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29 Octubre 2016 • "No sigas, creo ya con la fe ingenua con que creía cuando era monaguillo en mi pueblo" • Fuente: Plataforma 2003

Manuel Villares - Pbro.

La muerte de Ramiro Ledesma Ramos

José Antonio y Ramiro Ledesma

José Antonio y Ramiro Ledesma

El último capítulo de la vida de Ramiro Ledesma Ramos está todavía inédito. Se conoce su vida como luchador político, pero se desconocen casi completamente las circunstancias de su muerte y los últimos meses de su existencia. Yo he sido testigo presencial de este período porque coincidí con él en la cárcel y le traté con mucha intimidad. Hoy, a los quince años de aquella fecha en que terminó su angustiosa y trágica existencia, cuando todo se va esfumando ya en una reminiscencia lejana, quiero dar a conocer los últimos momentos de su vida para completar el cuadro de aquella polifacética figura de Ramiro con uno de los aspectos más desconocidos de su vida: sus ideas religiosas.

El día 2 de agosto de 1936, a las once de la noche, ingresaba yo en las mazmorras de la Dirección General de Seguridad de la calle de Víctor Hugo con un compañero, sacerdote también milagrosamente nos habíamos salvado del “paseo” cuando estábamos a unos cien pasos del lugar adonde nos llevaban a matar.

Nunca se me olvidará la entrada al calabozo por aquel pasillo estrecho e inclinado, en cuyo final había un rastrillo de hierro. Lo atravesamos y un portazo estridente marcó el principio de la prisión. Los sótanos de la Dirección daban la impresión de las bodegas de un barco maloliente, sucio, oscuro con la atmósfera irrespirable. Allí había una multitud abigarrada de todas clases y condiciones: religiosos, soldados sublevados, falangistas, golfillos descuideros, monjas atemorizadas, carteristas, todo en confusa mezcolanza. En este ambiente conocí yo a Ramiro Ledesma Ramos.

Entre la multitud de órdenes, avisos y llamadas que voceaba el guardia de la puerta, sonó una vez este nombre: ¡Ramiro Ledesma Ramos! Un individuo de mediana estatura, con el traje gris claro y la americana colgada sobre los hombros, un bigote incipiente que le poblaba todo el labio superior y el pelo cortado al rape, se adelantó hacia la puerta.

Cuando volvió a su sitio, me acerqué a él y le pregunté a bocajarro:

– ¿Pero es usted Ramiro Ledesma Ramos?

Me miró con gesto displicente y me contestó con aplomo:

– Si, yo soy.

Entonces le dije cómo yo había seguido siempre con interés sus escritos, desde la lejana “Conquista del Estado” hasta el último número de “Nuestra Revolución”, aparecido a primeros de julio de aquel año. Además era hermano de un jonsista de la primera hora y muy amigo de Nemesio García, fundador de las J.O.N.S. en Valdeyas, donde había recibido trece heridas de los socialistas. Esto pareció darle alguna confianza y charlamos largo rato.

– ¿Como no te has cambiado el nombre?

– Lo había cambiado. Enrique Compte me había dado su cédula. Con este nombre he andado escondido estos días. Por cierto que cuando me detuvieron me tomaron por un “pistolero” de Ramiro Ledesma, y una de las pruebas más convincentes que tenían para ello era que el sombrero tenía las iniciales R. L., señal inequívoca de pertenecer a Ramiro Ledesma. Uno de ellos decía haberme visto muchas veces haciendo escolta a Ramiro. ¡Tan obcecados estaban! Al llegar a la Dirección me encontré con Enrique Compte, que también estaba detenido, y subí a rectificar la filiación.

A la noche siguiente nos trasladaron a la cárcel de Ventas. Allí fuimos destinados, de momento al departamento de lavaderos, porque estaba ya toda abarrotada. Constituíamos una masa heterogénea de presos políticos, golfillos, gentes indeterminadas, predominando un grupo de estudiantes salesianos de la casa de formación de Mohernando. Entre otros, recuerdo que estaba también allí Agustín Figueroa, el hijo del Conde de Romanones.

Todos los días por la noche rezábamos el rosario, y después se cantaba el “Cara al Sol”.

Un día le pregunté a Ramiro:

– Tú, ¿por qué no rezas también el rosario?

-Cuando yo era chico lo rezábamos en mi pueblo solamente los domingos, y no creo que haya obligación de rezarlo, y menos todos los días-, me contestó.

Esto me dio ya pie para derivar la conversación hacia temas religiosos. El no sabía que yo era sacerdote. Vestía de paisano y tenía la documentación de alumno de la facultad de Filosofía y Letras, cuyos estudios me hallaba cursando en Madrid.

Hay un Ramiro intelectual y descreído que es necesario poner en claro. Aunque él afirmase en un libro de polémica que “La Conquista del Estado” lo era todo menos clerical, sin embargo nunca le oí en la cárcel ninguna frase o afirmación anticlerical o antirreligiosa; el, que era un espíritu sarcástico, incisivo, reticente y acerado para combatir a los demás.

Creo que Ramiro fue un equivocado por un empaco de ciencia mal digerida y por no tener en sus primeros tiempos nadie que le orientase sobre estos problemas. Nietzche ejerció una gran influencia sobre él. Había leído mucho, aunque no de temas religiosos, y lo poco que conocía de esta materia era heterodoxo. Con frecuencia me citaba una obra, que creo recordar era “L’ irreligion de l’avenir”, del discípulo del Compte, Guyau sus ideas religiosas eran las mismas de Guyau: la de una religión científica en la cual se pudieran explicar todos los dogmas. Ramiro fue, pues un equivocado, que honradamente servía a lo que el creía ser la verdad.

A pesar de todos sus escarceos políticos, Ramiro fue fundamentalmente un intelectual, un pensador. En aquella cabeza de gesto autoritario y displicente funcionaba un entendimiento vigoroso y de una claridad extraordinaria. La enorme curiosidad intelectual que se despertó en el desde los primeros tiempos de colaboración en la “Gaceta Literaria” le hizo derivar al estudio de las dos ciencias más abstractas: las Ciencias Exactas y la Filosofía. Y esta preocupación cientifista era la que tenía con respecto a la religión. Aquella fe ingenua y sencilla que su madre le inculcara de niño había quedado soterrada ante el aluvión de ciencias y pseudociencia que su curiosidad intelectual había devorado en los años universitarios.

Pero ahora todo se venía abajo. En aquellas trágicas circunstancias que vivíamos quedaba él solo, con su vida escueta y sin que le valiera de nada todo su bagaje intelectual para resolver el tremendo problema de la muerte. Desde el día que le detuvieron -el me lo confesaba- le obsesionaba el problema del más allá y no encontraba en sus ideas filosóficas idónea solución a él.

Por eso cuando vio que yo hablaba de religión con un conocimiento superior a lo que él podía esperar de cualquier hombre de la calle —me llamaba el teólogo de secano, porque aún no sabía que era sacerdote ni me pareció prudente anticipárselo, dado su modo de pensar—entonces me rogó que charláramos mucho de esos problemas y en estas charlas se cimentó una mutua confianza y una entrañable amistad.

La vida en la cárcel discurría monótona y abrumadora. Todos los días lo mismo, y sobre nuestras cabezas siempre pendiente la espada de Damocles. Cada vez eran más frecuentes las visitas de los comités a la Cárcel para sacar gente. Se nos decía que los llevaban trasladados a Alicante, pero el destino era Paracuellos o Aravaca. Nunca, sin embargo, oí a Ramiro una palabra que indicara miedo ante aquella situación. Lo sobrellevaba con estoica indiferencia y creo que le daba lo mismo morir que vivir.

Tres obsesiones tenía por entonces en la cárcel. Primero la obsesión del más allá, por consiguiente una gran preocupación religiosa según queda dicho; la obsesión de la huida. ¡Cuántas noches me decía que soñaba que había crecido y se había estrechado tanto que podía salir a través de las rejas de la ventana y poner los pies en el suelo!

Y, por fin, la obsesión de la lectura , del estudio. Por entonces leyó con todo detenimiento “Los Estados Unidos de hoy” de André Sigfried, libro que conocía y del que hacía grandes elogios. Después mandó que le trajeran de casa “El firmamento” del padre Rodés. Tal vez fuera este libro una de las causas de su muerte. Ramiro pidió permiso a Polo, el jefe de las milicias de la cárcel miembro destacado de la Juventud Socialista Unificada, para que se lo mandasen de casa. Polo se extrañó un poco del título de la obra y le preguntó que por qué le interesaba ese libro. Ramiro contestó que era licenciado en Ciencias Exactas y aficionado a la Astronomía. Polo se lo concedió. Pero al poco tiempo, en una de aquellas visitas que hacían los Comités a los presos, al preguntarle a Ramiro el jefe su profesión contestó que periodista. Es de notar que por entonces Ramiro, a instancias mías y de otros amigos, había cambiado el nombre en la Cárcel y se hacía llamar con el antiguo seudónimo de Roberto Lanzas. Polo, que acompañaba al Comité le dijo: “¿Pero tu no me has dicho hace poco que eras astrónomo?” Ramiro le hizo ver que las dos cosas eran compatibles. Sin embargo esto dio pie para que se descubriera su verdadera personalidad y acaso con ello firmó su sentencia de muerte.

Entre los entretenimientos preferidos por Ramiro en la cárcel, uno era jugar a los combates navales sobre papel cuadriculado. Tenía una particular habilidad para vencer al adversario, adivinando a los pocos disparos donde estaban los barcos del contrario, y rara vez se le vencía. Aquel entretenimiento tan claro encontraba en el combate naval campo apropiado para ejercitarse.

Del pasado hablaba poco, y menos de su vida política, aunque conmigo tuvo algunas confidencias sobre sus actuaciones. Recordaba con agrado sus primeros años de chico, cuando acaudillaba en su puelbo las huestes de rapaces, como un Viriato en potencia; el, que se había criado en el llamado Palacio de Viriato de la tierra de Sayago, tierra de un dialecto original, poblado de resonancias celtibéricas.

En contra del optimismo que todos teníamos en la cárcel, veía la guerra larga, y presentía una España agotada y arruinada después de la contienda. No dudaba, sin embargo, del triunfo de las tropas nacionales. Se dolía de algunos de sus compañeros de cárcel que habiéndole conocido anteriormente rehuían todo trato con él, por considerar peligrosa su compañía. Una de las personas que más le distinguía y le consideraba era don Ramiro de Maeztu, compañero después con él en la inmolación.

Nunca le oí quejarse de la comida —del simulacro de comida— o de las malas condiciones de la cárcel. El castellano de pura cepa que llevaba dentro, modelado por el espectáculo rocoso, árido y austero de Soyago, le hacía soportar todas las privaciones e incomodidades con estoicismo y naturalidad. A pesar de aquel gesto desdeñoso, egolátrico y seco que tenía era hombre de intimidad sencilla y candorosa, y conservaba una pureza de costumbres que me maravillaban. “La cárcel —ha dicho Baroja— es la universidad de lo perverso”, y allí pude observar como muchos muchachos de buenas familias, correctos, educados y respetuosos en el trato social, tenían en corazón podrido. Ramiro sin embargo, tenía una limpieza y una moralidad que servía de ejemplo a los demás.

Era pura llama intelectual y los problemas que le acuciaban en la cárcel eran de orden intelectual y religioso, como ya he dicho.

Nuestras conversaciones sobre temas religiosos se hacía canda vez más frecuentes. Parecía como si presintiera su muerte y quería llegar a ella con el problema de la fe resuelto.

Había con nosotros en la cárcel un señor, pío varón que tenía la obsesión de las revelaciones que anunciaban aquella catástrofe. A éste decía que había que incorporarlo a la sociedad para que pusiese el fuego de su fe ardiente en la frialdad intelectual de los problemas científicos y teológicos.

Mi tarea para convencerle se limitaba, primero a hacerle ver que las verdades de la fe no son irracionales sino suprarraciones; que si bien nosotros no podemos comprender los misterios si podemos demostrar que no envuelven contradicción con los principios fundamentales de la razón humana, y en segundo lugar, a mostrarle que el acto de fe no es sólo un acto intelectual, sino también un acto de sumisión de la voluntad, y en cuyo proceso puede tener no poca parte la vida afectiva.

Mostrábase él reacio a aceptar la fe si no era por un acto de evidencia, y aquella frialdad intelectual con que abordaba los problemas le hacía desdeñar la vía del sentimiento.

Pero Dios toca siempre el corazón. Un día, después de larga conversación, me dijo que necesitaba una tregua para pensarlo. Aquella noche la gracia surtió sus efectos. Al día siguiente cuando nos reunimos en el patio me dijo:

—No sigas, creo ya con la fe ingenua con que creía cuando era monaguillo en mi pueblo.

Entonces le aconsejé que si era así, su primer acto debía ser ponerse a bien con Dios. No quería yo que confesara conmigo para dejarle más libertad en momento tan trascendental y le mandé a don José Ignacio Marín, sacerdote joven, que solía confesar en u rincón del patio, paseando con los penitentes.

Así lo hizo, y después noté en él una gran tranquilidad y una seguridad y alegría desconocidas. Le había desaparecido la preocupación religiosa que tanto le atenazaba. No puedo precisar los días que mediaron entre su confesión y la muerte, pero desde luego no fueron muchos. Lo que si recuerdo perfectamente, es que el día en que le sacaron, al ponernos en fila por la tarde para subir a las celdas se colocó detrás del señor Marín y le pidió la absolución. Lo supe por él al día siguiente. Parece que tenía el presentimiento que iba a morir.

En efecto, a la noche se presentó en la cárcel un Comité que comenzó a hacer interrogatorios por las celdas. Aquella noche salieron unos veinticinco preso, entre ellos Ramiro de Maeztu. Ya he contado como se desarrolló la escena.

No sé si venían directamente por él o al descubrirse su verdadera personalidad se lo llevaron.

Mi celda estaba encima del salón de actos donde se reunían los presos que sacaban para cargarlos en los camiones a altas horas de la noche. No puedo precisar la hora, se sintió un tiro abajo, en el salón de actos, que por la acción de la onda explosiva, hizo vibrar todo el suelo de la celda. Yo no sabía lo que había pasado ni si le habían sacado, porque vivía en una galería diferente a la de él. A la mañana siguiente un oficial de prisiones nos relató lo ocurrido. Al querer meter a Ramiro en el camión éste se abalanzó a un miliciano intentando cogerle el fusil y diciendo: “A mi me mataréis donde yo quiera y no donde vosotros queráis”. Entonces otro miliciano le disparó un tiro a bocajarro y quedó muerto en el acto [*].

Así murió Ramiro Ledesma Ramos. Abrazado a la espada como un Nibelungo, como un héroe. Pero también con espíritu cristiano, abrazado a la cruz y confortado y sostenido por la fe de Cristo. Como un español que en los momentos decisivos de la vida no puede dejar de ser cristiano.

Juventud, 1951

_________

[*] Nota de Historia en Libertad:

Hubo una nota inglesa a este respecto, y el Ministro de Estado español, Julio Alvarez del Vayo, en representación del Gobierno rojo, hizo pública una comunicación, dirigida al encargado de Negocios de la Gran Bretaña, lamentándose de aquella intervención humanitaria del Gobierno inglés, que—afirmaba—carecía de fundamento, ya que “los presos se encontraban totalmente seguros y en espera de ser juzgados por los tribunales competentes” . La comunicación apareció en la Prensa los días 25 y 26 de octubre de 1936, y poco después, dentro del mismo mes de octubre, aquel Gobierno, por medio de uno de sus órganos, como era la Dirección General de Seguridad, ordenó en Madrid el asesinato de presos de la Cárcel de Ventas, que no habían sido juzgados por ningún tribunal. Entre estos presos figuraban personas de destacado relieve intelectual, como D. Ramiro de Maeztu, y de destacada personalidad política, como el fundador de las J . O. N. S ., don Ramiro Ledesma Ramos, hallándose entre ellos los dos hermanos Borbón León, emparentados con la Casa Real española . El Director General de Seguridad, Manuel Muñoz, el día 31 de octubre de 1936 ordenó la entrega de estos presos a miembros del Comité Provincial de Investigación Pública (checa de Fomento), con el pretexto de trasladarlos a Chinchilla; pero con la orden verbal de que fueran asesinados. Uno de los comprendidos de la relación original, D. Francisco Gallego Sáenz, resistió el cumplimiento de la orden de salida y fué asesinado en el interior de la prisión. (Causa General, La dominación roja en España, págs. 238-239)

Una respuesta para La muerte de Ramiro Ledesma Ramos

  1. José Luis Corral Responder

    9 Noviembre, 2016 a las 21:21

    Don José Ignacio Marín, que confesara a Ramiro Ledesma Ramos, fue después Párroco de San Ginés. Yo estudié en la Escolanía y oí a las monjas referir esa confesión de Ramiro Ledesma Ramos.

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