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17 octubre 2016 • Los más intransigentes son aquellos a quienes no les apea de la boca la autocalificación de demócratas

Manuel Parra Celaya

Más sobre intolerancias y memeces

Recibo, gratamente, algunos mensajes de lectores con ruego de matización de mis palabras de hace quince días sobre tolerancia e intransigencias. Pues bien, decíamos ayer que las actitudes de que hacen gala ciertos políticos nacionalistas y populistas no son más que un reflejo de la mentalidad de sus votantes, dotados de una falta de discreción y de una prepotencia intolerante casi ancestrales; añado ahora que las dos, que reputo como defectos, no tienen su origen, en todo caso, en las pulgas de la pelliza de Viriato –de trasfondo heroico- sino del motín de Esquilache, como representación de plebeyismo, casticismo casposo y, sobre todo, de manipulación de masas.

La paradoja principal estriba en que los más intransigentes son aquellos a quienes no les apea de la boca la autocalificación de demócratas. Se puede decir que, en nombre de la democracia, el componente de la masa, a título individual, se cree en disposición de imponer sus puntos de vista a los demás. Esto, con ser preocupante, tiene la solución de no hacerle ni repajolero caso al susodicho. Lo más grave es que, en nombre de la democracia, a nivel global, se ha construido el más perfecto esquema de totalitarismo de la historia.

Los totalitarismos antiguos se creían legitimados para imponer su verdad, conscientes de que era la suya, y trataban a los opositores de la misma como a tales adversarios, a veces con mano de hierro. En cambio, el totalitarismo actual, que emana de la propia raíz del Sistema, considera que está en posesión de la Verdad, la única posible y fiable para hacer felices a los demás, y el opositor, llamado disidente, el que osa alinearse en el disenso y no en el consenso del Pensamiento Único, no puede existir; en consecuencia, es borrado automáticamente como ciudadano fiable; la sanción oficial –con o sin mano de hierro- suele ser sustituida por la sanción social, que equivale, de hecho, al ostracismo¡, a un estar fuera de la república feliz.

Veamos el motivo. Las teorías gramscianas se han llevado a la práctica holgadamente sin apenas oposición: se ha conseguido transformar una superestructura –creencias, valores, ideales, instituciones que los defendían-, se ha logrado la captación y casi el monopolio de los suficientes intelectuales orgánicos, han decodificado el lenguaje y el pensamiento de las masas, que son las que imponen esa sanción social al descarriado, en armonía, cuando lo permiten las leyes, con la posible sanción oficial.

A riesgo de sufrir ambas, uno se reafirma personalmente en sus convicciones. La primera es la creencia en la dignidad y la libertad del ser humano, atributos otorgados por su Creador; con esta premisa, uno se considera tolerante, en el sentido de la definición de José Antonio Marina: Tolerancia es el margen de variación que una solución admite sin dejar de ser solución”. Con ello, dejo claro que mi tolerancia no puede equivaler a relativismo; por el contrario, existen unas categorías permanentes de razón que no admiten margen alguno de variabilidad.

Me sitúo en la postura que califica el citado pedagogo de tolerante inteligente (perdón por la inmodestia), frente a la del intolerante y frente a la del tolerante necio; el primero –representado suficientemente por el progresismo populista y por los nacionalismos- cree que su postura no admite ninguna flexibilidad y está dispuesto a imponerla si puede, y el segundo piensa que todas las soluciones tienen un margen infinito de tolerancia.

En consecuencia y como resumen, asumo plenamente otras palabras de Marina: Las contradicciones se resuelven por elevación. Esta elevación se sitúa en el ámbito de esas categorías permanentes que he mencionado, como pueden ser, por ejemplo, las creencias religiosas y el derecho a la vida, y, en el campo específico de la historia y de la política, la unidad de la patria y su universalidad.

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