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19 junio 2018 • Unamuno da a sus palabras el 12 de octubre un valor distinto al que le han atribuido

Moisés Domínguez Núñez - Ángel David Martín Rubio

“Contra la barbarie marxista”: Entrevista de los hermanos Tharaud a Unamuno

Jérôme y Jean Tharaud

En el número de 12 de enero de 1937 de la Revista “Universidad” de México (pp. 7-10), aparecía la entrevista que realizó uno de los hermanos Tharaud al insigne Rector de la Universidad de Salamanca don Miguel de Unamuno. También fue publicada en español, entre otros, en el periódico “El Informador de México” el 10 de enero de 1937 (pp. 6 y 10). Jean (1877-1952) y Jérôme Tharaud (1874-1953) fueron autores de frecuentes colaboraciones literarias que merecieron galardones y su ingreso en la Academia francesa. De ahí que el texto, aunque redactado en primera persona, aparezca firmado por ambos. Según Manuel María Urrutia, fue posiblemente Jérôme Tharaud quien visitó a Unamuno en Salamanca («Un documento excepcional el manifiesto de Unamuno a finales de octubre-principios de noviembre de 1936», Revista de Hispanismo Filosófico, nº 3, 1998, págs. 100-101). La entrevista se tuvo que realizar después del 22 de octubre de 1936, fecha en la que fue destituido Unamuno del rectorado, y por su tenor literal parece anterior a otras cartas del 21 de noviembre con lo que tenemos bien definido un arco cronológico para ubicarla.

Para Unamuno fue un auténtico desahogo “platicar” con el periodista francés. La entrevista se publicó en “L’Écho de Paris” el 5 de enero de 1937 (pp.1-2) y en ella los hermanos intercalaban las palabras, que a viva voz, iba pronunciando el viejo rector con las anotaciones de puño y letra del propio Unamuno, que copió literalmente el famoso Manifiesto. El citado Urrutia subraya que los hermanos Tharaud hacen una transcripción con sorprendente fidelidad el texto original cómo puede comprobarse comparando su traducción con el manuscrito conservado en la actualidad, en la Casa-Museo de Unamuno en Salamanca.

Dicho Manifiesto no es otra cosa que una especie de testamento político en el que Unamuno hace referencia a sus ideas sobre la España ensangrentada que ya esbozó en el famoso suceso del Paraninfo: “Inteligencia frente a violencia, Vencer no es convencer, ni conquistar convertir, fe frente a sinrazón…”. Quería que el mundo conociera que es lo que quiso decir realmente ese día y propone al reportero que le dé la máxima difusión para que quede aclarado su pensamiento político con respecto a la Guerra que desolaba no solo su alma sino aniquilaba al “atávico” pueblo español.

Cabecera del periódico L’Écho de París

Unamuno da a las palabras pronunciadas en el Paraninfo un valor distinto al que le han atribuido algunos historiadores de la desmemoria.

En primer lugar porque en la entrevista no hay un solo reproche al Alzamiento llevado a cabo por el ejército español ni mucho menos hace referencia despectiva al general Millán Astray. Muy al contrario, aparecen loas al general Franco al que agradece que use su leitmotiv “salvar a la civilización occidental cristiana” y se manifiesta muy contrariado con los gobernantes del Frente Popular, especialmente es cruel con Manuel Azaña, al que culpa que no atajara las salvajadas que se estaban cometiendo en la zona controlada por el Frente Popular.

El propio Unamuno quita hierro al suceso ocurrido el 12 de octubre: “Sí, me han destituido… por palabras bien inocentes y que no niego. Yo decía…”. Como hemos dicho más de una vez, aquel fue un incidente sin la mayor trascendencia histórica y que ha sido manipulado torticeramente y elevado a categoría de forma reiterada por historiadores poco escrupulosos con el manejo de las fuentes primarias y que ha quedado desmontado con la aparición en los medios de una, hasta ahora ignorada desconocida foto, en la que Miguel de Unamuno y Millán Astray se dan la mano y que hace más de un año identificamos entre los fondos de la Biblioteca Nacional (Cuando Unamuno y Millán Astray se dieron la mano).

Evidentemente, cuando Unamuno hace referencia a las famosas palabras que pronunció “Vencer no es convencer, ni conquistar convertir…” a quien critica realmente no es al ejército español ni por supuesto a Millán Astray sino al falangismo al que odia tanto como al marxismo. Por eso es especialmente paradójico que fueran los falangistas quienes le acompañaran en sus últimos días y en su entierro, mientras los periodistas al servicio del Frente Popular le ponían a caldo: «Unamuno era el marciologo que destilaba en la prensa esa hiel que a veces lo convertía en exaltación de su barbarie de salvaje fascista, se halla en Salamanca al servicio de los facciosos y de la traición. Unamuno está de speaker de los militares de Gil Robles» (“Mundo Obrero”, 11-agosto-1936). Nadie recuerda o no quiere recordar todo esto, ni los herederos del Frente Popular ni las lecturas falangistas al estilo de aquellos que se dejaron seducir por la apasionada prosa de Unamuno en su peculiar transición del totalitarismo al liberalismo.

Hay una palabra que sobrevuela constantemente el texto de los Tharaud y no es otra que DESESPERADO. Los hermanos escriben sobre la desesperación de Unamuno y del pueblo Español:

«No fue esta miserable aventura académica la que había puesto esa máscara de desaliento en su cara que tanto me había cautivado cuando entré (en su casa), y lo noté de inmediato, escuchando las palabras bastante extrañas que él comenzó a desarrollar frente a mí, alrededor de la palabra “desesperado”».

En el texto también se aparecen unas reflexiones de Unamuno sobre el pueblo gitano que hoy calificaríamos de “xenófobas y racistas”. Así era el viejo rector: o todo a nada. Unamuno siempre profesó una egolatría desenfrenada que le hacia enfocar una visión del mundo a través de su prisma personal. Según la prensa de izquierdas cuando «cometía una estupidez o una traición, lo hacía con escándalo para disimular mejor».

Aquí está el texto completo de la entrevista. Espero que después de su lectura saquen las conclusiones oportunas y comprueben que Unamuno no estuvo nunca en contra de Franco ni de los militares que se alzaron contra el Frente Popular ni, por supuesto, quiso decir el 12 de octubre de 1936 lo que algunos historiadores han malinterpretado “pro domo sua”.

La Tragedia de Unamuno. Por Jérôme y Jean Tharaud

…, En el barrio más aristocrático y más conventual de Salamanca el forastero se detiene delante de una casona sencilla y de buena apariencia. Una mujer moza lo introduce en una especie de locutorio monástico, perfectamente pulcro, luciente y frío, con sillas junto a las paredes, un retrato del dueño del lugar, inspirado en la vieja escuela española. Y, contra una ventana dando sobre un minúsculo patio–que hubiese parecido bien triste sin el azul límpido de la bóveda celeste-una mesita redonda cubierta con un paño verde que caía hasta el suelo. Al cabo de breves minutos de espera, el visitante vio entrar la figura clásica de Unamuno, muy alerta todavía a despecho de sus setenta y dos años bien sonados, el pelo y la barba abundosos, el perfil anguloso y, detrás de las gafas de acero toledano, una mirada cargada de zozobras. Nos sentamos en torno de la pequeña instalación. La joven que me había recibido volvió con un brasero que colocó bajo la mesa; luego hizo descender con cuidado el tapete sobre nuestras rodillas y en el aire glacial de la pieza, guardando las piernas al calor, el gran Unamuno y yo nos pusimos a “platicar”.

Su primera frase fue para anunciarme:

Unamuno .- Usted sabe, me han desgraciado.

Si, en efecto lo sabía destituido una primera vez por los rojos de su función de rector perpetuo de la Universidad de Salamanca y restablecido inmediatamente después de la junta de Burgos, como consecuencia de su adhesión al Gobierno nacional, Unamuno acababa de ser cesado nuevamente por un discurso que había pronunciado en la Universidad el 12 de octubre, en el curso de una sesión solemne en dónde se conmemoraba el recuerdo de Cristóbal Colón –el cual, como es bien sabido, antes de embarcarse para la gran aventura, había venido a Salamanca con objeto de consultar a los célebres astrónomos.

Unamuno .- Sí, me han destituido –continúo Unamuno – por palabras bien inocentes y que no niego. Yo decía…

Pero verá usted, es mucho más sencillo… voy a buscarle un pequeño manifiesto que acabo de redactar y en donde expreso todo mi pensamiento.

Dicho lo anterior, el maestro se levantó de la pequeña mesa, salió del aposento y volvió casi en seguida con un papel en la mano.

-No tengo duplicado- me explica. Por lo que, si usted no ve inconveniente, le haré una copia al mismo tiempo que conversamos…porque me interesaría bastante que se divulgase.

Empuñando entonces su pluma fuente, se inclinó sobre su obra con una aplicación de escolar. El texto está en español. Helo aquí extenso, pero cortado por las reflexiones que me hacía el autor a medida que él escribía.

El manifiesto:

“En cuanto se produjo el movimiento salvador del general Franco, me uní a él, pensando que importaba salvar ante todo la civilización occidental cristiana, y con ella la independencia nacional…”

Unamuno-insisto sobre esta expresión “civilización occidental cristiana”. Fui yo quien encontró y puso en circulación esta fórmula, que Franco repite innumerables veces en todos sus discursos, y que se ha convertido en let-motiw del movimiento libertador

El manifiesto:

“El Gobierno de Madrid me destituyó del cargo de Rector; pero el Gobierno de Burgos me restableció en mi función con grandes elogios. Yo estaba verdaderamente aterrado por el carácter que tomaba esta pavorosa guerra civil, que es debida a una enfermedad mental colectiva, a una epidemia de locura, con un substratum patológico”

Unamuno- Si, usted lo sabe, entre nosotros la higiene es deplorable. La enfermedad especifica ha hecho estragos en este malhadado país. Esto explica muchas cosas.

Se habla siempre de psicológico de lo moral, pero es de lo fisiológico, de cuya enfermedad debiera hablarse también.

El visitante – En este furor sanguinario que prevalece tan extrañamente en España, ¿no hay algo que viene de todo lo que en ella hay de árabe y de berebere?

Unamuno –Es muy posible. Pero hay otra sangre que se ha mezclado en nuestras venas de la que no se habla nunca, pero que, según mi concepto, tiene una importancia considerable en la formación de nuestra raza y de nuestra mentalidad: Es la sangre de los gitanos, esa población errante de herreros, de estañadores, de negociantes de caballos, de trenzadores de canastas, de las que dicen la buenaventura, que se les encuentra por doquiera en este país, hasta en la más insignificante aldea. Tales gitanos tienen instintos primitivos, inhumanos antisociales, y estoy persuadido que es a través de ellos sobre todo que se ha introducido entre nosotros una herencia cruel

Unamuno ha levantado la cabeza, se animó un momento, luego se inclina nuevamente en la mesa y prosigue con aplicación su copia:

El manifiesto:

“Desde el punto de vista religioso, esta guerra civil es debida a una profunda desesperación, característica del alma española, que no logra descubrir su fe, y también, a cierto odio, contra la inteligencia, unido a un culto de la violencia por la violencia”.

El visitante – ¿Qué es pues esa profunda desesperación del alma española, a que usted se refiere?

Unamuno-Usted conoce ciertamente, el sentido de nuestra palabra desesperado. Este es un hombre que no cree ya en nada, ni en Dios, ni en los demás. Ni en sí mismo. Somos un pueblo de desesperados. Es lo que explica un particular todo ese encarnizamiento contra los sacerdotes y los religiosos, esas matanzas de curas, esos cadáveres de monjas desenterradas y profanadas .Hay dos especies de españoles, pero que mirando bien no forman sino uno. Uno, el creyente, el católico y que no es muy a menudo sino un pagano, adorador de imágenes, de la Virgen y de los Santos que son para él otras tantas divinidades locales. Y el otro, el desesperado, que mata a aquellos que tienen la fe, por celos de los sacerdotes que no lograron comunicarles las certidumbres que tanto necesitan.

El visitante- ¿No cree usted que el pueblo español sea simplemente un pueblo apasionado, que cree con la misma fuerza lo que dicen sus sacerdotes o sus oradores comunistas, y que tiende con una ciega violencia a realizar en los hechos las ideas elementales que le han puesto en el espíritu?

Unamuno –No, no créame usted; es otra cosa; todo lo que hay en esa palabra grave de sentido, y que usted comprendería mejor si conociese nuestras viejas crónicas, en esta añeja palabra: Desesperado.

El manifiesto:

“La salvajería inaudita de las hordas marxistas supera toda descripción, y los que dan el tono no son los socialistas, ni los comunistas, ni los sindicalistas, ni los anarquistas; sino las bandas de malhechores, de degenerados, de escapados de presidio, de criminales natos, sin ninguna ideología. Y la reacción natural contra todo esto asume la mayoría del tiempo, desgraciadamente, un carácter de opresión. Es el régimen del terror. España, a la letra se encuentra espantada de sí misma. Y si no se corrige presto, llegará ineludiblemente al borde del suicidio moral”.

El visitante ¿Qué quiere usted decir con estas palabras: España se encuentra espantada de ella misma?

Don Miguel me dio una explicación bastante larga, de la cual retuve lo siguiente: España lleva en su seno terribles instintos que no esperan sino las circunstancias para realizarse en actor. Lo saben y teme que tal ocasión se presente en donde (ella) no tenga ya la fuerza de reprimir en ella todas sus fuerzas salvajes.

El manifiesto:

“Si el miserable Gobierno de Madrid no pudo ni quiso resistir a la presión de la barbarie marxista, debemos guardar la esperanza que el Gobierno de Burgos tendrá la fuerza de oponerse a los que quieran establecer otro régimen de terror”.

-¿Tendrá esta fuerza? Pregunte a Unamuno .Esta misma mañana uno de mis amigos me decía: “Los rojos matan a todos los blancos (nacionales) y los blancos matan a todos los rojos .Si estos últimos ganan, anarquistas y comunistas se exterminaran mutuamente. Si, por lo contrario, son los blancos los vencedores, ¿no habrá también batallas entre blancos?

Estas consideraciones no hacen sonreír a don Miguel, porque, como buen español, no le agrada el tono burlesco. Más la continuación de la hoja que copian iba a responder justamente a la boutade de mi amigo.

El manifiesto:

Al principio se dijo, con bastante buen sentido, que el movimiento salvador no era un movimiento de partido, ni un movimiento militar, sino algo profundamente popular, y que, más tarde, todos los partidos nacionales anti-marxistas debían olvidar las diferencias que los separaban para unirse todos bajo la dirección de un jefe militar, sin prejuzgar del régimen político que se restableciera definitivamente. Y sin embargo, los partidos continuaron yuxtaponiéndose sin tocarse. Renovación española, monarquistas constitucionales, tradicionalistas, antiguos carlistas, acción popular, monarquistas adheridos a la República, y numerosos republicanos que se negaron a ingresar en el Frente Popular. A estos últimos, agregaremos los falangistas, partido político, a pesar que lo nieguen y que no otra cosa sino el fascismo italiano malísimamente interpretado según mí parecer (Aquí Unamuno se interrumpe un instante: ¡Ah! Odio el fascismo, me dice). La Falange comienza a querer absorber los demás partidos y pretende dictar el régimen futuro. Y yo, por haber manifestado el temor que esta oposición de los partidos pueda aumentar todavía el terror, es decir, ese miedo que España tiene de ella misma, y hacer más difícil aún la verdadera paz; por haber dicho que vencer no es convencer, ni conquistar convertir, el fascismo español hizo que el Gobierno de Burgos, que me había restituido en mi rectorado… perpetuo, con elogios, me destituyera de mi cargo sin haberme escuchado, ni darme explicación alguna. Y esto, como se puede suponer, me permite juzgar de manera positiva lo que está pasando.

Insisto sobre el hecho que el movimiento a cuya cabeza se encuentra el General Franco, tiende a salvar a la civilización occidental cristiana y la independencia nacional, porque España no podría ser esclava ni vasalla de Rusia ni de ninguna otra nación. Pero, en verdad, en nuestro territorio nacional se está dando una batalla internacional; y en estas circunstancias, es también un deber aportar una paz de persuasión y llegar a la unión moral de todos los españoles para rehacer esta patria que se la está ensangrentando, vaciándola de su sangre, arruinándola, envenenándola y embruteciéndola. Para esto, debemos impedir que los reaccionarios vayan más allá de la justicia y de la humanidad, como lo hacen algunas veces. No es un buen camino el de los sindicatos nacionales (Los Falangistas) que pretenden abrirse campo por la fuerza y la amenaza, obligando por el terror a afiliarse a ellos todos aquellos que no son convertidores ni convertidos. ¡Qué triste cosa sería si, a ese régimen bolchevique bárbaro, antisocial e inhumano se tratara de substituirlo por otro régimen igualmente bárbaro, antisocial e inhumano de servidumbre total! Ni lo uno ni lo otro, puesto que, en el fondo, es la misma cosa”.

Don Miguel había terminado de recopilar su Manifiesto y la conversación continua en un giro más natural.

En aquello días se había sabido que el señor Azaña, Presidente de la Republica, se había refugiado en Barcelona; que Largo Caballero, presidente del Consejo; Prieto, Del Vayo y los demás Ministros, habían huido a Valencia, y sobre este capítulo se contaba una historia bastante divertida. A la salida de Madrid, los Ministros fueron detenidos en la aldea de Alarcón, por el comité anarquista del lugar. Se les encarceló a todos, porque los anarquistas son gente sencilla que no admite que se abandone el puesto de combate en el momento que éste se vuelve peligroso. Finalmente, dejaron que Largo Caballero, continuara el viaje para Valencia. Pero los otros tuvieron que hacer marcha atrás… viéndose obligados a tomar el camino de la costa por vías indirectas…

Unamuno les reprocha a todos su falta de valor y el haber lanzado a España en una aventura política, a la cual no estaba de ningún modo preparada. Azaña y sus amigos se imaginaron –me dice el ex Rector de la Universidad de Salamanca –que podían imponer en España de ideas muy avanzadas. Los acontecimientos no les dieron la razón. Les ha sucedido, en suma, la misma trágica aventura que hace cuarenta años a un antiguo Presidente, de la República de Chile, llamado Balmaceda

Este Balmaceda tenía ideas bastante parecidas a las del Frente Popular. Quiso aplicarlas, pero se oponían los grandes propietarios, los grandes industriales, todos aquellos que poseían algo; y que se les llamaba los congresistas porque formaban la mayoría en el Congreso, esto es, en el Parlamento. La lucha entre el Presidente y sus adversarios degeneró en guerra civil que superó en horror a la que vemos hoy. El partido popular fue vencido Balmaceda desapareció, y durante algunas semanas, nadie supo 10 que había sucedido. Se había refugiado en la Embajada Argentina. Ahora bien: una mañana, el Embajador lo vio entrar en su despacho, en gran uniforme presidencial, con todas sus condecoraciones, un papel en la mano: Era su testamento político: Lo leyó de cabo a rabo al diplomático del país vecino. Reconocía .que se había equivocado totalmente, que habla creído su patria más evolucionada políticamente de lo que estaba, que por su culpa, torrentes de sangre fueron derramados, pero que no desesperaba, sin embargo, por  sus ideas: que triunfarían un día, con una instrucción más profunda de las masas populares. Mientras tanto, quería que su muerte fuera testimonio, de su buena fe y sirviese de ejemplo a todos aquellos que lucharen por la causa que él mismo había defendido. Es por ello que se daba la muerte: .. Y sacando un revólver de su bolsillo, se saltó la tapa de los sesos ante el Embajador estupefacto.

Acabo el pensamiento de don Miguel. ¿Quisiera, pues, que Azaña y Largo Caballero imitasen el ejemplo del Presidente Balmaceda? Es muy fácil pedirlo cuando uno mismo está sentado alrededor de una mesita redonda, las piernas al calor de un brasero, en una habitación tranquila, en el fondo del barrio más pacífico de Salamanca… Pero comparto enteramente su opinión cuando considero como perfectamente indecentes las exhortaciones, al sacrificio, suscritas por dos hombres que se han puesto tan descaradamente al abrigo…

¿Es para hacer volver la serenidad a su espíritu, elevándose del plano de la política al de la poesía, que don Miguel, en el momento en que iba yo a despedirme, me preguntó si conocía acaso el soneto de Girard de Nerval, que se llama El Desdichado? ¡Si lo conozco! Lo recitamos juntos, porque ni el uno ni el otro lo sabíamos completamente de memoria:

le suis le ténébreux, le veuf,l´inconsolé,

Le prince d’Aquitaine a la tour abolie . ..

Y en estos versos, en donde don Miguel ponía un hálito de fervor, yo sentía reaparecer bajo una forma nueva, depurada; ese tema del desesperado, que hace evidentemente en esta hora, el fondo de los pensamientos y de los sueños del viejo desencantado…

(De “Periódicos Lozano”).