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11 enero 2017 • Estamos ante el proceso de encarrilar a las nuevas generaciones al secesionismo y al odio hacia España

Manuel Parra Celaya

El farolillo

Imagino a todos los lectores exhaustivamente enterados del tema del farolillo estelado de la cabalgata de Reyes de Vic, bella ciudad catalana, antaño de mayoría religiosa y carlista y hogaño devenida en feudo separatista. Es de admirar la sagacidad de la ingeniería social del nacionalismo, que transformó una ocurrencia local de la autodenominada Asamblea Nacional de Cataluña y del Ómnium Cultural en un asunto de relevancia política: que los niños vigatanos recibieran a sus Majestades de Oriente portando un fanal de cartulina en el que iba recortado ese símbolo espurio, que ya ha desalojado en nuestras tierras a las históricas barras de la Corona de Aragón; la propuesta se acompañaba de otras ocurrencias, como que los vecinos colocasen profusión de esteladas en sus balcones y que los papás no olvidasen que sus vástagos incluyeran en sus cartas de petición de regalos la pronta llegada de la República Catalana, esa que aparece definida en documentos oficiales tan secretos que los conoce todo el mundo menos, al parecer, el Gobierno de España.

Aunque la iniciativa se había repetido otros años, en esta ocasión la agitprop separata obró milagros; un servidor se enteró, primero, a través de diversos medios digitales; luego, la prensa de papel situó la noticia en primera página; por último, todas las televisiones la incluyeron en sus cabeceras informativas. Si tenemos en cuenta, además, que TV3 -nada proclive precisamente a la neutralidad política- retransmitía en directo la susodicha cabalgata de Vic, la difusión urbi et orbi estaba asegurada, con lo que, de paso, se garantizaba que el invento se extendiera en años próximos a otras localidades catalanas.

Los partidos constitucionalistas, como no podía ser menos, entraron al trapo: desde el PSC se lamentó la politización de la infancia, sin grandes aspavientos; el señor Millo, Delegado del Gobierno, fue un poco más allá y, entre sonrisas, afirmó piadosamente que en las cabalgatas de los Reyes la única estrella que debía figurar era la de Oriente; Ciudadanos definió mejor el asunto, con los rotundos calificativos de sectario y patético. Entretanto, la opinión pública entrevistada en Vic oscilaba entre la aprobación y, lo que quizás es más preocupante, la indiferencia. Finalmente, según todos los medios, ni fueron tantos los farolillos estelados ni siquiera hubo unanimidad entre los nacionalistas, alguno de los cuales cayó en la cuenta de que estaban haciendo el ridículo una vez más.

Me voy a permitir ser bastante más duro: estamos ante otra vuelta de tuerca en el proceso de encarrilar a las nuevas generaciones al secesionismo y al desapego -cuando no al odio- hacia España y lo español; de envenenar las conciencias infantiles y de inficionar los sueños más bellos e ingenuos con el virus letal del nacionalismo. Se añade el hecho a la constante manipulación de festejos y tradiciones catalanes y al no menos permanente adoctrinamiento inmisericorde en las aulas, comenzando por las de preescolar; las imágenes recientes de ese colegio de Cambrils en las que los alumnos repetían entusiasmados el estribillo de matar a los soldados españoles del Rey hablaban por sí solas.

Siempre he sostenido que el nacionalismo separatista oculta en su fondo una dolencia de raíz psicoanalítica; constituye una fijación obsesiva en una adolescencia retardada, sin que la madurez del seny se haya impuesto, como sería lo normal. Y no me alargo en interpretaciones más profundas cerca de la no superación del complejo de Edipo, con esa preferencia enfermiza hacia la madre protectora y nutricia del terruño y el rechazo de la figura paterna (la patria común), que no se para en fronteras naturales ni en sentimientos primarios de espontaneidad. En todo caso y descendiendo de nivel, estaríamos ante el caso de bullyng escolar, en el que los matones de la clase chulean despiadadamente a los niños más indefensos.

Todos, más tarde o más temprano, hemos despertado de los bellos sueños de la noche de Reyes; quizás ha costado alguna decepción, que ha enjugado rápidamente la lógica pareja al entendimiento adulto; creo que a casi nadie le ha ocasionado un trauma duradero el despertar. Confío y deseo que, en el futuro próximo, el trauma político alcance solo a los promotores de la idea del farolillo y al resto de los separatas obsesivos, y no al resto del pueblo catalán intoxicado por ellos.

Y que le ocurra a los secesionistas y antiespañoles lo mismo que le sucedió a Herodes al intentar engañar a los Magos de Oriente y hacerlos sus cómplices en el infanticidio; si recuerdan el texto evangélico, éstos, avisados por un oráculo o por un ángel, se volvieron por otro camino. Que el Ángel Custodio de España ilumine a todos los ciudadanos y especialmente a los que pueden legítimamente apartar a Cataluña del avieso sendero del procés separatista.

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