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9 abril 2018 • Personas que llevan su cautela, mesura y prudencia hasta extremos que se acercan a la cobardía

Manuel Parra Celaya

El ciudadano circunspecto

O ciudadana, si se quiere, que tanto se me da; pero sigo confiando en el criterio científico y objetivo de la Madre Academia y, por lo tanto, en el valor genérico del género gramatical masculino, y se me dan un ardite las tonterías sobre el sexismo en el lenguaje.

Pues bien, me voy a referir esa especie tan extendida de personas que llevan su cautela, mesura y prudencia hasta extremos que sobrepasan con creces la virtud de la discreción y se acercan peligrosamente a las sucias fronteras que señalan el territorio de la cobardía. Excluyo por justicia a quienes, dotados por naturaleza de un temperamento tímido, se comportan, en las situaciones que mostraré como ejemplo, del mismo modo que lo hacen a la hora de buscar nuevas amistades o de aproximarse al otro sexo.

El ciudadano circunspecto, como regla general, no osará lanzar jamás una afirmación que esté en disconformidad, aunque sea de matiz, con las que sostienen en su contorno; y tampoco se limitará a callar, porque su silencio podría delatarle y ser interpretado en esos momentos como falta de avenencia con lo expuesto por otros; antes bien, demostrará con un lenguaje no verbal, con expresiones y gestos, que está muy lejos de discrepar.

Así, en lo tocante a las creencias religiosas, el ciudadano circunspecto desconoce por completo lo que significa dar testimonio: reirá como el que más los chistes sacrílegos, si es el caso, y aceptará con su mutismo completo las baladronadas posmodernas de descreimiento del prójimo lenguaraz.

Aunque sea asiduo a la Misa dominical, no lo confesará nunca, por si ello puede llevarle al escarnio público; por supuesto, no se atreverá ni por asomo a santiguarse antes de empezar a comer en lugar público, a modo de legítima y particular bendición de la mesa.

Si la conversación versa sobre el aborto o la eutanasia, seguirá la corriente mayoritaria, aunque en su fuero interno crea en la dignidad del ser humano desde su concepción hasta su final.

En el caso de que la tertulia derive hacia aspectos políticos, tendrá en mucha consideración si la tendencia dominante es de derechas o de izquierdas, y s adherirá a ella; si apoyan o denigran a tal o cual partido, hará lo propio, y no llevará la contraria, para evitar ser señalado con el dedo acusador. Es un ferviente partidario del consenso y jamás, jamás, del disenso.

Por supuesto, ala hora de votar, tendrá como dogma el secreto absoluto de lo que ponga su papeleta elegida, tanto antes de acercarse a la mesa electoral como después de haber cumplido; la cortinilla de la cabina será para él a modo de celosía inexpugnable que asegure un completo anonimato ante miradas curiosas; si quiere la mala suerte ser objeto de interpelación para una encuesta, se asegura de que sus respuestas coincidan con lo que se lleva, no sea que el entrevistador le moteje de bicho raro o de algo peor…

Con respecto al patriotismo, tendrá a gala desconocer esta palabra en dichos, gestos o demostraciones; no hay ni que decir que no ostentará ningún pin en la solapa o pulsera en la muñeca con los colores nacionales -aunque en su fuero interno admire a los norteamericanos que lo hacen-, pues un paseante cualquiera podría catalogarlo inmediatamente de fascista.

No hay ni que dudar de que, si el ciudadano circunspecto vive en Cataluña, incluso se avendrá aportar un lacito amarillo enganchado a su atuendo; no importa que su acento delate su procedencia extremeña o andaluza, pues su complejo de inferioridad le llevará a expresarse en la lengua de sus vecinos o contertulios, y no en la que en cada momento y situación le venga en gana, como hacemos todos los catalanes bilingües que nos ufanamos de esa cualidad. El ciudadano circunspecto suele avergonzarse de sus orígenes, de su cultura y hasta de sus ancestros.

Si se habla de historia, ocultará sus posibles conocimientos sobre el tema y aceptará con la mayor naturalidad los tópicos y mitos impuestos por la memoria dictada; si por su edad ya ha entrado en una avanzada madurez, ni por asomo querrá recordar antiguos fervores o adhesiones, no sea que esté atenta la policía del pensamiento; en su niñez y juventud, ni por asomo pasó unas vacaciones en un campamento juvenil ni cantó a coro el Montañas nevadas.

Solo ocasionalmente, muy ocasionalmente, al reencontrarse con un conocido de aquellos años, esbozará una sonrisa o mascullará unas palabras gratas ante el recuerdo evocado: es el único momento en que su conciencia pugna por emerger, pero todo quedará en el amago ante un encuentro fugaz.

En suma, el ciudadano circunspecto siempre estará en la línea de lo políticamente correcto y mostrará su aquiescencia con el Sistema. Porque, en realidad, él es un producto del Sistema, que nos obliga, por disimulo, por conveniencia o por temor a la fuerza de las normas, escritas o no, a que lo que no se puede decir no se debe decir.

Y, es más: a que lo que no se puede pensar no se debe pensar.

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