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8 marzo 2018 • De hecho, se ha producido un cisma en el seno de la Iglesia en Cataluña

Manuel Parra Celaya

Las dos cruces

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No hablemos de una deriva actual, sino de una historia muy prolongada, al referirnos a la ferviente inclinación de una parte del clero en Cataluña, jerarquías incluidas, a favor de los afanes y esfuerzos separatistas. Los que tenemos ya cierta edad recordamos aquellas épocas, bajo el franquismo, en que el sediciente nacionalismo se bautizaba, crecía y se divulgaba al amparo de las sacristías y en los grupos juveniles parroquiales. Y, si echamos mano de las hemerotecas eclesiales, podremos leer, en la transición, homilías y cartas obispales casi incendiarias en el mismo sentido.

Así que no nos pilla de nuevo la situación actual, en la que, sin necesidad de disimulos, subterfugios ni camuflajes, clérigos, diáconos, obispos, abades y abadesas se alinean en el bando secesionista, con total desamparo espiritual (es un decir) de más de la mitad de los catalanes, los que reivindicamos que la catalanidad es la forma más bella y difícil de ser español, como dice un gran amigo.

Viene todo esto, sobradamente conocido, a cuenta de que se acerca la fecha en que los contribuyentes tienen ante sí la opción de marcar con una cruz su ayuda a la Iglesia Católica en su declaración de la renta. Varios conocidos y familiares ya me han manifestado que, por primera vez en su vida de tributarios al erario, la casilla de marras se va a quedar en blanco, como protesta por la actitud de ese sector de los pastores y por natural desconfianza a que los fondos vayan destinados a acrecentar los recursos de quienes siguen empecinados en fraccionar España y aupar quiméricas repúblicas catalanas, y que sirvan, por ejemplo, para pagar las tournées de Puigdemont o de Anna Gabriel.

Coincido totalmente en cuanto a las actitudes de protesta y de desconfianza, pero discrepo en cuanto al procedimiento, y voy a dar mis razones. En primer lugar, dichos obispos, sacerdotes, diáconos, etc. no son la Iglesia Católica; en todo caso, serían una parte de esa Iglesia que, además de ser santa por inspiración del Espíritu, es pecadora por estar administrada por simples mortales, sometidos a la acción del Mal, encarnado en la División.

División, sí, no solo de España y de la sociedad catalana, fragmentada y enfrentada (como me dicen que ha reconocido el propio Oriol Junqueras desde Estremeras), sino de los católicos de Cataluña. Esta es la cruda realidad: los creyentes de esta parte de la Piel de Toro estamos divididos. A un lado, quienes nos sentimos católicos sin fisuras, es decir, universales, bajo la guía de un único Pontífice, ese que, tras el 1-0, desautorizó firmemente el procés y, según informaciones, prohibió al obispo Omella seguir ejerciendo de mediador, que, en lenguaje popular, se llama templar gaitas.

Al otro, quienes convirtieron la casa de Dios en local electoral, en sanctasanctórum de urnas espurias, mientras se celebraba el sacrificio de la Misa; quienes cuelgan lazos amarillos y esteladas de los campanarios; quienes convierten las homilías en mítines de lenguaje edulcorado y falaz; quienes desde los colegios supuestamente católicos colaboran en envenenar con sus prédicas a niños y jóvenes.

A un lado estamos quienes tenemos que escoger cuidadosamente la iglesia donde acudimos el domingo o el confesor que nos absuelva de nuestras faltas, para rehuir la manipulación desde púlpitos y hábitos. Al otro, los que utilizan espacios sagrados para verter sus ideas políticas, confundiendo churras con merinas y, de paso, a los fieles.

De hecho, se ha producido un cisma en el seno de la Iglesia en Cataluña, esto es, una separación de obediencias. Y los de este lado de la raya no podemos caer en la trampa.

Me siento profundamente solidario con la Iglesia Católica (repito, universal); con sus misioneros en lugares donde reina la pobreza, la miseria y el caos, y que arriesgan sus vidas; con los perseguidos y asesinados en tierras donde el yihadismo impera; con los otros misioneros, los de aquí, donde la opulencia ha llevado al materialismo y al nihilismo; con las monjitas entregadas a la vida consagrada, que cumplen el ora et labora y no viajan a Bruselas para hacerse fotos con un prófugo de la justicia española; con esos sacerdotes de pueblo que tienen que recorrer muchos kilómetros para atender a parroquias sin titular; con los seminarios desiertos o casi vacíos, porque los obispos del lugar ejercen de Richelieu y no de Cisneros.

Y esa solidaridad es la que me llevará a marcar con una cruz la casilla de la Iglesia Católica en mi declaración de la renta, y a hacer un corte de mangas al sector cismático, que se empeña en ponerme la cruz de las dudas sobre mi pobre conciencia.

Ojalá algún día ese clero separatista tome una decisión valiente: cumplir con la labor pastoral y sagrada para la que fue ordenado (Id y predicad el Evangelio…) o pedir las correspondientes dispensas y seguir actuando, como ciudadanos de a pie, como vocingleros de la mentira nacionalista.

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