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10 Julio 2017 • Faltan los imprescindibles asideros axiológicos con los que guiar la conciencia y la vida, tanto en lo personal como en lo colectivo

Manuel Parra Celaya

Nacionalismo y posverdad

Lancemos las campanas al vuelo: al parecer, la RAE tiene la intención de incluir el término posverdad en el acervo común de la Lengua. Ya saben: aquello que no responde a un criterio objetivo de realidad, sino que obedece a un consenso, más o menos generalizado y que, en la práctica, está en las sabias manos de la ingeniería social de los poderes fácticos.

La palabra es, evidentemente, bastante novedosa, pero no así el concepto; su origen puede remontarse -con polvo y telarañas de siglos- a las teorías de Rousseau, que nos vino a decir que no existían verdades permanentes, sino decisiones de voluntad de supuestas mayorías, elevadas, de manera pseudo metafísica, a la categoría de Razón infalible.

Desde entonces, el ser humano vive en permanente desarmonía con su entorno, al faltarle los imprescindibles asideros axiológicos con los que guiar su conciencia y su vida, tanto en lo personal como en lo colectivo; paradójicamente, esta desarmonía y desazón se viven so coartada de libertad.

Políticamente, se ha intentó contrarrestar el nefasto roussonianismo (Constituciones de los Estados, Derechos Humanos…), pero el mal es más profundo y de muy difícil solución, tal como suele ocurrir en todas las encrucijadas del pensamiento y de la historia, que solo se resuelven con replanteamientos de cepa revolucionaria.

En el fondo, el problema responde a la consagración del individualismo que llevaron a cabo el filósofo ginebrino y sus adláteres; el yo no admite competencia alguna; no cuentan ni lo más trascendente -negado o reducido a lo más recóndito de la intimidad- ni lo inmanente, aunque importante: la convivencia lograda con el esfuerzo de muchas generaciones. Los criterios solo pueden obedecer a los acuerdos alcanzados por consenso, ya sean inducidos por la espontaneidad instintiva, por la emotividad del momento o por el interés de unos cuantos.

Así, resulta que el concepto moderno de Nación, hasta ahora teóricamente sustentado en bases históricas y jurídicas objetivas e institucionalizado en forma de Estado, va a ser deconstruido y pasará a depender de la opinión y del acuerdo contractual (volvemos a Rousseau) que se pueda manifestar en forma de plebiscito; ya no es una verdad, sino una posverdad.

Hasta tal punto ha llegado la impostura que, según unos, se pone en revisión totalmente, para asentarlo sobre aquella instintividad casi vegetal de apego al terruño, , sobre una emotividad exacerbada o bajo el interés disimulado de unos beneficiarios,

De nuevo, el capricho nacionalista de un momento se opone al esfuerzo nacionalizador de siglos, y aún no completado. De nuevo, se dice que la nación es un concepto discutido y discutible o que, al modo de las muñecas rusas, es capaz de contener infinitas variantes en su interior con el mismo término.

Cataluña es una verdad histórica (como lo son Andalucía, Castilla, Galicia…), con su lengua propia, sus características y su historia, integrada desde siempre en el quehacer común, primero en el seno de la Corona de Aragón y luego en la España común. Tanto la Corona aragonesa como España también son verdades históricas, perfectamente capaces de albergar la variedad en la unidad. Algunos aspiramos a que Europa vuelva a ser otra verdad política, como ya lo es desde siempre en la tradición, la cultura y las raíces,

El nacionalismo catalán -y cualquier nacionalismo- es, por el contrario, un ensueño, una posverdad, una opinión de cuño individualista sea cual sea el alcance del consenso o de las estadísticas, que se obtengan por medio de la propaganda, de la presión social, de la aceptación de una deformación sistemática de la verdad.

Esta generación de españoles tiene ante sí, otra vez, una disyuntiva atroz: asumir la verdad de sí misma o apostar frívolamente por una posverdad, disgregadora e inarmónica como todas.

Y esa disyuntiva no depende de votación alguna, del cómputo de opiniones seducidas o de pasividades e ignorancias, sino de una matemática mucho más elevada, la que se inscribe pitagóricamente en la armonía de las esferas.

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