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28 mayo 2021 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

Fiesta de la Santísima Trinidad: 30-mayo-2021

Epístola (Rom 11, 33-36)

¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa? Porque de Él, por Él y para Él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén

Evangelio (Mt 28, 18-20)

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

    La Trinidad (El Greco, 1577-1579)

Reflexión

Después de haber celebrado los misterios de la salvación a lo largo del Año Litúrgico (desde el Nacimiento de Cristo y su larga preparación hasta la venida del Espíritu Santo), la Iglesia nos invita hoy a celebrar la fiesta de la Santísima Trinidad «para darnos a entender que el fin de los misterios de Jesucristo y de la venida del Espíritu Santo ha sido llevarnos al conocimiento de la Santísima Trinidad y a su adoración en espíritu y verdad» (Catecismo Mayor). De esta manera se pretende presentar esta verdad de fe en relación con nuestra vida sobrenatural. Es fiesta de acción de gracias a la Trinidad Santa como causa eficiente de nuestra redención y santificación: «Bendita sea la santa Trinidad, y la indivisible Unidad: alabémosla, porque ha obrado con nosotros su misericordia» (introito) .

I. El misterio de la Santísima Trinidad. La Iglesia expresa su fe trinitaria confesando que en Dios hay tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo en una sola esencia o naturaleza.

Con las solas fuerzas de la razón natural podemos llegar a demostrar la existencia de Dios en cuanto creador del orden natural, pero nada podemos alcanzar del orden sobrenatural (como lo que se refiere a la Santísima Trinidad, la gracia y la gloria, la Encarnación etc.) que trasciende al orden natural y cuya captación escapa a la capacidad de la razón. Por eso a las verdades de este ámbito las llamamos «misterios» (es decir, «verdades superiores a la razón, que hemos de creer aunque no las podamos comprender», Catecismo Mayor).

La Trinidad ha sido objeto de una revelación progresiva por parte de Dios.

– En el Antiguo Testamento se inculca de tal manera la unidad de Dios, que en ningún momento aparece claramente la revelación del misterio trinitario. Así,  Moisés le recuerda al pueblo de Israel que oyó en el Sinaí la voz de Dios después de haber sido testigo de los prodigios obrados en su beneficio al salir de Egipto. Todo esto prueba que «el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra; no hay otro» (Dt 4, 39).

– Hay en el Antiguo Testamento algunos indicios que hacen presentir de algún modo la futura revelación del misterio trinitario pero es en el Nuevo Testamento cuando se revela expresa, clara y plenamente el mismo. Tal es el caso del Evangelio de hoy (Mt 28, 16-20): «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (v. 19). En esta fórmula del sacramento del bautismo, dada por el mismo Cristo a sus discípulos, aparece con toda claridad y distinción el misterio trinitario.

II. Filiación divina. Jesús envía a sus apóstoles para que bauticen «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Uno de los frutos de la presencia de la Santísima Trinidad en el alma en gracia es la filiación divina: somos hechos hijos adoptivos de Dios. «Habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!» (Rom 8, 15). Aunque san Pablo escribía en griego, antepone a la palabra «Padre» el término correspondiente arameo «Abba», (cfr. Gal 4, 6). Lo mismo hace san Marcos al referirnos la oración en el Huerto (Mc 14,36). Probablemente se trata de la conservación de unas palabras primitivas que, aunque en lengua extraña, tanto decían al corazón cristiano porque las había usado el mismo Jesucristo.

Los cristianos afirmamos la omnipotencia de Dios pero en nuestro trato con Él prevalece totalmente la idea de amor. Lo que regula nuestras relaciones con Dios no es el espíritu de los siervos con su Amo, sino el de hijos con su Padre. Ese sentimiento de filiación respecto de Dios que experimentamos los cristianos en lo más íntimo de nuestro ser y que nos lleva a invocarle bajo el nombre de Padre lo «hemos recibido» (v. 15), y está íntimamente relacionado con la presencia del Espíritu Santo (v.14).

Se trata del «nuevo nacimiento» que se ha operado en nosotros al ser bautizados, al hacernos Dios partícipes de su misma naturaleza divina (cfr. 2 Pe 1, 4), entrando así a formar parte real y verdaderamente de la «familia de Dios». Y ese es el fundamento de nuestra vocación a la santidad y al apostolado, cada uno según su propia condición y estado, porque hemos recibido las primicias de una vida sobrenatural que está llamada a desarrollarse hasta alcanzar su plenitud (Cfr. Lorenzo TURRADO, Biblia comentada, vol. 7, Hechos de los Apóstoles y Epístolas paulinas, Madrid: BAC, 1965, 316).

*

Demos hoy muchas gracias a Dios que ha querido darnos estos dones de su gracia a cada uno de nosotros. Y que la contemplación del misterio de la Santísima Trinidad mientras estamos en este mundo sea un anticipo de la alabanza a Dios Uno y Trino que esperamos hacer por toda la eternidad unidos a nuestra Madre Santa María.