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20 noviembre 2016 • Entre Ledesma Ramos y José Antonio hay una irreductible incompatibilidad filosófica y de estilo en la aproximación a la política

Miguel Argaya Roca

José Antonio, padre del Nacionalsindicalismo

Con motivo del LXXX aniversario del asesinato de José Antonio Primo de Rivera (1903-1936), y con el objeto de repensar, conocer y difundir la obra y doctrina del fundador de Falange Española, desde el Foro Historia en Libertad hemos pedido su colaboración a una serie de filósofos, historiadores, periodistas, profesores… En días sucesivos publicaremos estas aportaciones cuya calidad no dudamos estará a la altura del homenaje merecido por el hombre que las ha suscitado.

MIGUEL ARGAYA ROCA (Valencia, 1960) Es profesor de Secundaria y Bachillerato. Ha escrito y publicado varios libros de ensayo histórico y poesía.

Composición en la que aparece José Antonio junto a Ledesma Ramos (centro, izquierda); Ruiz de Alda (centro, derecha) y Onésimo Redondo

Composición en la que aparece José Antonio junto a Ledesma Ramos (centro, izquierda); Ruiz de Alda (centro, derecha) y Onésimo Redondo

La ventaja –para quien la quiera- del tópico, es que nos permite no pensar. Se sitúa entre nosotros y la realidad y actúa como pantalla plana para las ideas desdibujando su hondura con el rasero igualador del prejuicio.

Tópico -y prejuicio- en la mitología del nacionalsindicalismo es por ejemplo el que supone sin reservas un mayor depósito de certeza revolucionaria en Ramiro Ledesma que en José Antonio como si el grado de renuncia social y profesional del marqués de Estella, y el esfuerzo trágico de su muerte, no fueran capaces de competir con los del segundo.

Tópico y prejuicio es también atribuir al primero en exclusiva la paternidad ideológica del Nacional-Sindicalismo (sic: Ledesma siempre utilizó el guión separador entre ambos elementos del término). Y aquí no quiero ser -como lo he sido en otras ocasiones- escandaloso, sino riguroso con la historia y con la verdad. Por supuesto que nadie pone en duda la paternidad, en España, del término “nacionalsindicalismo”, que sí debemos reconocer como de exclusiva responsabilidad ramirista desde al menos octubre de 1931.

El problema, en todo caso, no es la paternidad del apellido, sino la de su contenido ideológico, que es lo que someto a discusión. Lo cierto es que a lo largo de sus cinco años de vida política, Ledesma nunca termina de forjar una definición teórica medianamente inteligible.

Entre abril y octubre de 1931 traza en las páginas de La conquista del Estado algunas de sus líneas maestras: los Sindicatos o Corporaciones son, para el jonsista, entidades protegidas, polarizadoras de la producción y con capacidad para influir en la economía del Estado. Podría suponerse que Ledesma atisba un punto de autonomía orgánica en la vida de sus sindicatos “oficiales” en la línea que había intentado años antes infructuosamente el italiano Rossoni. Y sin embargo, no es así, pues se trata -como afirma en otro lugar- no de otra cosa que de “un sindicalismo o corporativismo de Estado, que discipline la producción y la distribución de la riqueza”. En realidad, toda la intuición política de Ramiro viene definitivamente marcada por su durísimo concepto absolutizador del Estado, como un ente que “suplantará a los individuos y a los grupos” (“Nuestro manifiesto político”, en La conquista del Estado, n° 1, de 14 de marzo de 1931). “Por eso –reconoce en otro artículo titulado “Los Consejos obreros”, aparecido también en La conquista del Estado, n° 9, de 9 de mayo de 1931- los únicos países donde actualmente alcanzan eficacia unos organismos así son Italia y Rusia”.

No cabe duda de que, con estas premisas, se hace difícil distinguir el “Estado sindicalista” del Ramiro Ledesma que dio vida a La conquista del Estado, de las estructuras estato-totalitarias en cualquiera de sus versiones. Lo que se evidencia, por encima de todo, es que la dependencia espiritual del fundador de las JONS hacia la idea romántica y hegeliana del Estado contamina y esteriliza sus intentos por desarrollar una teoría del sindicalismo nacional que resulte coherente. Pues, ¿qué razón de originalidad o qué capacidad de acción –si no es como mero engranaje de la máquina estatal- puede alegar una estructura sindical oficial y sometida en todo a los designios del Estado, que sea incluso en todo momento “suplantada” por el Estado? Para un viaje así, no hacía falta alforjas, ni se hacía preciso rebautizar rimbombantemente como Nacional-Sindicalismo lo que ya disponía de otros nombres, y también de quién lo defendiera.

El drama del ledesmismo reside precisamente en su incapacidad para comprender hasta qué punto un Régimen verdaderamente sindicalista está obligado a ser incompatible con cualquier totalitarismo. Toda la pretendida “sindicalización” ledesmista de la economía queda reducida patéticamente a una pura estatalización desde que se la somete a la única y omnímoda disciplina del Estado totalitario, que es el verdadero agente económico, el que sistematiza, regula y ordena toda la actividad económica.

Por el contrario, la única manera de materializar un verdadero sindicalismo nacional habría sido suponer a las corporaciones de productores -los gremios- como entes autónomos, capaces de formular sus propias decisiones y de llevarlas a efecto, cosa sólo posible confiriéndoles una facultad verdadera, y no sólo teórica, para administrar sus propios recursos financieros. Pero esto no lo propone el fundador de las JONS en ningún momento, limitándose en cambio a pergeñar un organismo estatal “a la mussoliniana”, sin más objeto que el encuadramiento de la clase obrera y sin otras funciones que las meramente burocráticas. Insisto en que es precisamente la obsesiva absolutización estatal que caracteriza al pensamiento de Ledesma lo que le inhabilita para imaginar una organización económica con base en entidades sindicales orgánicas, y sin embargo autónomas, siendo como es la autonomía del Sindicato lo único que podría justificar en la práctica la propuesta de un verdadero Estado Nacional-sindicalista; siempre –por supuesto- que se quiera hacer de él algo diferente del corporativismo totalitario.

José Antonio y Ramiro Ledesma

José Antonio y Ramiro Ledesma

No me cabe duda de que es precisamente esa incapacidad –más bien imposibilidad- de conjugar autonomía sindical y Estado hegeliano, lo que hace que Ledesma acabe renunciando a dar una más exigente y completa definición teórica de su “Nacional-Sindicalismo”. “Ya tendremos ocasión –nos dice, reconociendo tácita y tempranísimamente su fracaso, en el n° 23 y último de La conquista del Estado- de explicar con claridad y detenimiento la eficacia social y económica del nacional-sindicalismo”. Tal explicación, sin embargo, no se llegará a producir nunca, ni durante el largo silencio que debe sufrir Ledesma desde el cierre del semanario hasta mediado el año 1933, ni durante la etapa de la revista teórica JONS, ni tras su deserción de Falange. Se diría que, incapaz de resolver desde sus fundamentos filosóficos las hondas contradicciones que le atenazan, ha terminado al fin renunciando a dar contenido alguno al término, dejándolo irresponsablemente en el aire. De ahí quizá esa repetitiva insistencia suya de los años siguientes hacia la “filosofía de la acción”:

“No necesitamos por ahora más puntales teóricos que los imprescindibles si acaso para sostener y justificar la táctica violenta del Partido. La primera verdad jonsista es que nuestras cosas, nuestras metas, están aún increadas, no pueden ofrecerse de un modo recortado y perfecto a las multitudes, pues son o van a ser producto o conclusiones de nuestra propia acción (…) Dejad pues camaradas que los teorizadores y los optimistas de las fórmulas tejan sueños vanos. Nos consta lo inocuo de tales especulaciones si no se asientan y subordinan a la eficacia diaria y permanente de la acción briosa” (“Hacia el sindicalismo nacional de las J.O.N.S.”, en JONS, nº 6, noviembre de 1933).

Claro, que desde tales premisas no podrá después quejarse con fundamento de que sean otros -v. gr. su denostado Primo de Rivera- quienes completen a su gusto el concepto. Y es que, al cabo, quizá sea ésta una de las más visibles diferencias personales entre ambos fundadores: la distinta prevalencia que uno y otro conceden a la acción y al pensamiento.

Más allá de una incompatibilidad filosófica irreductible -profusamente señalada ya por todos los historiadores- hay entre Ledesma y Primo de Rivera otra incompatibilidad, no menor, de estilo en la aproximación a la tarea política. En el primero, la actividad precede al pensamiento, y lo decide; en el segundo, por el contrario, es el pensamiento el que informa y decide la acción. El camino joseantoniano es un camino coherentemente procesual, ascendente, afirmativo de convicciones que van creciendo unas sobre otras y sedimentándose sin solución de continuidad desde el señoritismo inicial hacia un mayor compromiso social y una mayor radicalización programática, en tanto que el de Ramiro Ledesma adolece de cierta inestabilidad doctrinal, y se percibe –cuando se le estudia- como magmático, torrencial, caótico, con ciertas idas y venidas desconcertantes y hasta, a veces, opuestas entre sí (véase, por ejemplo, sus sospechosas alabanzas a la Banca bilbaína en La Patria Libre, nº 4).

Por eso puedo decir que es José Antonio precisamente el que define y salva para la historia un término estéticamente afortunado al dotarlo de sentido político, de sustancia ideológica. Y lo hace cabalmente desembarazándose del Estado ramirista, arrinconando aquella idea fascista del Estado como “conciencia inmanente” de la Nación, y asignándose a otra, mucho más tradicional y más joseantoniana que lo quiere como “instrumento” al servicio de la Patria.

Lo que hace José Antonio es básicamente ver en el Sindicato no un simple representante de los trabajadores -como quiere el liberalismo- ni un mero departamento gubernamental de encuadramiento y disciplina laboral -al gusto totalitario-, sino un organismo autónomo de origen natural, capaz de administrar y distribuir sin interferencias la plusvalía generada por el trabajo sin restar por ello al Estado un ápice de su capacidad para fijar los objetivos y las estrategias económicas de la Patria.

He aquí el hallazgo genial que confiere definitivamente al nacionalsindicalismo joseantoniano visos de coherencia. Que es lo que lo que le falta, como hemos visto, al Nacional-Sindicalismo de Ledesma.

__________

Todos los artículos de la serie:

http://desdemicampanario.es/etiqueta/articulos-lxxx-aniversario-jose-antonio/

2 Respuestas a José Antonio, padre del Nacionalsindicalismo

  1. Desde Mi Campanario Responder

    25 noviembre, 2016 a las 19:31

    Un lector recomienda leer las obras de Ledesma Ramos:
    FASCISMO EN ESPAÑA? 1935
    REVISTA LA PATRIA LIBRE 1935
    Y, para conocer la evolución del NACIONAL-SINDICALISMO de Ledesma:
    DISCURSO A LAS JUVENTUDES DE ESPAÑA 1935.
    REVISTA NUESTRA REVOLUCION JULIO DE 1936.

  2. Luis Ángel Ruiz Peradejordi Responder

    23 noviembre, 2016 a las 13:42

    Muy de acuerdo con el autor en la exposición que ha realizado. Todavía hoy hay quienes desde las filas del Nacionalsindicalismo preconizan y ensalzan la figura de Ramiro Ledesma, haciéndola partícipe de lo que posteriormente hemos venido a llamar el “pensamiento joseantoniano”. Desde la publicación de su “Discurso a las Juventudes de España”, Ramiro se envuelve en una dialéctica totalitaria, más propia del fascismo o del leninismo que de lo que hemos venido a tener como motor del pensamiento falangista. La contínua apelación a la supremacía del Estado, el recurso recurrente a la violencia, creo que le aparta del movimiento político que en esos momentos está forjando José Antonio. Hay un abismo ideológico entre los planteamientos sociales, sindicales, políticos y morales que se dan entre Ramiro y José Antonio. Es de agradecer que se vayan poniendo en claro las diferencias existentes, por que no todo el que viste camisa azul es falangista, ni todo el que habla de Patria, Pan y Justicia, es nacionalsindicalista.

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