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13 octubre 2017 • No compartimos el euroescepticismo que nace de la irracionalidad, de la emotividad rebosante

Manuel Parra Celaya

Contra España, contra Europa

Mapa de Europa (Mercator)

No tengo más remedio que empezar con la glosa conocida por todos los lectores: Todo nacionalismo es, en el fondo, un separatismo; la extensión no importa. Y la actualidad da tercamente la razón a don Eugenio d´Ors, pues, según nos informan los medios, los apoyos que obtienen en Europa los secesionistas en Cataluña pertenecen a la misma tendencia, esa que se puede calificar como identitarismo y que se plasma en un euroescepticismo generalizado.

Esos medios nos señalan los nombres de Nigel Farage y Janic Atkinson, del UKIP británico, fervientes defensores de un brexit que convierta el Canal de la Mancha en frontera infranqueable; del holandés Geert Wilders; del francófono Theo Francken; del irredentista escocés Jack Montgomery; de la Liga Norte italiana, representada por Salvini; del Partido de la Libertad de Austria (Strache) o del Partido Nacionalista Flamenco…

La nómina es interesante y se observa en ella un denominador común: la fervorosa apuesta por el eón de Babel y la inquina contra el eón de Roma, por seguir con expresiones orsianas.

Vengo defendiendo en varios artículos que la dinámica histórica tiende por naturaleza a integraciones más amplias, a modo de espiral siempre abierta; por lo menos ese vector de unidad es el propio de las edades clásicas, las de verdadero progreso y avance. Por el contrario, predomina la tendencia a la dispersión, a recluirse en lo cercano y lo espontáneo, en las edades medias. Las primeras se fundamentan en el predominio de la razón y las segundas en el reinado absolutista del sentimiento desbordado y, por ende, de la irracionalidad.

¿En qué momento nos encontramos ahora? Me respondo que en una época de crisis (disputa), en que coexisten en lucha constante ambas tendencias; confío en que terminará prevaleciendo la clásica, la de la unidad, que no tiene nada que ver con el mundialismo, porque su verdadero nombre es universalidad.

El nacimiento progresivo de los Estados-Nación europeos representó en la historia un avance, el reencuentro con la unidad perdida en el caso de España; no se abandonó, con todo, la idea de europeidad, que representó, por ejemplo, la Monarquía Católica de nuestros reyes. Tras varias tentativas frustradas de seguir caminando hacia las integraciones más amplias, esos Estados-nación, configurados en torno a un proyecto sugestivo de vida en común, parecía que recobraban su conciencia común europea.

Posiblemente, se torció el camino, al alejarlo de las comunes raíces culturales, éticas y religiosas; o que llevaba en su seno una espoleta de efecto retardado, que era esa Europa de los pueblos paralela, incrustada por alguna ingeniería extraña en la línea de flotación del proyecto de la Europa Unida.

Lo cierto es que las posturas de involución que estamos viviendo en nuestros días son el resultado; pero, como cada uno de esos euroescepticismos nace de la irracionalidad, de la emotividad rebosante que se fija solo en la belleza del césped de su Pequeña Aldea y ansía poner vallas limítrofes a las demás colectividades, no es extraño que exista entre ellos ese acercamiento y solidaridad; tal es el caso de los apoyos que ha merecido el proceso separatista catalán.

Cada tendencia nacionalista verá con agrado a otras de su misma raíz y fundamento. En el fondo, todas coinciden en el afán de separación, de rechazo a lo unitario y, por consiguiente, a lo que es racional e integrador en la historia. Quienes pretenden destruir la unidad de España (o de Italia, o de Bélgica, o de Francia…) es evidente que también son acérrimos enemigos de la unidad de Europa.

Nacionalismo y patriotismo son términos antagónicos. El primero siempre encierra el brote separatista; el segundo implica apertura generosa hacia lo universal.

El patriotismo español (o francés, o italiano, o belga…) es perfectamente compatible con un patriotismo europeo; ambos obedecen a un mismo vector. El nacionalismo -todo nacionalismo- es enemigo natural de la formación de comunidades humanas cada vez más amplias, en línea clásica de unidad e integración.

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