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3 octubre 2016 • Un hombre de la calle pontificaba, en tono duro y agresivo, que todo el mundo debería ir en bicicleta

Manuel Parra Celaya

Intolerancias y memeces

bicicleta_trajeVengo manteniendo que los políticos elegidos mediante sufragio suelen responder fielmente a las expectativas de sus electores; no se trata, no, de que aquellas cumplan sus promesas de campaña, ingenuidad de que la nos liberó explícitamente el profesor Tierno Galván, sino de que sus personas son algo así como el paradigma de quienes han depositado el voto con su nombre. Claro que, dentro de la falacia de la voluntad general, nunca se puede saber si un ciudadano cualquiera está fielmente representado por un tonto, por un corrupto o por un fanático, pero lo cierto es que el susodicho votante era tan tonto, tan corrupto o tan fanático como el objeto de sus preferencias y que ahora aparece encaramado en el poder.

Ante la imposibilidad de poner nombre y apellidos al ciudadano de marras, tampoco voy a centrar estas líneas en los políticos conocidos; de forma que voy a hacer respetuosa omisión de Pedro Sánchez y su no es no, de Rita Barberá, aferrada a su asiento senatorial, a Griñán y Chaves, con sus cuitas judiciales, de los especímenes de la C.U.P., embarcados en su demencial cruzada contra el Ejército, la Bandera española y el monumento de Colón y de Jordi Pujol, desaparecido de las noticias, por cierto, otrora español del año para determinado periódico y hogaño mártir para los separatistas de pro, por poner algunos ejemplos. Me voy a referir al ciudadano que votó a estos o a otros políticos, al que considero, como ya he dicho, provisto de idénticas cualidades, que son las que debieron inclinar su voto en esas direcciones.

Advierto, bastante preocupado, una alarmante falta de discreción en muchos de mis compatriotas y, a la vez, un alto grado de intolerancia, que creía superada en estos tiempos. Ambos vicios se notan a simple vista en personajes públicos de cualquier pelaje, pero, insistiendo en mi teoría demoscópica, son reflejo de una sociedad que los mantiene en sus genes ancestrales; los políticos no hacen más que retroalimentarlos en el cuerpo social que los ha elegido, formando un círculo vicioso de muy difícil solución.

En ese espléndido día sin coches que sumió en el caos circulatorio a varias ciudades españolas, me fue dado ver y oír en no sé qué cadena de televisión a un hombre de la calle que pontificaba, en tono duro y agresivo, que todo el mundo debería ir en bicicleta; fíjense bien, no es que se mostrara partidario de este tipo de vehículo o aconsejase su uso, movido por intereses deportivos o cívicos, sino que en ese todo el mundo iba implícito su deseo de imponer su opción, velis nolis, a cualquier compatriota; lo mismo puede decirse de los inquisidores antitabaco, a los cuales no es extraño oírles aseverar dogmáticamente que nadie debería fumar o que se debería prohibir el tabaco; podríamos multiplicar los ejemplos, incluyendo en primera línea a los fervientes antitaurinos.

“Cuanto más reducida sea la esfera de acción propia a una idea, más perturbadora será su influencia, si se pretende proyectarla sobre la totalidad de la vida”, decía Ortega, quien ponía el caso del vegetarianismo como único lente con el que contemplar el mundo, y ¡suerte que no conoció el veganismo de moda!

Pues bien, esta óptica absorbente, tiránica e intransigente puede achacarse a los políticos españoles, más agudizada conforme se acentúa el mesianismo de sus posturas, pero su origen está en un sector importante de la ciudadanía electora y votante, incapaz de aceptar que, a lo mejor, su legítima perspectiva es compatible o complementaria de otras, de las de quienes discrepan de sus propuestas convertidas en imposiciones. Quizás la raíz profunda de todo esto está en el plebeyismo –denunciado por Ortega en el mismo texto- , que se ha adueñado de nosotros al socaire de la democracia y que nos hace sedientos de ser como los demás, siempre tirando a la baja.

Guarden, pues, sus quejas los sometidos a la intransigencia o a la memez de determinados alcaldes (o alcaldesas, para ser políticamente correctos), de gobernantes en general o de líderes políticos, si es que alguna vez retrataron sus propias maneras de ser, aun inconscientes, al depositar su voto.

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