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12 septiembre 2017 • Un comentarista definió la actitud del gobierno español como la de alguien que ve que violan a su mujer y llama a un abogado…

Manuel Parra Celaya

Cuestión de lenguajes y elogio (provisional) de doña Soraya

Nunca me atrevería a jugar a póker con Mariano Rajoy; ni siquiera al pimpón. Lo primero por la inescrutabilidad de su rostro y lo segundo por la invariabilidad de su postura; así, un servidor sería incapaz, en el caso de los naipes, de saber si tiene escalera de color o se trata de un simple farol, y, en el supuesto de la pelotita y la paleta, por no ser capaz de adivinar si me va a lanzar por el lado derecho, por el izquierdo o por el centro de la mesa y me va responder con un revés o con una imparable picada. Es mucho más expresiva, por el contrario, Soraya Sáenz de Santamaría, que transmite, principalmente con lenguaje no verbal, sus inquietudes.

Este fue el caso de su comparecencia urgente, el pasado miércoles, cuando el desarrollo del primer pleno del Parlamento catalán, no por falta de anuncio de lo que iba a suceder, adquirió unos tintes entre esperpénticos y trágicos; ese pleno inició, con taquígrafos, pero con escasas luces, lo que podríamos llamar plasmación legalista del inicuo referéndum del 1 de octubre, que sería seguida por la demencial ley de desconexión al día siguiente.

Doña Soraya, en ese trance, insistió en lo de contundencia y proporcionalidad, no recuerdo si con estas mismas palabras tan escuchadas a su jefe, el del rostro impenetrable; pero la expresión de su cara y sus gestos ponían en evidencia la gravedad de la situación y la necesidad de actuación inmediata. Claro que un comentarista de cierta televisión definió muy bien la actitud del gobierno español como la de alguien que ve que violan a su mujer y llama a un abogado

El jueves, Rajoy también fue más contundente en su lenguaje verbal. Pero -qué les voy a decir- lo seguí encontrando hierático y su tono de enfado era similar al de un adulto al que unos niños malcriados le han hecho una travesura.

El lenguaje no verbal de la vicepresidenta fue el que me confirió unos gramos de esperanza a mí y a todos los catalanes que estamos sufriendo, en vivo y en directo, el proceso de un golpe de Estado, que llevan anunciando y perpetrando los separatistas desde hace mucho tiempo, casi desde aquel ara no toca! (ahora no toca) con que Jordi Pujol, el verdadero padre de la criatura, midió sus tiempos de forma muy calculada, justamente cuando era nombrado español del año por ABC y puesto como ejemplo de sostén democrático en los salones de la Moncloa y de la Zarzuela.

Vengo clamando en mis artículos, no tanto contra la impasibilidad -aparente o real- del Gobierno español, como por el del conjunto de la sociedad nacional, en quien, por lo menos desde mi perspectiva, no se advierten síntomas de excesiva preocupación ante la desmembración de la Patria común. Ustedes mi dirán cuántas manifestaciones a favor de la unidad de España se han celebrado fuera de Barcelona.

Cuando alguien se destapa con esta inquietud, no es raro que se dé la figura, errónea y estúpida, de la generalización: esos catalanes…, con lo que, además de cometer un pecado contra el patriotismo español, se está dotando de munición a los golpistas del separatismo.

Doña Soraya salió al paso, afortunadamente, con la afirmación rotunda de que los primeros perjudicados por la actuación de un Govern y de unos partidos alucinados son los catalanes no adheridos a la facción de la vesania separatista y Cataluña entera. De todas formas, esos catalanes que se sienten profundamente españoles por serlo -entre los que lógicamente me cuento- esperan algo más que gestos y palabras tranquilizadoras, que argumentos y recursos jurídicos y sacras invocaciones a la inviolabilidad de la Constitución vigente.

Por si pueden servir de referencia, no está de más recordar en estas circunstancias unas palabras, pronunciadas hace ochenta y tantos años, que salían al paso, con más contundencia que las de don Mariano y doña Soraya, tanto de las intentonas separatistas como la de aquellos que, con escaso patriotismo español, confundían, como se confunden ahora, las churras con las merinas y a los secesionistas de Puigdemont, Junqueras y compañía con el pueblo catalán:

Nosotros amamos a Cataluña por española y, porque amamos a Cataluña, la queremos más española cada vez, como al País Vasco, como a las demás regiones(…). Si alguien hubiera gritado ¡muera Cataluña!, no solo hubiera cometido una tremenda incorrección, sino que hubiera cometido un crimen contra España y no sería digno de sentarse nunca entre españoles. Todos los que sienten a España dicen ¡viva Cataluña! Y ¡vivan todas las tierras hermanas en esta admirable misión indestructible y gloriosa que nos legaron varios siglos de esfuerzo con el nombre de España!

No hace falta mencionar al autor, sobradamente conocido, pero permítaseme añadir de mi cosecha que la grave situación que padecemos viene dada precisamente por haberlo condenado al ostracismo del silencio y de la incomprensión, en este caso y en el de otros aspectos sangrantes de la España del siglo XXI.

Para finalizar con el tema de los lenguajes, ¿no es curiosa la coincidencia en las palabras de todos los representantes de los partidos parlamentarios nacionales, aliados frente al golpe de estado secesionista, en omitir alusiones a la unidad de España, que es lo que subyace en el asunto, e insistencia solo en el salvamento de la democracia, de la soberanía y de la Constitución, esa que precisamente se fundamenta en la indisoluble unidad de España?

¿De qué consejeros o ingenieros -nacionales o internacionales- vendrán dadas esas normas lingüísticas?

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