, hasta su muerte y su resurrección. Dejando que las obras y palabras de Cristo toquen nuestra alma y nos transformen cuando las aplicamos a nuestra vida de cada día. Todas las situaciones por las que pasamos tienen algo que decirnos de parte de Dios y nos piden una respuesta de más amor y entrega.
III. La Resurrección de Jesucristo es el fundamento de nuestra esperanza. Unidos a Él por la gracia, confiamos estar para siempre en la Gloria en compañía de Aquel a quien hemos conocido, hemos amado y de cuya vida divina hemos empezado a participar desde el día de nuestro bautismo.