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17 mayo 2017 • La reconciliación estaba lograda ya en los años 40 • Fuente: Dichos, Actos y Hechos

Pío Moa

La reconciliación nacional y el Valle de los Caídos

El Valle de los Caídos conmemora en primer lugar la victoria del bando nacional en la guerra civil. Aunque lo haya ocultado una historiografía y propaganda falsarias, y a menudo simplemente estúpida, lo que significó esa victoria está muy claro: vencieron los que defendían estas cosas: la continuidad de la nación española, el cristianismo como raíz esencial de la cultura hispana (y europea), la familia tradicional, la libertad personal y la propiedad privada, entre otros puntos esenciales.

Los vencidos negaban valor o incluso realidad histórica a la nación española, y varios de ellos querían simplemente a disgregarla en varios miniestados. Coincidían en el odio a la cultura cristiana, manifiesto desde el comienzo mismo de la república en oleadas de terrorismo, con quema de iglesias, bibliotecas y escuelas, hasta resolverse, en plena guerra civil, en un genocidio, añadiendo a lo anterior la matanza sistemática del clero y de miles de católicos devotos. No todos, pero sí los principales partidos de los vencidos, trataban de destruir la familia que calificaban de burguesa o cristiana, de sustituir la propiedad privada por la de un estado totalitario, aboliendo también la libertad personal. Todo ello no lo perseguían por simple maldad: pensaban o querían pensar que de aquel modo el ser humano alcanzaría un grado superior de riqueza, de libertad y de emancipación de males ancestrales. En realidad sus ideologías constituían religiones sucedáneas, como he analizado en mi introducción a la historia de Europa. Y como cada uno de esos partidos pensaba emancipar al hombre a su manera y bajo su poder, en plena guerra civil desataron otras guerras menores entre ellos mismos.

Dos palabras acerca de la libertad personal: el franquismo, se arguye, destruyó la libertad. Se refieren a la libertad política como si fuera la única forma de libertad humana. Como señaló Julián Marías, en el franquismo permaneció otra libertad, que llama personal, y que Solzhenitsin explicó en unos comentarios célebres. En España la gente podía viajar libremente, dentro y fuera del país, podía comprar prensa extranjera, leer libros con gran variedad de orientaciones, establecer negocios., las huelgas se resolvían con castigos menores o con subidas de sueldo. Y un largo etcétera. Nada de esto ocurría en la URSS, régimen modelo para los principales partidos vencidos, donde las mismas huelgas eran aplastadas a tiros. El franquismo no fue totalitario sino solo autoritario, mantuvo las fronteras abiertas y un estado eficaz pero muy pequeño. Un aspecto del totalitarismo es la expansión del estado hasta ocupar toda la sociedad, y hoy día nos acercamos mucho más a tal situación que en el franquismo, con un estado seis veces más grande y mucho más costoso que entonces. En el franquismo las libertades políticas estaban restringidas, sobre todo para comunistas, separatistas y terroristas, pero no anuladas. Había, por ejemplo, editoriales dedicadas a publicar libros marxistas. En fin, estas cosas deben ser dichas.

Un segundo mito es el del franquismo como régimen de un solo partido. En realidad el bando nacional estaba integrado por cuatro partidos: la Falange, el carlismo, los católicos políticos y los monárquicos juanistas; aparte de los simplemente afectos a Franco, que predominaban en el ejército. Esos partidos se llamaban “familias”, porque el nombre de “partidos” no gustaba, dada la experiencia republicana. Cada uno disponía de sus propios órganos de expresión y organizaciones diversas, y solo el talento político de Franco consiguió evitar choques graves entre ellos. Teóricamente estaban todos unidos en el Movimiento Nacional, pero este era básicamente falangista, con dotación económica y posibilidades de acción muy limitados. Por esa razón el régimen se declaró católico, ya que el catolicismo era el elemento común a todas sus “familias”. Esto, sin embargo resultó un tremendo error en la época actual, como se vio cuando el concilio Vaticano II vació ideológicamente al régimen. Este es otro tema sobre el que se ha dicho poco y en general falso, y que por ello exige investigación y reflexión, que inicié en Los mitos del franquismo.

Hay otro mito a eliminar y es el de la reconciliación. Leemos de gente en apariencia aguda e informada, que el Partido Comunista fue el primero en promover una política de reconciliación nacional. La táctica evidente de dicho partido era que la sociedad se reconciliase con él, olvidando sus crímenes y sus objetivos, para aplastar de una vez a quienes le habían vencido. No otra cosa era su reconciliación, como he mostrado en el libro citado sobre los mitos del franquismo. Es decir, una trampa para incautos. La reconciliación estaba lograda ya en los años 40, y el intento comunista de volver a la guerra civil mediante el maquis fue derrotado ante todo por esa realidad. Derrota que obligó al PCE a “reconciliarse”.

Todo esto es lo que conmemora el Valle de los Caídos: la victoria y la reconciliación, manifiesta en el enterramiento de miles de combatientes del Frente Popular. Porque no es posible reconciliarse sobre la base de la negación o disgregación de España, sobre la abolición de sus raíces cristianas, de la libertad personal o de la propiedad privada. Se dice que la reconciliación se logró gracias a la transición democrática, pero la verdad es la inversa: gracias a la reconciliación previa, la transición no fue un fracaso rotundo desde el principio. Porque quienes se reconciliaron al morir Franco fueron los políticos, muchos de ellos con las mismas ideas que habían arruinado la república y causado la guerra. Afortunadamente estos disponían entonces de poca fuerza y seguidores. Pero el frívolo abandono de las ideas por la convencionalmente llamada derecha, les permitió embaucar a muchos con sus apolilladas propagandas, y así las fuerzas que ocasionaron la pesadilla de los años 30 han vuelto a cobrar influencia, a resucitar viejos odios, fanatismos y presiones totalitarias (ley de memoria histórica, por ejemplo). Y el abandono de las ideas y de la defensa de la verdad histórica empujó a aquella derecha salida del franquismo a asumir la falsedad y a convertirse en comparsa de los vencidos, es decir, de los que se identifican con las causas de los vencidos. Una identificación demencial y delictiva. La estupidez y la canallería, que decía Marañón, que ha terminado en una democracia fallida.

Es natural que quienes propalan hoy el “Himalaya de falsedades” (Besteiro) sobre el Frente Popular ataquen al Valle de los Caídos por todos los flancos, y siempre con mentiras. Unos proponen dinamitarlo, o convertirlo en un parque temático del embuste masivo. O exhumar a Franco como medida inicial, arguyendo la estupidez de que no fue un caído en la guerra. El Valle conmemora la única reconciliación posible sobre la base de una victoria lograda en gran medida gracias al propio Franco; victoria que no solo fue suya, sino de una generación que supo, además, esquivar la guerra mundial, reconstruir el país con sus propias fuerzas, sin las deudas morales, políticas y materiales que pesan sobre el resto de Europa occidental. Una generación que desafió y venció un aislamiento criminal y dejó un país próspero y olvidado de aquellos viejos odios que tanto añoran los antifranquistas de después de Franco.

Por todo ello la sepultura de Franco en el Valle de los Caídos es obligada y necesaria. La decisión de Juan Carlos de enterrarlo allí no podía ser más justa. Franco no es un simple particular. Es, entre otras muchas cosas, el principal artífice de la paz más larga que haya vivido España en siglos, y que continúa, aunque cada vez más precaria por obra de los corruptos fabricantes de fobias y rencores. Su tumba está donde debe estar y el intento de exhumarlo ya define a unas mentes enfermas de guerracivilismo.

Un punto más: como ha reconocido el por lo común falsario Paul Preston, el Valle de los Caídos “es una maravilla”. Añadamos: una de las grandes maravillas del siglo XX en cualquier lugar del mundo, el monumento nacional, religioso y funerario más logrado artísticamente. Preston, en ese sentido resulta bastante más civilizado que nuestra talibanesca y delincuentes clase política, pues, recordémoslo, una de las especialidades del Frente Popular fue la destrucción o saqueo de innúmeras obras de arte, tradición a la que no piensan renunciar. Solo que Preston no podía dejar de adjuntar la mentira obligada: que fue construido por presos políticos “republicanos” utilizados como mano de obra esclava. La estupidez y la canallería. Una vez más.

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