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12 abril 2018 • La blasfemia SÍ está amparada por la libertad de expresión • Fuente: In novissimis diebus

Christopher Fleming

“Libertad de expresión” es libertad para blasfemar

En esta larga agonía de Europa, con la terrible amenaza que representa la islamización, muchos católicos son tentados de unirse al bando liberal. Frente a la mordaza de la corrección política, que siempre censura cualquier crítica hacía el Islam, la libertad de expresión puede parecer una excelente idea; y frente a la cristofobia de los marxistas, la libertad de culto parece una buena causa. Pero no debemos perder de vista que estas “libertades” son pestes tan funestas como el mismo Islam. De hecho, el triunfo del liberalismo es lo que ha provocado el declive de Occidente.

En EEUU, donde las falsas libertades están arraigadas en la misma Constitución, los conservadores conciben la lucha contra los progresistas como una defensa de estos “valores”, frente al totalitarismo del marxismo. Son incapaces de ver más allá de 1776, de imaginar que antes de la independencia de los EEUU hubo algo mejor que la libertad para hacer y decir lo que te diera la gana. Se han olvidado de la Cristiandad, fundada no sobre libertades subjetivas, ni sobre el relativismo moral, sino sobre la Verdad de Nuestro Señor Jesucristo. En la Europa del siglo XIV, apelar a una supuesta libertad para decir cualquier cosa que quisieras, aunque ofendiera la dignidad divina, sería el colmo de la impiedad. Muchos creen que esto supone un progreso en la conciencia colectiva de la humanidad, pero es todo lo contrario. Hemos retrocedido significativamente; hemos sustituido la defensa de la Verdad objetiva, Nuestro Señor, por la protección legal de las opiniones subjetivas.

La típica objeción conservadora es que todo el mundo tiene derecho a sus opiniones, y se pueden expresar sin necesidad de ofender a nadie. La libertad de expresión, por tanto, engloba todas las opiniones que no ofendan gratuitamente a ningún colectivo de la sociedad. Esta idea es totalmente incoherente e impracticable, porque en realidad es imposible abrir la boca sin potencialmente ofender a alguien. Hoy en día vemos que se estrecha el cerco de la corrección política; casi cualquier opinión inteligente puede ser interpretado como una muestra de intolerancia o una incitación al odio, especialmente si dices algo crítico acerca de un grupo protegido por el Sistema (entre los cuales no estamos los católicos, por descontado).

En España, ante el reciente diluvio de ataques hacía la religión católica, el obispo de San Sebastián, Monseñor José Ignacio Munilla, dijo una frase que le ha valido el aplauso de muchos medios católicos:

Si la blasfemia es libertad de expresión; entonces, la corrupción es economía de mercado.

Yo no aplaudo esta frase. Es encomiable (y también bastante raro) que de vez en cuando un obispo español salga en defensa de la fe, pero los defensores de la libertad de expresión dirán todo lo contrario: la blasfemia SÍ está amparada por la libertad de expresión. Por ejemplo, la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense no contempla límites a lo que se puede decir, con las evidentes excepciones de las amenazas, la incitación a la violencia y la calumnia. Además, si analizamos el contexto de la frase de Monseñor Munilla, veremos que lo que entiende por blasfemia no es lo que siempre han entendido los católicos. Su frase aludía a una declaración conjunta de la Conferencia Episcopal Española con representantes de otras confesiones religiosas, cuyo primer artículo expresaba:

preocupación y tristeza por las constantes y reiteradas ofensas a los sentimientos religiosos de los fieles de distintas confesiones.

Hay dos cosas que observar. Primero, para los obispos españoles el problema es esencialmente cosa de SENTIMIENTOS. Lógico. Para que firmasen la declaración mahometanos, judíos y protestantes, era necesario hablar en términos puramente subjetivos. ¡Los expertos ecumenistas saben que nunca hay que dejar que una doctrina te fastidie la fiesta! En lugar de preocuparse por Dios Mismo, el objeto de las blasfemias, piensan que ellos son las víctimas, porque sus “sentimientos religiosos” han sido ofendidos. En la definición de blasfemia que da el Diccionario Católico Conciso de 1943 no hay mención alguna de sentimientos. Dice que la blasfemia es:

Una palabra o acto que insulta a Dios o las cosas sagradas. Es un pecado contra la religión y puede dirigirse directamente a Dios o indirectamente, mediante el desprecio hacía Su Iglesia, a Sus santos, o las personas o cosas sagradas.  

Segundo, para los obispos españoles, un ataque hacía cualquier religión falsa es equivalente a un ataque hacía la religión verdadera, como si la falsedad mereciera el mismo trato que la verdad. Lejos de ser condenable, atacar falsas religiones puede ser un gran acto de caridad, porque libra las almas de las cadenas del error. Pensemos en las ásperas polémicas de San Francisco de Sales contra el protestantismo, la cruzada de Santo Domingo contra los albigenses, o el obispo de Valencia, San Juan de Ribera, que dedicó su vida a luchar contra el Islam, que calificó de “un culto impío, vicioso y blasfemo.” Es difícil, por no decir imposible, reconciliar la postura intransigente contra las falsas religiones de estos santos, con la de los obispos españoles actuales, tan preocupados por no herir los sentimientos de nadie.

Volviendo a Monseñor Munilla, sabemos que su concepto de blasfemia dista mucho de ser católico cuando alaba esta declaración conjunta, diciendo que es:

un signo de la buena salud del diálogo interreligioso y una prueba de cómo los principios religiosos rectamente entendidos contribuyen a poner las bases del diálogo social en un respeto mutuo.

En algo tiene razón: que la CEE firme una declaración infumable, que destila indiferentismo religioso, con todo tipo de infieles y herejes, es un signo de que el diálogo interreligioso goza de buena salud. ¡Lástima que sea a costa de la salud de la Iglesia Católica!

Sin darse cuenta, el concepto que tienen los liberales de la blasfemia es en sí mismo blasfemo. Si para ellos no importa de la verdad de una opinión religiosa, sino la ofensa subjetiva que pueden sentir otras personas, quiere decir que Nuestro Señor nunca tenía que haber afirmado Su divinidad ante Caifás durante Su juicio. Cuando Jesús cita la profecía de Daniel y Caifás rasga sus vestiduras y grita “¡blasfemia!”, no es aventurarse demasiado decir que los “sentimientos religiosos” del sumo sacerdote fueron muy heridos. Según la lógica de los liberales, esto significa que Jesucristo es un blasfemo. Y esto sí es blasfemia, de la verdadera.

¿Cómo hemos llegado a esta situación, en que la jerarquía de la Iglesia rehúsa defender a Nuestro Señor de los insultos que recibe? ¿Cómo es posible que a nuestros obispos les importan más los sentimientos de la gente que la gloria divina? Creo que un breve repaso histórico puede ayudar a entender porqué la gran mayoría de católicos ahora creen en falsos derechos, como la libertad de expresión.

La filosofía liberal, con sus ramas políticas, económicas y religiosas, es hija de las herejías protestantes del siglo XVI. Al exaltar la capacidad del individuo para determinar cuestiones que antes eran prerrogativas exclusivas de Dios y de Su Iglesia, el herético libre examen de las Escrituras de Lutero abrió la proverbial caja de Pandora. Dicha herejía permitió que cada cristiano pudiera decidir por sí mismo lo que estaba bien y lo que estaba mal; que cada cristiano capaz de leer, al escrutar la Biblia, descubriera su propia “verdad”. La proliferación de sectas protestantes incluso durante la vida de Lutero, cada una con una interpretación distinta de la Biblia, y las terribles guerras de religión del siglo XVII, desembocaron en la filosofía liberal. Para evitar conflictos religiosos, el liberalismo proponía una solución, pero una solución falsa, ya que su premisa principal es falsa. Los proponentes del liberalismo decían más o menos así:

Dado que es imposible ponerse de acuerdo en materia religiosa, porque cada uno tiene opiniones muy fundadas, deberíamos permitir que todos practiquen libremente la religión que les plazca y que todos expresen libremente las ideas que sean, siempre que no alteren el orden público y no inciten a cometer actos de violencia contra otros. En aras de la paz social, todos los ciudadanos deben tener derecho a la libertad de culto y a la libertad de expresión.

La premisa falsa del liberalismo es que el hombre no puede tener certeza en materia religiosa, por lo que una opinión vale tanto como otra. Esto es radicalmente falso, porque Dios ha dado al hombre capacidad de raciocinio para distinguir entre la verdad y el error. Si hay tantos que siguen a falsos profetas y creen en doctrinas heréticas, no es por falta de conocimiento, sino por las pasiones y el pecado del hombre. El vicio y la maldad suelen ir de la mano con el error, mientras el que busca con puro corazón a Dios termina encontrando la Verdad. Nuestro Señor prometió que el que busca encuentra, por lo que negar que el hombre sea capaz por su propia inteligencia de conocer la verdad es llamar mentiroso a Dios Mismo.

Hoy en día es difícil hablar de este tema desde una perspectiva auténticamente católica, porque tras 250 años de liberalismo, la mayoría de católicos han adoptado las tesis revolucionarias sobre falsos derechos, como la libertad de expresión, la libertad de prensa y la libertad religiosa. Conviene recordar que la famosa Declaración de los Derechos del Hombre, de donde provienen todos estos falsos derechos (falsos porque atentan contra los derechos de Dios), fue fruto de la Revolución Francesa de 1789. Esta revolución, promovida por los enemigos de la Iglesia, principalmente ateos y masones, derrocó el Antiguo Régimen monárquico, teocéntrico y jerárquico, con Dios en la cima, cuyo origen se remonta a la Cristiandad, para reemplazarlo con un régimen democrático, liberal, igualitarista, construido sobre la supuesta dignidad del hombre, al margen de cualquier consideración religiosa. Por esta razón la Iglesia Católica no tardó en condenar dicha declaración falaz. Lo hizo el Papa Pío VI en su encíclica de 1791, Quod aliquantum, con estas palabras:

El efecto obligado de la constitución decretada por la Asamblea es el de destruir la religión católica y con ella, la obediencia debida a los reyes. Es desde este punto de vista que se establece, como un derecho del hombre en la sociedad, esa libertad absoluta que asegura no solamente el derecho de no ser molestado por sus opiniones religiosas. sino también la licencia de pensar, decir, escribir, y aun hacer imprimir impunemente en materia de religión todo lo que pueda sugerir la imaginación más inmoral; derecho monstruoso que parece a pesar de todo agradar a la asamblea de la igualdad y la libertad natural para todos los hombres. Pero, ¿es que podría haber algo más insensato que establecer entre los hombres esa igualdad y esa libertad desenfrenadas que parecen ahogar la razón, que es el don más precioso que la naturaleza haya dado al hombre, y el único que lo distingue de los animales?

Desde sus inicios, la Iglesia ha combatido sin tregua la peste liberal. Toda la historia de la Iglesia durante el siglo XIX es en el fondo una lucha contra el liberalismo, con grandes Papas como Pío IX y León XIII a la cabeza del bando contrarrevolucionario. El Syllabus, el documento de referencia de esta lucha anti-liberal, publicado en 1864 por Pío IX, condena 80 errores liberales, entre ellos la separación entre la Iglesia y el Estado [nº 55], el indiferentismo religioso [nº 15-17], y los falsos derechos inventados tras la Revolución Francesa. Merece la pena citar algunas de las tesis condenadas en el Syllabus por el Papa Pío IX.

  • En la época actual no es necesario ya que la religión católica sea considerada como la única religión del Estado, con exclusión de todos los demás cultos. [nº 77]
  • Por esto es de alabar la legislación promulgada en algunas naciones católicas, en virtud de la cual los extranjeros que a ellas emigran pueden ejercer lícitamente el ejercicio público de su propio culto. [nº 78]
  • Porque es falso que la libertad civil de cultos y la facultad plena, otorgada a todos, de manifestar abierta y públicamente las opiniones y pensamientos sin excepción alguna conduzcan con mayor facilidad a los pueblos a la corrupción de las costumbres y de las inteligencias y propaguen la peste del indiferentismo. [nº 79]

La lucha anti-liberal del siglo XIX prosiguió con la lucha anti-modernista de la primera mitad del siglo XX. El modernismo fusionó los errores liberales con el progresismo filosófico alemán, que atacaba el corazón de la Religión Católica; proponía, entre otros errores, el relativismo moral, la negación de la Revelación Divina, el cientifismo y el subjetivismo. El campeón en la lucha anti-modernista sin duda fue el Papa San Pío X; su defensa de la fe fue tan brillante que durante un tiempo mantuvo a raya a los modernistas, y hasta parecía que la Iglesia había ganado definitivamente la guerra contra la Revolución. No obstante, el triunfo fue solamente temporal, la paz fue tan sólo un alto el fuego. Con el Concilio Vaticano II los modernistas salieron de sus escondites y con un golpe de efecto se hicieron con el mando de la Iglesia. Dijo uno de los modernistas más influyentes de la época, el Cardenal Suenens, con una sinceridad que es de agradecer, que el Concilio Vaticano II fue la Revolución Francesa en la Iglesia. Huelga decir que tras el Concilio, que según Juan XXIII tenía como fin abrir la Iglesia al mundo, la jerarquía eclesial abandonó la lucha anti-modernista. Desde entonces los revolucionarios ocupan los puestos de poder en la Iglesia y los contrarrevolucionarios que aún luchan contra los errores liberales se ven confinados las catacumbas.

Al desaparecer el contrapeso contrarrevolucionario de la Iglesia, el triunfo del liberalismo en el ámbito secular ha sido casi completo, y todas las constituciones de Occidente reconocen el falso derecho de la libertad de expresión. ¿Qué puede hacer ante este panorama desolador un católico, que aún cree en la realeza de Nuestro Señor Jesucristo? Aconsejo lo mismo que Él: ser astutos como serpientes e inocentes como palomas. Podemos APROVECHARNOS de las falsas libertades, para que sirvan a la Verdad. Por ejemplo, si en EEUU hay libertad de expresión, por mucho que se ofendan ciertos colectivos, nadie podrá acallar a los católicos que se atrevan a predicar la verdadera religión. No serán populares, pero tampoco podrán hacerles nada con la Ley en la mano. Aunque no creamos en ese falso derecho, todos podemos acogernos a él, para poder hacer llegar el mensaje de Cristo. Para mantenernos inocentes como palomas, nunca debemos olvidarnos de que el error no tiene derechos, y debemos luchar sin tregua contra la blasfemia.

En otros países como España no existe ni siquiera la protección legal para expresarse libremente. En estos casos, la mejor defensa es señalar la doble vara de medir con que se censuran opiniones fuera de la corrección política. Los mahometanos tienen práctica total libertad para decir lo que les dé la gana, porque son un colectivo protegido, un aliado de los progresistas. Si ellos pueden decir, por ejemplo, que los actos homosexuales son inmorales, ¿cómo no vamos a poder decir lo mismo los católicos?
Por último, aconsejaría elegir bien las batallas. No merece la pena acabar en la cárcel por un tema menor. Por otra parte, si lo que defendemos en público es Palabra de Dios, merece hasta dar la vida por ello.

Tenemos que recordar que todo lo que decimos es susceptible de ofender a alguien, y que a menudo las cosas más importantes, lo que la gente más necesita oír, es lo que más ofende. No seamos como los obispos españoles, tan deseosos de congraciarse con herejes e infieles que nunca dirán nada que les violente la conciencia. Para un mahometano, decir que Dios es una Trinidad es blasfemia; para un judío, decir que Jesucristo es Dios es una blasfemia; para un protestante, decir que la Misa es el Sacrificio de Nuestro Señor en la Cruz es una blasfemia. Pero no tiene la más mínima importancia lo que piensen los que están fuera de la Iglesia sobre el tema. Lo que siempre han entendido los católicos por la blasfemia es un ataque a la verdadera religión. Nadie tiene derecho a propagar la herejía o a decir una blasfemia. Sólo hay derecho a decir LA VERDAD.

Si viviéramos en un país verdaderamente cristiano, la blasfemia estaría duramente castigado; pensemos en la Francia del rey San Luis, que mandaba cortar la lengua a los blasfemos. En la época de Franco en España, soltar una blasfemia en público, si te oía la policía, acarreaba una cuantiosa multa. Pero, por desgracia, ahora vivimos en democracias, donde lo que prima es la libertad para todo y la blasfemia hasta se disfraza de expresión artística. Recordemos lo que decía San Juan Crisóstomo:

No hay pecado peor que la blasfemia, porque en sí reúne todos los males y castigos.