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29 abril 2024 • Son sustituidos por esos inmigrantes hispanos, que mantienen la religiosidad de sus padres y abuelos

Manuel Parra Celaya

La parroquia y la piqueta

Imagen de G.C. en Pixabay

Dirijo hoy estas líneas, principalmente, a los lectores creyentes y más o menos practicantes de fuera de Barcelona, pues los que reúnen esta condición en mi ciudad saben de sobra la noticia que comento y, en su inmensa mayoría, experimentan esa sensación de impotencia, por otra parte tan extendida en toda España en los últimos tiempos…

El hecho es que la parroquia barcelonesa del Espíritu Santo, enclavada en la Travesera de Gracia, va a ser derruida de forma inminente hasta sus cimientos por orden de uno de los Ordinarios del lugar (leánse obispos titular o auxiliares), sin que pueda mediar recurso alguno para evitarlo; se suma a otros derribos, ventas y desacralizaciones de templos de la Ciudad Condal, cuyo número no puedo precisar. Los motivos aducidos en estos casos suelen ser variados: escasez de fieles y de sacerdotes encargados, escasa vida parroquial, estado ruinoso y, el que más sobresale al parecer, las cuentas en números rojos del Obispado, aspecto en el que, como feligrés de filas, ni entro ni salgo, pues doctores tiene la Iglesia, así como economistas y administradores.

La parroquia del Espíritu Santo data de los años 60 del siglo pasado y contiene en su interior una monumental vidriera de colores, de 200 metros cuadrados, catalogada por su valor artístico y que reproduce las manifestaciones y dones de la Persona de la Santísima Trinidad de la advocación del templo en cuestión; ni esta vidriera se va a salvar de la inminente demolición, a pesar de los informes de expertos y protestas de los feligreses. De momento, pretenden trasladar al párroco y a la feligresía a otro templo, cuya cierta lejanía va a hacer desistir de asistencia a bastantes, especialmente a los mayores.

Y se me olvidaba citar la justificación del derribo: el terreno lo ha vendido el Obispado barcelonés a la Universidad Blanquerna (también dependiente de aquel), para erigir la nueva Facultad de Medicina y Enfermería. De momento, párroco y feligresía son remitidos a otro templo algo distante.

Existe, eso sí, una cierta propuesta para que, cuando acaben las obras que se centran en un plazo de cuatro años (¡cuán largo me lo fiais!), se erija una nueva parroquia de dimensiones más que reducidas; evidentemente, en ese plazo de tiempo los fieles de cierta edad ya no podrán verla, de existir, y los jóvenes se habrán buscado la vida en otras iglesias o santuarios…si es que los encuentran.

A todo esto, ¿qué vida real tiene la actual Parroquia del Espíritu Santo? Pues riquísima, diríamos en cantidad y en calidad: una actividad parroquial, asistencial y religiosa intensísima, con llenos completos en las fiestas de guardar y nutrida abundancia de fieles en los días laborables, con Exposición permanente del Santísimo, noche y día; catequesis de niños, Rosario diario, atención a los ancianos del barrio, inmigrantes y necesitados en general; sus puertas permanecen abiertas día y noche, a diferencia de muchos otros templos, que no tienen esta actividad ni de lejos y de asistencias de fieles mucho más menguada.

Como dato importante, añado que hay abundancia de jóvenes, la mayoría de origen hispanoamericano; en las celebraciones solemnes y en otras ordinarias, la parte trasera de la iglesia está llena de cochecitos de bebés, y se destaca la presencia de numerosos niños que, a su manera, cantan la Misa, lo que es causa, no de estorbo ni para el celebrante ni para los otros fieles, sino de alegría (dejad que los niños se acerquen a Mí, quedó escrito).

Uno, que es muy mal pensado, se ha dado en elucubrar si en esta nutrida presencia hispana no estará una razón oculta del descarte del templo, de su entrega a la voraz piqueta y la erección de una soberbia Facultad para la Blanquerna.

Datos objetivos sobre la Iglesia Católica en general nos muestran que los Seminarios está casi vacíos y que muchos jóvenes pasan olímpicamente de asistir a las celebraciones; hay que importar sacerdotes, y un número considerable de estos procede de antiguos lugares de misión, donde ahora las vocaciones se han mantenido o crecen; África e Hispanoamérica surten en este momento de presbíteros a España, en esa figura que tantas veces he denominado Segunda Evangelización, pues ha cambiado lógicamente la dirección de la acción misional.

Claro que, en concreto en Cataluña, estos refuerzos para nuestras necesidades pastorales son objeto de una inculturación lingüística obsesiva, para que los servicios religiosos se hagan exclusivamente en catalán; apuntamos que no era así en la Parroquia del Espíritu Santo, donde se daba una natural alternancia de los dos idiomas de uso normal en la población.

Además, el número de fieles practicantes de la población autóctona tiende a decrecer, como muestran las estadísticas, y son sustituidos por esos inmigrantes hispanos, que mantienen la religiosidad de sus padres y abuelos, esos que fueron atendidos por misioneros españoles en la Primera Evangelización; evidentemente, se encuentran más a gusto rezando en el español común, idioma que comparten con nosotros, aunque ya sabemos que a Dios se le puede rezar en cualquier lengua… Esa es la razón por la que en la sentenciada parroquia barcelonesa abunden las familias con muchos hijos y los jóvenes, donde todos son bien acogidos sin discriminación lingüística o racial.

Insisto en que un servidor es muy mal pensado, pero, conociendo el talante y los aires que se respiran entre las jerarquías de la Iglesia Católica en Cataluña, me atrevo a manifestar lo que es acaso un juicio temerario.

Como anécdota, añadiré que, en días pasados, junto a los carteles callejeros que suplicaban, en castellano y en catalán, “salvad la parroquia del barrio”, apareció uno que invitaba al rezo de un Rosario para este fin y añadía la coletilla: “y para la conversión de obispos y sacerdotes”. Claro que, inmediatamente, fue retirado, me imagino que por una indignada orden de algún ordinario del lugar