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10 marzo 2018

Francisco Torres García

El día de las heroínas de España

Como se diría ahora, atrévome a contraprogramar. Escribo al filo de las doce de la noche del 7 de marzo de 2018. Lo hago cuando a poco que avance el segundero arrancará el denominado día de la mujer trabajadora, reconvertido para no pocos y pocas -uso conscientemente para remarcarlo la incorrección gramatical- en el día de la mujer feminista (las que no comparten su tesis o están alienadas o no son consideradas como tales al quedar excluidas de la nueva fe).

A estas horas no me apetece escribir sobre la fecha desde la disidencia, ni ser crítico con la malversación de los conceptos que nos anegan convertidos en verdad indiscutible, en el mantra del tramposo discurso feminista; ni emprenderla con la media verdad de las brechas salariales, los techos de cristal, la discriminación monetaria en función del puesto laboral que se ocupa (los hombres ocupan los mejores puestos y por eso cobran más reiteran) o la imposición del derecho de cuota que nos lleva a nuevas formas de discriminación o a situaciones absurdas. No tengo ganas de escribir sobre ello. Además, para qué.

Pero algo quería escribir, hacer en este día otro tipo de reivindicación. Casualmente ha caído en mis manos esta tarde una conferencia del general Gómez de Artache, pletórica de retórica, muy propia de la época, pronunciada en los albores del siglo XX sobre las mujeres en nuestra Guerra de la Independencia. No podía el hallazgo ser más oportuno. Ya entonces se hablaba de la injusticia del olvido de España para con sus héroes; de cómo los otrora héroes y heroínas nacionales, sobre todo las heroínas, yacían en el mausoleo del olvido. Los héroes, salvo los superhéroes del cómic, han pasado de moda según es la moda.

Ello y la fecha me motivan a trazar en estas líneas -lo hago aburrido ante el machaque de los tópicos previos a la jornad- una reivindicación de la memoria de aquellas mujeres heroicas que jalonan la Historia de España, hoy proscritas en los manuales al uso. Hago así de paso la propuesta, aunque pocos seguidores me parece que voy a tener, de hacer un 8 de marzo alternativo, casi subversivo: el día de las heroínas de España.

Larga seria la lista de las homenajeadas que debieran ser ejemplo de conducta y de amor a la Patria. Desde aquellas que murieron con sus familiares e hijos defendiendo Numancia, Astapa, Calahorra o Sagunto a las más próximas. Mujeres hispanas de contornos definidos en el siglo XIX, como recoge el general Gómez Artache de los historiadores de su tiempo: “pintan las antiguas historias a la mujer ibérica compañera fiel del hombre; celadora de la honestidad; en los rigores y los trabajos dura y esforzada; más engreida de sus virtudes que de sus joyas; temerosa de los dioses, y en el amor de la patria, heroica hasta la muerte”.

Una lista en la que estarían, por ejemplo, María Pita, Maria Pacheco la leona de Castilla o Catalina Erauso la monja Alférez. Un recorrido que nos llevaría a la sin nombre capitana de Badajoz que con su tropa asaltaba los correos franceses en la Guerra de la Independencia. Así pues, en este día y en esta tesitura, pensé: ¿por qué no dedicar estas líneas, precisamente un 8 de marzo, a esas mujeres que lucharon por su Dios, por su rey y por España en una guerra de liberación nacional contra las tropas de Napoleón? A esas que en la literatura francesa llamaban “las asesinas españolas” simbolizadas en un puñado de nombres. Mujeres como nuestro mito nacional, Agustina de Aragón, a la que lord Byron aludía sin nombrar.

Decenas de nombres, centenas de mujeres anónimas, sin registro, fueron las muchas Agustinas de Aragon que poblaron nuestra geografía. Aquella mujer, la artillera, catalana de origen, que tras abrir fuego en Zaragoza defendiendo la puerta del portillo, continuó luchando y se ponía un bigote para inspirar más terror al francés.

Mujeres que combatieron desde el primer minuto. Mujeres que empezaron la guerra, si nos atenemos a la historia de aquella anciana sin nombre que, el 2 de mayo de 1808, desesperada lanzó el grito de alerta cuando las fuerzas de Murat iban a sacar de palacio al infante Francisco: “¡Nos lo llevan!”. Y entre las mujeres que luchan, que municionan, que llevan agua, Clara del Rey que muere alcanzada por la metralla luchando con su marido y sus hijos en el parque de artillería de Manleón; o la historia de la bordadora de la calle San Andrés nº 18, Manuela Malasaña, asesinada por los franceses a los quince años.

Salpicaron estas mujeres toda la geografía hispana. Guerrilleras y espías, como María Gracia en las tierras de Ronda; como María Bellido, símbolo de las féminas del pueblo de Bailén que auxiliaba llevando agua en medio del combate a los soldados; como María Forfá, que ante la llamada cogió el arma de su marido enfermo y corrió a luchar contra los franceses diciendo, señalando el fusil, “cuando suena la alarma este es mi marido”. Mujeres anónimas de palo y cuchillo, que constituían unidades para atender a los heridos, atender a los enfermos, distribuir munición y agua, pero llegado el momento también iban a la lucha.

La Zaragoza sitiada que se hizo fuerte con el valor de María Agustín, la aguadora que toma el fusil diciéndole al soldado: “ponte tras de mí, bebe, que yo cuidaré”; como Celia Álvarez que en lo alto de su palo engarza una bayoneta para estar con los defensores; como Manuela Sancho y sus mujeres que llevan agua, alimento y munición, que participan en la defensa del convento de San José; como María Consolación Domitila “la bureta”, que organizó una unidad de mujeres para auxiliar a los soldados y que hizo de las calles que rodeaban su palacio un fortín en cuya defensa perdió la vida.

En Gerona, donde se formaron compañías para la lucha. Allí apareció la Compañía Santa Bárbara cuyas soldados recorrían las calles con un lazo encarnado como distintivo para auxiliar a los baluartes. Allí estuvo Lucía Jenoma, defendiendo con 30 mujeres el baluarte de San Pedro. En Gerona quedan los nombres de María Ángela Bivern y Ramira Nouvilos. Heroínas como María Lostal, Juliana Larena o María Artigas. Recordemos a las damas de Utrera y Sevilla cosiendo uniformes para los soldados de Bailén.

Heroínas por centenas, sin nombre pero con gestos esculpidos en leyenda. Cuentan que una mujer viuda tenía a sus dos hijos con la partida del célebre cura Merino. Le aguardaba por ello el patíbulo dejando una carta para sus hijos con su última voluntad: “Decid a mis hijos que no se pasen a los franceses; que defiendan la religión, y que si yo muero, espero en Dios morir como cristiana”.

Mujeres heroicas, como aquella de la que solo nos resta el apodo, la Fraila. Cuidaba una ermita en Valdepeñas mientras que su hijo luchaba en la partida de el Chaleco. Cayó abatido por los franceses. Las tropas de Napoleón ocupan su ermita. Ella coloca barriles de pólvora bajo el altar; aguarda la noche. Cierra las puertas y prende la mecha reduciendo a escombros el lugar estando ella en el interior.

Valdepeñas, donde Juana Galán, la galana, encabeza la resistencia de las mujeres que arrojan aceite hirviendo a los coraceros para después acabar con ellos con sus palos. La misma trampa que las mujeres preparan en el barrio malagueño de la  Trinidad a los invasores… y así…

¡Llevan el puñal bajo la falda! Esa era la advertencia que corría entre los gabachos.

Así pues no está de más recordarlas, sin agotar la cita, este 8 de marzo porque ellas sí respondieron al grito de: “¡La Patria está en peligro! ¡Acudid a salvarla!”.

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