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12 julio 2015 • "Nos eligió en Cristo... para que fuéramos santos e intachables ante Él por el amor"

Angel David Martín Rubio

Vocación y misión de los bautizados

Jesus envia a los discipulos

«El Señor me arrancó de mi rebaño, y me dijo: “Ve, profetiza a mi pueblo Israel» (Am 7, 15). En la primera lectura de la Misa de este domingo (15 del tiempo ordinario, ciclo B: Am 7, 12-15) escuchamos una admirable respuesta de Amós, testimonio de su humildad, y a la vez de la autenticidad de su vocación.

Amasías, el sacerdote apóstata que servía al culto idolátrico del becerro de Betel, no puede soportar las palabras de verdad, y aprovecha la profecía de Amós acerca de la casa real para acusarle del crimen de lesa majestad e intimarle que se retire a su país. El profeta, viene a responderle con el fundamento último de su forma de actuar: No es profeta de profesión, ni discípulo de profeta; profetiza porque Dios le llamó en medio de sus trabajos de pastor y labrador y le confió esa misión. Similar fue la vocación de David (I Reyes 16, 11 ss.), y la de todos los profetas, que se sentían siempre incapaces para su misión porque la iniciativa de su llamada corresponde a un plan libérrimo del Señor, el cual elige a quien quiere.

«En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final nos ha hablado por el Hijo» (Heb 1, 1-2). Como intérpretes y medianeros de Dios inmortal, los profetas nos manifestaron los secretos celestiales, y nos exhortaron a la enmienda de las costumbres con saludables preceptos y profecías. Jesucristo, el Redentor, al venir al mundo, es el sumo Profeta y Maestro, que nos enseñó la voluntad de Dios y nos comunicó el conocimiento del Padre celestial[1].

«[Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo] Nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuéramos santos e intachables ante Él por el amor» (Ef, 1, 4). Estas palabras de la Segunda Lectura (Ef 1, 3-14) tienen aplicación a todos los cristianos, incorporados por el Bautismo al Cuerpo Místico de Cristo y llamados a una vida nueva. El Eterno Padre nos predestinó para ser hijos suyos (v. 3-6), el Hijo llevó a cabo la incorporación mediante la Redención (v. 7-12), el Espíritu Santo la completa (v. 13-14).

  1. «Él nos ha destinado por medio de Jesucristo según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos» (v.5)

La “adopción de hijo”, significa exactamente filiación, es decir, que somos destinados a ser verdaderos hijos de Dios, tal como lo es Jesús mismo («Mirad qué amor nos ha tenido el Padre, para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» 1 Jn 3, 1). Pero esto sólo tiene lugar por Cristo, y en Él. Es decir que no hay sino un Hijo de Dios, y nosotros somos hijos de Dios por una inserción vital en Jesús.

  1. «En Él, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados» (v. 7)
  1. «En Él también vosotros… habéis sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido. Él cual es la prenda de nuestra herencia mientras llega la redención del pueblo de su propiedad» (vv.13-14)

El valor y el mérito de nuestras acciones se mide, según dice Santo Tomás, «no de acuerdo con nuestras fuerzas y nuestra dignidad naturales, sino teniendo en cuenta la fuerza infinita y la dignidad del Espíritu Santo que está en nosotros. He aquí una de las razones por las que el Apóstol llama tan frecuentemente al Espíritu Santo el Espíritu de la promesa, las arras de nuestra herencia y la garantía de nuestra recompensa».

Esa participación en la divina naturaleza (cfr. 2 Pe 1, 4) que desde ahora se opera invisiblemente por la gracia llegará a su plenitud cuando llegue «la redención del pueblo de su propiedad». Encontramos aquí una alusión al misterio de la segunda venida de Cristo, en el que los primeros cristianos fundaban su esperanza en medio de las persecuciones. De ahí la aguda observación de un autor: «A primera vista, la diferencia más notable entre los primeros cristianos y nosotros es que, mientras nosotros nos preparamos para la muerte, ellos se preparaban para el encuentro con Nuestro Señor en su Segundo Advenimiento»[2].

La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. En el Evangelio (Mc 6, 7-13), vemos como es Cristo quien llama, elige y envía a sus Apóstoles, que deben corresponder a su vocación.

Las instrucciones que les da, nos muestran cómo Jesús quiere que sus ministros tengan plena confianza en la providencia del Padre Celestial y se desprendan de todo lo que no sea absolutamente necesario. Les basta con la eficacia infalible de la palabra evangélica y la gracia que la acompaña. Eso mismo podemos aplicarnos todos los bautizados a la hora de poner en práctica la misión que nos corresponde como hijos de Dios, redimidos por Cristo y marcados con el sello del Espíritu Santo que nos convierte en apóstoles.

«Por su pasión, Cristo nos libró de Satán y del pecado. Nos mereció la vida nueva en el Espíritu Santo. Su gracia restaura lo que el pecado había deteriorado en nosotros.

El que cree en Cristo se hace hijo de Dios. Esta adopción filial lo transforma dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo. Le hace capaz de obrar rectamente y de practicar el bien. En la unión con su Salvador el discípulo alcanza la perfección de la caridad, la santidad. La vida moral, madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la gloria del cielo»[3].

Acudimos confiadamente a la Santísima Virgen, modelo perfecto de la correspondencia amorosa a la vocación cristiana, y le pedimos que nos haga ser diligentes en el servicio de Dios.

«Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios»[4].

________________________

[1] Cfr. Catecismo Romano I, cap. 3.

[2] Cit. por Mons. STRAUBINGER, La Santa Biblia, in Jn. 14, 3

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, 1708-1709.

[4] De los sermones de san León Magno, Papa.

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