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27 julio 2017 • La apuesta actual del gobierno español se inclina hacia otro tipo de épica

Manuel Parra Celaya

¿Otro tipo de épica?

En plenas vacaciones salmantinas, hace una semana, este articulista –catalán por más señas- contuvo la respiración cuando leyó un escueto titular: La Guardia Civil entra en la Generalitat y en el Parlament; luego, la noticia completa enfrió las expectativas iniciales, para qué les voy a decir otra cosa.

Se trataba de solicitar documentación relacionada con los apaños del tres por ciento. Las imágenes televisivas ofrecían la imagen de los agentes que acompañaban al fiscal con los rostros tapados a la manera de los westerns…como si los delincuentes fueran ellos.

Me quedé con el simbolismo del hecho, cosa que me imagino que también constituía la intención del impertérrito señor Rajoy; de momento, la entrada de los agentes de la Benemérita nos deparó la nota cómica del Sr. Turull revestido de Rafael de Casanovas, con perdón por la comparación con el histórico líder austracista, y españolísimo por cierto, de la Guerra de Sucesión.

Por lo que se ve, la estrategia del gobierno español no pasa de momento por una intervención en el sentido estricto del cumplimiento de la ley, en cuya cúspide constitucional me parece recordar que se dice algo referido a la unidad de España, sobre la que descansa el mencionado orden legal; nada, pues, de intervenciones de los Cuerpos de Seguridad del Estado ni, por asomo, de las Fuerzas Armadas, antes Ejército Español.

La apuesta actual del gobierno español se inclina hacia otro tipo de épica

La estrategia mencionada de don Mariano se centra en destapar concienzudamente y paso a paso aquellos asuntos turbios, de carácter económico exclusivamente, que ya eran lugar común desde los años 80 del pasado siglo en las conversaciones de los catalanes y en amenazar sobre los fondos particulares de los separatistas más conspicuos, amén de una exhaustiva fiscalización y control de las cuentas de la Generalidad, con el fin de que no quede resquicio alguno para dedicar fondos públicos y desviarlos a las maniobras secesionistas, cosa que, por otra parte, también venía ocurriendo desde tiempo inmemorial y formaba parte, no del imaginario, sino de la evidencia real para todo aquel que quisiera verlo; según parece, fueron los sucesivos gobiernos españoles quienes no se enteraban. En fin, nunca es tarde si la dicha es buena.

La apuesta actual del gobierno español se inclina, por lo tanto, hacia otro tipo de épica, la que llamaríamos fiscal y económica. Posiblemente, se inspira en fuentes autóctonas, como los desvelos del Sr. Esteve por La Puntual o del Sr. Rius por su fábrica: Ignacio Agustí ocupa la primera línea por consiguiente; no sé hasta qué punto estaría en la reserva la épica más contundente de Rafael García Serrano.

Dicen que se están cuarteando las filas adversarias, y me lo creo según las pruebas de las que tenemos cumplida noticia día a día. Pero no podemos olvidar que existe un núcleo duro, persistente en su negación de la españolidad de mi Cataluña, núcleo que mantiene el frente abierto –ya no un pulso con sonrisas incluidas- y que no descabalgará de sus monturas a menos que encuentre de frente algo parecido a lo que ocurrió en Bratislava.

Por supuesto, el deseo de mi natural pacífico es que la salida del conflicto (la solución pasa por otras coordenadas que ahora, de momento, me parecen utópicas) sea lo menos traumática posible para eso que llaman los cursis el conjunto de la ciudadanía. Por lo menos, que los traumas –en el sentido etimológico de la palabra- se los llevan exclusivamente los timoneles del procés.

Para el resto de la población abducida por el separatismo, me limito a desear aquellas palabras del poeta Maragall en su artículo La Patria nueva, en el que decía que el mejor triunfo del nacionalismo sería vencerse a sí mismo y despertar de sus ensueños; de que el verdadero patriotismo español pasaba por posturas regeneracionistas y no al modo parlamentario, y que todo ello llevaría al catalanismo a transformarse en franco españolismo.

Entonces sí hablaríamos de una épica brillante y atractiva, especialmente para futuras generaciones.

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