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12 octubre 2016 • Conferencia pronunciada en Buenos Aires con motivo del Día de la Hispanidad, Héctor Osvaldo Pérez Vázquez, Representante de Falange Española de las J.O.N.S. en Buenos Aires en colaboración con la asociación Jóvenes Revisionistas • Fuente: Hispanidad y Cristiandad

Héctor Osvaldo Vázquez

La Hispanidad y los hispanos en el pensamiento vigente de Ramiro de Maeztu y de José Antonio Primo de Rivera

“Dios nuestro Señor, que es único y eterno, creó el cielo y la tierra, y un hombre y una mujer, de los cuales todos descendemos, vosotros, yo y todos los hombres que han sido y serán en el mundo”. (Alonso de Ojeda, navegante y conquistador español del Caribe, en su famosa alocución a los aborígenes bajo su gobierno, en 1509).

Temario
I. La presencia en este acto de la Falange Española de las JONS
Cristóbal Colón, el Descubridor
El equivocado nombre de América
II. La significación del Descubrimiento de América
La “leyenda negra” urdida contra España
La globalización o mundialización y las oportunidades que se nos brindan
III. Qué es la Hispanidad
Los artífices de la idea de una nueva Hispanidad.
-Miguel de Unamuno y Jugo, el paradojal
-Los portugueses (Antonio María de Sousa Sardinha y otros hispanos)
-Monseñor Zacarías de Vizcarra Arana, el creador del concepto moderno de Hispanidad
-Ramiro de Maeztu Whitney, el gran expositor (y profundizador) de la Hispanidad
-Monseñor Isidro Gomá y Tomás, arzobispo de Toledo, el preclaro impulsor
-Manuel García Morente, el ¿romántico? y augur de la Hispanidad
-José Antonio Primo de Rivera, el mejor hombre de España.
El apellido de España es: “Hispanidad”.

Estimados compatriotas, amigas y amigos, señoras y señores.

I

He sido convocado por los amigos organizadores de este encuentro, al cumplirse un nuevo año de una de las más grandes efemérides de la Humanidad, el llamado Descubrimiento de América, y celebrarse con tal motivo el llamado Día de la Hispanidad (antes denominado inciertamente, el Día de la Raza).

Participo de esta amable reunión en mi carácter de delegado en esta Ciudad de Buenos Aires de la Falange Española de las JONS, para que, en su representación, exprese nuestra opinión en torno al concepto de la Hispanidad, en particular referido a dos de sus más grandes figuras: José Antonio Primo de Rivera, padre fundador, y don Ramiro de Maeztu Whitney, el más insigne luchador en procura de la reconstitución hispana. (Ambos fueron mártires de la patria, porque perecieron asesinados por el furor bestial de los salvajes matones de la masonería y el comunismo, amaestrados y armados en las logias y en las chekas para matar a cuantos más pudiesen de entre quienes se les oponían, es decir, la inmensa mayoría del pueblo español).

Me acompaña mi camarada Santiago Álvarez, de esta Ciudad. Ambos somos argentinos nativos y ciudadanos de la Argentina y de España.

La presencia de la Falange Española en este acto no tiene un carácter de proselitismo partidario, sino que obedece al hecho de que, entre todos los partidos políticos españoles legalmente constituidos, solamente la Falange sostiene, tanto en sus postulados fundacionales cuanto en su accionar público desde hace más de setenta años, el imperativo irrenunciable –político– y categórico –moral– de trabajar por la unión y hermandad de todos los pueblos hispanos, para establecer una alianza estratégica que nos dé la fortaleza de un bloque de naciones que nos permita negociar y tratar en pie de igualdad con otros bloques existentes. Es parte de su cometido e integra su tarea cotidiana. Por eso estamos acá.

Descubrimiento America

Cristobal Colón, el Descubridor

La figura central de esta efemérides sagrada tiene que ser, sin duda alguna, la memoria inmarcesible del Gran Almirante Cristóbal Colón.
En torno del linaje y ascendencia del ilustre marino se ha mantenido hasta el presente una inexplicable controversia, por la que lo reclaman como uno de los suyos desde varias nacionalidades europeas hasta diversas regiones españolas. Pero lo que a todos los españoles y, en particular, a nosotros los hispanoamericanos, debe solamente importar es que el propio Colón eligió sin dudas ser español; como tal vivió y trabajó, y su descendencia que llega hasta nuestros días constituye una insigne familia española de distinguida prosapia.

Vale tener presente que ese año del Descubrimiento, 1492, fue el más grande año de España. Porque pocos meses antes del primer viaje de Colón, los maravillosos monarcas que fueron Fernando V de Aragón y II de Castilla e Isabel I de Castilla llamada La Católica habían completado y dado fin a la victoriosa Guerra de la Reconquista Española, y unificado bajo su cetro compartido en virtual diarquía todos los reinos peninsulares, con lo que se dio origen al proceso de formación de España como Estado-nación independiente y soberano, el primero de todos en el mundo. Y poco después, gracias precisamente a Colón en primer término, y luego a quienes continuaron su obra con la evangelización y el desarrollo de las Américas, quedó fundado el benéfico Imperio Español, fundamento de la Hispanidad.

El equivocado nombre de América

Un punto aparte merece considerar la causa por la que este continente recibió el nombre de un cartógrafo florentino en lugar de serle conferido el de quien, con su viaje minuciosamente planeado arribó a las costas caribeñas y con este acto primordial trajo la civilización europea y el cristianismo a varios millones de hombres.

Se dice en los libros de historia para uso de escolares, pero también en tratados de mayor enjundia, así como en todos los diccionarios enciclopédicos del mundo, que el nombre de América deriva del nombre Américus o Amèrigo Vespucci o Vesputio o Vespucio, un florentino que fue representante en España de la casa bancaria de los Médici, y que luego –a causa de sus deudas y acosado por sus acreedores– se embarcó en algunos viajes al nuevo continente fletados por comerciantes y funcionarios españoles. Lo que si bien no es mentira, tampoco es verdad porque no puede ser verdad lo que induce confusión y postula ser aclarado.

Yo quiero mostrar cómo el señor Vespucci se atribuyó méritos que no le correspondían y por tal causa es que nuestro continente lleva su nombre, pero también cómo, no obstante, él no tuvo la intención de que tal cosa sucediera.

Había este hombre tenido contacto personal con Cristóbal Colón en Sevilla, entre los años de 1496 y 1498, y por eso sabía muchas cosas de las tierras por entonces denominadas “de Indias”. De sus viajes, en que se desempeñó como piloto y piloto mayor (y por entonces, los pilotos y capitanes de barcos oficiaban también de cartógrafos), comunicaba por medio de largas misivas a sus mandantes florentinos lo que iba viendo y aprendiendo (con relatos que en varias oportunidades debieron ser elididos de sus textos publicados por ser consideradas un tanto demasiado procaces para la época).

En aquellas cartas, el florentino iba agregando cada vez con mayor audacia, detalles a veces sólo imaginados por él, o relatando los sucesos con un cariz que lo beneficiaba personalmente. Por último, se atrevió a atribuirse el descubrimiento de un “Nuevo Mundo”, expresión ésta que él ciertamente acuñó, pero para enaltecer su presumida hazaña. Véase en qué términos se expresaba el audaz aventurero, en carta a su jefe Laurent de Médici y a Pietro Soderini, Gran Confaloniero (o sea, presidente) de la república veneciana:

“Ninguno de nuestros ancestros tuvo conocimiento de estas tierras. Creían que al sur del Ecuador no había tierra firme, sino sólo infinito mar. Pero mi viaje ha comprobado que esta creencia es falsa. Al sur del Ecuador encontré un continente, que en algunos valles se encuentra más poblado de hombres y animales que Europa, Asia o África. Además posee un clima más agradable y suave que otras partes del mundo. Se lo puede llamar con toda tranquilidad [un] ´Nuevo Mundo´”.

Desde luego, en ninguno de sus escritos menciona a Colón (ni a la empresa de Colón) como descubridores, pero él se atribuye haber descubierto un Nuevo Mundo.

Dado que durante sus viajes había empezado a arraigar en el lenguaje especial de los marinos de la época, en particular quienes habían introducido el neologismo, que fueron los tripulantes del cuarto y último viaje de Colón, los vocablos “amérric” y “amerricar” para referirse, respectivamente, el primero a las zonas en que abundaban los arribos de personas que iban por afán de aventura o, principalmente, en busca de trabajo, y el segundo al trabajo mismo en esa zona, Vespucci se cambió su nombre de pila, que era Alberigo (en italiano) o Albericus (en latín) por el de Amèrigo o Américus (queriendo con ello significar que él era uno de los frecuentes viajeros por esas costas del nuevo continente).

En cuanto a “Amérric”, parece ser el nombre que le daba al lugar una de las muchas tribus de aborígenes asentadas en esa zona de gran tráfico de viajes marinos, y del cual hay dos versiones: una referida al país en sí y otra según la cual sería el nombre aborigen de una cordillera. Nicaragua y Guatemala se disputan, en consecuencia, ser los países de cuya topografía habría surgido indirectamente el nombre del nuevo continente. (Noten ustedes que los anglosajones no pronuncian “América”, sino justamente: “Amérrica”).

Consta perfectamente a los estudiosos que el nombre italiano Amèrigo, en castellano Américo y en latín, la lingua franca de la época, Américus, no existía y que fue simplemente un apodo o sobrenombre que había adoptado Alberico Vespucio. Pese a tal conocimiento, eso es algo de lo que entre los extranjeros no se dice ni se escribe jamás, y que los propios españoles, indiferentes, raramente discuten sobre el tema.

Aquella circunstancia de la toma del apodo por Alberico fue decisiva para el equívoco, pues aleatoriamente llegó a manos de un monje alemán friburgués, cosmógrafo de profesión, que oficiaba de impresor y se llamaba Martín Walseemüller, la carta de Vespucci en que anunciaba solapadamente haber descubierto un nuevo mundo. El impresor, que residía en la pequeña localidad lorenesa de Saint Dié tenía por entonces, año 1507, el encargo del canónigo e impresor Gualterio (o Walter) Lund, de imprimir la obra geográfica de Ptolomeo. Ptolomeo fue un geógrafo, cartógrafo, matemático y músico greco-egipcio que vivió entre los años 70 y 150 de nuestra era. Dibujó un mapa de todo el mundo según era conocido por entonces, que él llamó el Mapa Mundi. Y este mapa –en el que, lógicamente, sólo figuraban los tres continentes conocidos, Europa, África y Asia– fue reproducido en primer término por el tallista alemán Johannes von Armshein en 1482, que lo hizo imprimir con el nombre de Geographicae enarrationis de Ptolomeo (o Relato Gráfico de Ptolomeo). (Conviene recordar que la imprenta de Gutenberg había producido su primera impresión de la Sagrada Biblia apenas un cuarto de siglo antes). El anteriormente citado Walseemüller, que era lo que hoy denominaríamos un plagiador o un “editor pirata”, copió la edición de Armshein e, inflamado de admiración, le agregó lo que él llamó “la cuarta parte del mundo hasta hoy desconocida” en alusión a un cuarto continente recién descubierto. (Dado que la India queda en el por entonces ya muy conocido continente asiático, resta preguntarnos cómo podría ser que Colón creyese haber llegado a aquel país mientras sus contemporáneos hablaban francamente de un nuevo continente).

El mapa de este cuarto continente, es decir, de nuestra América, no era sino el trazado de Vespucio, en el cual se ve un territorio para nada semejante al que hoy conocemos, pues parece tener más bien el contorno de un bumerán australiano, pero dentro del cual se lee claramente la palabra “América”. Sin embargo, no fue Vespucci quien creó esta palabra ni fue a él a quien se le ocurrió dar ese nombre a nuestro continente.

El inventor de esta palabra fue el poeta Jean Bazin, quien había traducido del francés al latín aquella carta de Vespucci a sus jefes florentinos, que éste había titulado “Quátuor Navigationis” (es decir, Cuatro Viajes en Barco, tal como los cuatro proverbiales trayectos colombinos).

Bazin la reprodujo con el título de Cosmographiae Introductio (o Introducción a la Cosmografía –que es la disciplina también conocida como Geografía Descriptiva). En aquella traducción, Bazin interpretó la voz “amérrica” como “América” y así lo anotó en el mapa de Vespucci, ignorando que éste había tomado para sí el seudónimo de “Américo”.
Por su parte el impresor Walseemüller, (que tampoco sabía que se trataba de un apodo –para entonces ya más bien un seudónimo, porque Vespucci, –en este caso, realmente inocente de toda manipulación– literalmente había cambiado su nombre de pila por este otro de Américo) hizo su interpretación entendiendo que el sedicente descubridor quería dar su nombre al territorio descubierto, y lo explica con estas palabras:

“Mas ahora que esas partes del mundo han sido extensamente examinadas y otra cuarta parte ha sido descubierta por Amèrigo Vesputio, no veo razón para que no la llamemos América; es decir, la tierra de Américus, por Américo, su descubridor”.

Y para culminar el entusiasmo que le producía el publicar a un autor tan distinguido, dibujó y colocó dentro de la misma obra las efigies impresas de Ptolomeo y de Vespucio (ambas apócrifas, por supuesto, ya que del primero no existe retrato verdadero y al segundo no lo conocía en persona).

Como la obra de Ptolomeo, que eran ocho tomos titulados “Geografía”, en la que estaba incluido el famoso Mapa Mundi era muy requerida y se vendían miles de ejemplares en el mundo europeo con varias ediciones, la noticia se divulgó bastante.

Posteriormente apareció la Crónica de Cristóbal Colón (que, dicho sea de paso, había fallecido en 1506 y en el más completo anonimato) donde refería su descubrimiento, y sólo entonces los académicos de la época empezaron a comprender el equívoco. Incluso el propio Walseemüller llegó a comprender que todo había sido un error (y conste que Vespucci no había tomado parte en él) y en una segunda edición lo corrigió dando amplias explicaciones y disculpas a sus lectores.

Pero nadie, dentro o fuera de España, se preocupó poco ni mucho por el asunto (que, por otra parte había sido un equívoco muy corriente en la época) y nadie tuvo la ocurrencia de llamar al nuevo continente con el nombre de Colombia, lo cual hubiera sido un poco más justo. El debido homenaje al Gran Almirante lo debieron efectuar los fundadores de la república sudamericana que lleva ese honroso nombre, y los norteamericanos, que llaman a la ciudad capital de su país, Wáshington, con el agregado administrativo de “Distrito de Columbia”.

Colón, por su parte, en la obra recién citada proponía llamar al nuevo continente con el nombre de… Brasil.

II

Primera misa en Chile. Pedro León Maximiano Subercaseaux (1904)

Primera misa en Chile. Pedro León Maximiano Subercaseaux (1904)

La significación del Descubrimiento de América

Cuando, por las causas diversas que generalmente se enumeran, las naves comandadas por Cristóbal Colón llegaron a las costas de nuestro continente, un hito histórico de la humanidad se levantó para siempre. El ingreso a la civilización europea medieval de un tan vasto territorio poblado y henchido de tan grandes riquezas naturales, comportó un significativo alivio para la claudicante economía de esa reunión de naciones en formación, núcleo fundante de nuestra civilización occidental. Mediante la incorporación de América al nervio de la Historia Universal, España no solamente que integró a la cristiandad una gran cantidad de gentes, cuyos descendientes constituimos hoy el mayor reservorio humano de la catolicidad, sino que contribuyó más que significativamente al desarrollo científico y técnico que desembocó en lo que se conoce como la Primera Revolución Industrial. Ese gran concurso de descubrimientos e invenciones, que permitieron a los europeos pegar el gran salto que los instituyó a la cabeza de la humanidad, y fundar una nueva civilización capaz de atreverse a pensar en viajar a las estrellas, no hubiera tenido lugar tan tempranamente en la historia de no haber intervenido en los acontecimientos España con su arribo a América. De una forma no demasiado académica o rigurosa, podríamos decir que si hoy tenemos a nuestra disposición, a costos relativamente accesibles, computadoras y celulares, electricidad para que funcionen y para iluminarnos, transportes veloces y económicos, medicina avanzada para curar las más graves enfermedades, y tantísimos otros adelantos capaces de extender nuestro período de vida y proporcionarle mayor calidad, todo eso se debe, en parte principal, a la temprana aventura española de América. De otro modo, muy probablemente aún no hubiésemos arribado al estadio actual de esta nueva edad del conocimiento.

Cuando Europa languidecía entre guerras tribales y un insinuado retorno a la barbarie, el extraordinario e inmenso aporte de moneda metálica que provocó la explotación de las riquezas americanas constituyó una inyección, tan oportuna cuanto milagrosa, de nuevas oportunidades para reiniciar y continuar logrados emprendimientos que desembocaron en un avance inédito del saber humano y de sus aplicaciones. Y fuimos nosotros, los americanos, quienes en unión con España lo hicimos posible.

Así de significativo resulta ese señalado suceso que hoy evocamos, a más de medio milenio de haber acontecido.

Es pues, esta fecha del doce de octubre, motivo de legítimo orgullo para todos nosotros; y no empañará su celebración, ni hoy ni nunca, el vocerío fastidioso de esos personajes poco apreciables que se enroscan en los cenáculos sospechosos del “indigenismo”, para reivindicar no se sabe qué logros ni qué bondades de antiguas culturas aborígenes probadamente sanguinarias y retrasadas.

Ayer, estos mismos sujetos se pavoneaban impía e inexplicablemente orgullosos de decirse a sí mismos marxistas leninistas –con olvido vicioso de los millonarios homicidios cometidos por esa sangrienta facción, impulsada y alentada en las sombras por el supuesto enemigo suyo pero real enemigo nuestro, que es el siempre actuante imperialismo anglosajón. Hoy, pudorosamente encubiertos en la vergonzante denominación de “progresistas”, tras cuya etiqueta con que solamente los más supinos ignaros pueden simpatizar bregan, como siempre, por el progreso. Sí, por el progreso de todos los males que laceran el cuerpo dolorido de la humanidad, carne y sangre nuestra, de nuestra única raza que es la raza humana.

Permítanme los amables circunstantes hacer aquí un relato que podría ser útil, porque no es muy frecuente que se mencione en actos de celebración como el presente, el bárbaro atraso cultural de algunas de las naciones indígenas de mayor enjundia a tenor de los historiadores, ya que la sola mención sería en sí misma un acto políticamente incorrecto. (Pero es que los falangistas, según nos dicen, solemos ser políticamente muy incorrectos).

Es sabido que, lamentablemente, no se conservan la mayoría de los documentos que podrían mejor iluminar las circunstancias de aquellas culturas aborígenes, particularmente las que se señalan como más significativas, como las de mayas y aztecas en Norte y Centroamérica, y de los Incas sudamericanos (de quienes se conserva, empero, una mayor cantidad de testimonios). En parte, aquella falta de vestigios se debe al celo de los sacerdotes misioneros españoles. Hoy, resulta fácil al enemigo socialista y al extranjero envidioso señalar con un dedo poco limpio a aquellos infatigables y heroicos curitas que se metían en los lugares más peligrosos, expuestos al ataque de las fieras y de las personas, para llevar el Evangelio; pero hay que tener en cuenta la época en que vivían y sumar a esa circunstancia, el horror que los embargaba, como gente civilizada que eran, por los crímenes que presenciaban cotidianamente. Los mismos soldados españoles, que no eran niños de pecho sino hombres rudos y fogueados en las varias guerras en que habían combatido, se persignaban y encomendaban a Dios al ser testigos de las salvajadas que aquellas gentes casi primitivas cometían a diario, como parte necesaria de su vida social y política. Les pareció, entonces, que era como contribuir a esa ordalía y sacralización del rito de sangre el dejar en pie los monumentos y testimonios gráficos (que no eran escritos, porque aquellas naciones ni conocían la escritura) con los que los sacerdotes paganos pretendían justificar tanta maldad.

Sin embargo, algunos testimonios irrecusables quedaron. Poca gente sabe que entre los menguados vestigios que se conservan de aquellas culturas, a excepción de las ruinas, por supuesto, hay quince códices o libros, por así llamarlos, que contienen en forma de ilustraciones alusivas en varios colores, relatos de los hechos y costumbres de aquellas gentes. En uno de estos repositorios se describe cómo se desarrolló una matanza ritual multitudinaria en el año del Señor de 1479 (una década y poco más, antes del arribo de los españoles). Relatan por medio de símbolos gráficos, porque los aztecas no conocían la escritura, que para la gran matanza de ese año ritual o “Año del Fuego Nuevo” se reunieron en su capital Tenochtitlán (que ha quedado hoy como una parte de la extensa Ciudad de México) una multitud de prisioneros tomados a tribus vecinas tras haber invadido sus territorios y haber matado a mansalva a la mayoría de sus pobladores. Sumaban los cautivos unos varios miles, todos varones. Las cifras no se dan en estos documentos, sino en los varios relatos publicados por soldados españoles que recogieron de los aborígenes la historia; por eso, se habla desde veinte mil personas hasta la cifra improbable de ochenta mil cuatrocientos. Quizá el número de veinte mil se aproxime más a la verdad, aunque a juicio de los estudiosos aún sería demasiado. A aquellos infelices, cuantos ellos fueran, se los obligó a ordenarse en filas de a cuatro, formando una apretada columna de más de mil metros de largo hasta llegar al “altar de los sacrificios”. La fila iba avanzando incluso para subir los 114 peldaños de la pirámide en cuya cúspide se encontraban los “sacerdotes” del culto a Huitzilopochtli (es decir, el sol). Es que los aztecas se consideraban “el pueblo del Sol” y, en tal carácter, su deber consistía en hacer la guerra cósmica para dar al Sol su alimento (los corazones sangrantes de las víctimas) y el líquido que saciara su enorme sed (que era la sangre de aquellos desgraciados). Entendían aquellos brutales sujetos que el bienestar y la supervivencia misma del universo dependía de las ofrendas de sangre y de corazones que ellos le hacían al Sol. Así, en la recordada ocasión se dedicaron a matar sin descanso durante cuatro días enteros. Las víctimas, que permanecían dóciles porque previamente habían sido embriagadas con pulque y una mezcla de hierbas narcóticas, eran obligadas a acostarse en una piedra plana, que oficiaba de ara o mesa de los sacrificios y eran de inmediato sujetada por seis individuos de gran fuerza muscular. El oficiante, con una pericia emergente de su larga práctica clavaba el puñal de obsidiana, una piedra muy afilada, en el pecho del ajusticiado y con rápidos movimientos le extraía el corazón aún palpitante, que alzaba en sus manos para mostrarlo a la ululante multitud. Luego, le cortaba la cabeza que arrojaba a un enorme recipiente, aunque otros dicen que la mandaban rodando escalera abajo para regalo del populacho, que la recogía para jugar a embocar la pelota con ella durante un juego que era como una especie de básquetbol local. Los restos parece ser que eran desollados y enterrados bajo el piso en los diecinueve templos de aquella cultura, como reliquias de la ofrenda sagrada al sangriento dios sol. En cuanto a los corazones así extraídos, dicen algunos que luego se los comían los sacerdotes, aunque según otros, se los darían a comer a los guerreros “águila”, que constituían la élite militar del imperio.

Ése es tan solo un ejemplo.

Pero dejemos esto, porque es un tema muy ingrato, incluso si tratándolo podemos justificar el celo de los curitas misioneros del siglo XVI. Pero permítaseme expresar a título personal y a modo de clausura de esta digresión, que aunque más no fuera para salvar de tan siniestro destino a cientos de miles de personas, aborígenes americanos víctimas de aquel incivilizado fanatismo, la presencia española en nuestra América quedaría plena y satisfactoriamente justificada.

La “leyenda negra” urdida contra España

Otro asunto conexo con el anterior, es el de aquella parte de la llamada “Leyenda Negra de España”. Ésta es un conjunto de relatos que pretenden estigmatizar a los españoles como un pueblo genocida y explotador, y que no es obra sino del común enemigo de todos los pueblos de la tierra, que es el colonialismo anglofrancés con la colaboración de sus aliados y mercenarios.

Sin entrar a detallar la innumerable nómina de infundios pergeñados por los citados imperialistas y que más tarde adoptaron los marxistas fracasados (muchos de los cuales aún no se han enterado de que el marxismo fracasó), me basta a mí, por el momento, con desbaratar tan sólo uno: el del improbado genocidio de los aborígenes americanos por parte de los españoles –que otra cosa es el sí probado genocidio que cometieron los anglosajones con los pobres aborígenes del norte de América que tuvieron la enorme desgracia de caer bajo su férula voraz y cruel.

Se barajan, en primer término, cifras impresionantes que harían de América una parte numéricamente importante de la humanidad; pero lo cierto es que estas tierras estaban poco más que inhabitadas a la llegada de los europeos.

No importa. Dejemos que afirmen que había aquí no sé cuantas decenas de millones de personas, aunque es innegable que sólo una fracción de ellas habitaba la parte del continente colonizada por los hispanos. Pero lo cierto y probado es que los hispanoamericanos sumamos hoy bastante más de trescientos cincuenta millones, monto que me parece incompleto.

Esta cifra, partiendo de los cálculos más confiables de algunos demógrafos respecto de la cantidad de habitantes originales, muestra que hubo un continuo aunque moderado ascenso de la población autóctona a través de estos cinco siglos. Y sin embargo, hay en nuestros días muy pocos aborígenes puros. ¿Querrá esto significar que no están porque los españoles los mataron? Muy por el contrario: ellos están presentes en la extensa descendencia actual de hijos de parejas interraciales. Los españoles se casaron con los aborígenes (en mucha mayor proporción los varones españoles con las mujeres indígenas) y su abultada descendencia hoy puebla orgullosamente las naciones hispanoamericanas aunque también se asientan en tierras africanas y asiáticas.

Desaparecieron las etnias puramente aborígenes, es cierto, pero para dar lugar a una gran nación de criollos. Por eso, escupen al cielo aquellos americanos que despotrican contra los españoles, porque están vituperando su propia sangre. Bueno será que tengan en cuenta, los que sepan pensar, que sin los españoles no estarían ellos hoy presentes. Sin los españoles, ni siquiera hubieran nacido.

Hoy está en boga el criterio de lo “multicultural”, dentro del propósito de imponer el famoso “pluralismo” con el objeto de igualar en rango a todas las ideas y a todas las conductas, sin que se pueda discriminar las buenas de las malas y de las peores. Se pretende con aquel concepto imponer universalmente la convicción de que todas las culturas son igualmente aceptables y respetables, sin que se pueda afirmar la excelencia de ninguna, la superioridad de ninguna.

Ahora, nosotros aquí creo que podemos dar fe, sin discusión, de la falsedad y perversidad de esta idea. ¿Se necesitará, acaso, llegar a oponer nuestra cultura hispánica contra la de los aborígenes antropófagos, sanguinarios e iletrados –los griegos dirían simplemente: bárbaros– con que nuestros ancestros españoles se toparon a su arribo a este continente, para tener que demostrar que ambas culturas no son iguales en calidad humana? ¡Vamos, che! ¡Basta de embrollar, señores, y hablen alguna vez en serio!

Pero sobre los detalles más minuciosos que encierra este tema tan delicado que es el de la “leyenda negra”, después nos va a ilustrar nuestro compatriota y amigo don Federico Addisi, por lo que a su reconocida idoneidad y profundo conocimiento de la materia nos remitimos.

doctrina-monroeLa globalización o mundialización y las oportunidades que se nos brindan

Los hispanos somos todos cuantos descendemos de la cultura española, cualesquiera fueren nuestra raza, nuestro linaje, nuestra piel o nuestra lengua local. Somos, por tanto, una gran nación del espíritu; y somos más si incluimos, como corresponde, a los lusos, que son los descendientes por la sangre y/o por el espíritu de aquella otra gran madre de naciones que fue el Portugal.

Como nación que somos, queremos tratarnos fraternalmente. Ello es posible de muchos modos, pero en mi particular apreciación, apunta a darse una perspectiva nueva, que quizá nos permita más adelante llegar a lo que toda nación –tanto de la sangre como del espíritu– anhela y que es la unificación. Juntos, podríamos concretar una histórica Unión Iberoamericana de Naciones. Por el momento, aunque contamos con los elementos indispensables para procurarla, debemos hacer lo posible para resguardarlos de las manos predadoras de los colonialistas y los imperialistas. Ellos ya tratan de impedirla interponiendo subterfugios, como el tratado del NAFTA, con los que quieren interferir en todo posible acuerdo nuestro común imponiéndonos a cambio sus leoninas condiciones para concretar finalmente sus sospechosos negocios.

Sucede que en el mundo de hoy se está como gestando un grande y misterioso movimiento que procura, como su nombre lo indica, una llamada globalización. Éste, no es sino el nombre que se le da a un proceso que se inició como una taimada iniciativa de los anglonorteamericanos, pergeñada antes incluso de la Segunda Guerra Mundial. Su finalidad era aprovechar aquel enfrentamiento ya inevitable, para después de finalizado, llevar sus negocios a Europa y al Lejano Oriente e imponerlos en forma prácticamente monopólica. Así lo hicieron, y con ello lograron lentificar y hasta detener el crecimiento científico, económico y demográfico del continente europeo, para luego volver sus ingentes recursos para dominar enteramente a nuestra América. “América para los americanos” había pronunciado Monroe al enunciar su famosa doctrina, queriendo encubiertamente significar: “Toda América, para los plutócratas norteamericanos”.

Por ejemplo, a ese propósito de hacer cuantiosos y jugosos negocios aprovechándose vilmente de la destrucción de la guerra, obedeció aquella estrategia ruin de los británicos que se llamó el “bombing”. Tal iniciativa consistía en aprovechar el retroceso alemán durante la guerra para bombardear inhumanamente poblaciones germanas “abiertas” (esto es, desarmadas), matando solamente en Dresde y en un par de días, a 300.000 civiles inocentes. Poco después de finalizada la contienda, las empresas edificadoras y de ingeniería civil de los norteamericanos y de los ingleses aparecieron concediendo abundantes créditos para levantar de nuevo esas ciudades.

Es lo mismo que están haciendo ahora en Irak…

Es claro que este mundialismo, aunque resulta ser una iniciativa del enemigo para manejar el mundo, se vio favorecido e incrementado por el enorme adelanto de las técnicas de comunicación y de cálculo, sin pasar a contabilizar otros concomitantes. La concentración de capitales financieros (que son una fabulosa estafa, porque los verdaderos capitales son los medios de producción y no los papeles de negocios) les fue permitiendo allegar cerebros brillantes en todas las disciplinas científicas y del pensamiento, para ser empleados en sus planes de dominación. Les pagan con billetes de banco, que es papel pintado cuyas prensas tienen a su entera disposición; y a cambio de tan barata retribución consiguen los mejores esfuerzos de millones de científicos y trabajadores técnicos provenientes de todos los rincones de la Tierra. Formaron enormes ejércitos con el armamento más destructivo posible, incluso aquél de índole nuclear y aquel otro de índole bacteriológica, y con tantos pertrechos creen tener ya al mundo entero en su puño.

Pero eso está por verse, y yo aliento la esperanza de que nunca se verá. Entre los muchísimos obstáculos que se les interponen, uno de ellos y no el menos relevante, somos nosotros, los hispanos. Nos podrán vender una buena parte de sus excedentes, especialmente de tipo cultural; podrán meternos por la fuerza, vía obligaciones de la deuda externa (o eterna), incluso una extensa variedad de sus aberrantes costumbres; pero para terminar con nuestra idiosincrasia, necesitarán matarnos a todos, porque en aquel terreno, no nos vencerán. Apelan con frecuencia al genocidio, pero pretendiendo que seamos nosotros mismos quienes nos lo apliquemos; por ejemplo, por vía de la liberalización del aborto, de la destrucción de las familias, de la tergiversación de la sexualidad, del empobrecimiento máximo de nuestros pueblos, del hundimiento de la instrucción científica y de la educación moral.

Pero tengo para mí que no lo lograrán, porque el espíritu rige a la materia, puesto que viene a nosotros después de ella y para dirigirla –que tal es el proceso de la vida; y mientras que a nosotros las carencias económicas nos alimentan el espíritu, a ellos su materialismo los está corroyendo espiritualmente.

El materialismo y su secuela, el hedonismo y su meta obligada que es el sensualismo, exasperan las apetencias mundanas y éstas desordenan las prioridades naturales y embotan el entendimiento. Como tienen la destrucción adentro de sí mismos, si no cambian perecerán.

Mientras tanto, el sistema universalizado de comunidad política es decir, el Estado-nación, aparecido a causa de las guerras de religión del siglo XVI (que fueron provocadas por los plutócratas alemanes de aquella época para acrecentar sus negocios), parece que se encuentra en el ocaso de su vigencia. De modo contrario a lo que la gente en general cree, que es que el sistema estatal siempre existió, nosotros sabemos que no fue así, aunque tiene ciertamente unos cuatro siglos de vigencia. Y todos podemos ver que, en nuestros días, uno tras otros los Estados se van desconstituyendo y están transformándose en cáscaras vacías de una sustancia que ya no tienen, sostenidas por una soberanía que se ha desvanecido. Impotentes para cumplir las obligaciones que son de su esencia, como proteger a sus ciudadanos de los enemigos de afuera y de los delincuentes de su interior, establecer la justicia, tanto la justicia legal como la justicia social, favorecer la plena ocupación laboral, proporcionar auxilio sanitario y medicinal, dar educación y posibilitar el acceso a la vivienda para todos, etcétera, se van como difuminando y dejando solamente los símbolos oficiales a la vista, mera apariencia de algo que ya no es más. Tal como se apagó el Imperio Romano de Occidente.

Por cierto que las naciones que se ven en peligro de una total extinción, para pasar a ser meros territorios poblados sujetos a los caprichos irrestrictos de los poderes mundiales, tanto de los organismos internacionales cuanto de las grandes empresas transnacionales, tratan de revitalizar el Estado. Tratan, en un ademán puramente defensivo, de volver a dotarlo de aquellos poderes de decisión que otrora les permitían remitir las situaciones más críticas imaginables, como fueron, por ejemplo, las reconstrucciones de los países devastados por la segunda gran guerra mundial del siglo XX, señaladamente el Japón y Alemania. Y ciertamente podrán, y es deseable que así sea, lograr algo de lo que se proponen. Pero lo que no podrán lograr, al menos en un plazo estimable, es reconstituir su solitaria soberanía.

En un mundo de obligada interdependencia, cada vez son menos posibles los Estados soberanos. Pero sí es posible, y en nuestro caso, espectable, la constitución de bloques de naciones. La idea de la Hispanidad es eso, también: la de una alianza fecunda de todos los pueblos descendientes de España y España misma, todos en pie de igualdad jurídica y juramentados a apoyarse mutuamente para lograr, antes que nada, un nivel de vida homogéneo para todos sus pueblos.

III.

Qué es la Hispanidad

La Hispanidad fue, hace algunos siglos, una realidad concreta. Vale decir, algo existente. Por entonces, se la conocía como el Imperio Español. Y así como detrás de toda concreción humana se observa la abstracción que la prefigura antes y la explica después, esto es, lo que llamamos la idea de algo, así mismo pasa con aquella realidad, cuyo cuerpo político fue disuelto por la descomposición, pero cuyo espíritu sobrevive a la espera de una nueva encarnación. De modo que, como se podría decir, no ha muerto y su semilla viviente, que somos nosotros, sólo espera buen terreno donde volver a arraigar.

Decía Aristóteles, y yo acepto su opinión, que hay dos modos de ser: en acto o en potencia. El ser en acto existe, el ser en potencia puede perfectamente existir, pero ésa su existencia, ése su arribo a la realidad, es algo contingente; es decir, algo que las circunstancias pueden o no favorecer. Ahora que, tratándose de cosas humanas, tras su posibilidad debe inevitablemente existir un propósito, es decir, una voluntad.

Esa voluntad siempre permaneció entre nosotros, tras los siglos transcurridos. Tanto en la península como en nuestras tierras americanas, siempre hubo quien se refirió con respeto y esperanza a la idea sagrada de la Hispanidad. El término, sin embargo, pudo caer casi en desuso cuando, hace un siglo, el mundo entero se había plegado a la creencia de que el progreso humano iba a avanzar con seguridad y continuidad ininterrumpibles por el andarivel de los crecientes adelantos científicos y técnicos. Poco duró a la humanidad tal autoengaño, y a partir de la primera confrontación bélica mundial, la sucesión horrorosa y que nos da vergüenza de tan sólo mencionarla, de millones y millones de personas sufrientes, torturadas y muertas de todas las formas imaginables, terminó por ponerle fin.

Mientras tanto, sucedió que un abogado asturiano de nombre Faustino Rodríguez San Pedro, que en aquel momento era presidente de la asociación denominada Unión Íbero-Americana, propuso e impuso aquel inexplicable mote de “Día de la Raza” a la celebración que hoy recordamos, denominación que prosperó durante un buen tiempo antes de que fuera cambiada por la presente. Yo soy testigo de ello porque, en mi lejana infancia, transcurrida en esta misma Ciudad durante la segunda mitad del siglo pasado, a la festividad a que nos referimos y que constituía un día feriado, se la nombraba así: “Día de la Raza”. Más de una vez, aún siendo niño y no de los más despiertos, yo me pregunté qué cuernos querría decir aquello. Mi padre español, que era un excelente trabajador pero que no era propiamente un intelectual, la interpretaba como que se refería a la “raza española”. Yo no comprendí hasta después de muchos años, en oportunidad de repensar aquello, que es un verdadero despropósito llamar raza al pueblo español ni a los descendientes de los españoles. No sé yo si habrá muchos más pueblos consolidados que tengan una conjunción de descendencias tan diversas como las tiene España, si por razas entendemos no la concepción científica hasta hace poco sostenida de que tres son las razas en que se divide la humanidad (“blanca”, “negra” y “amarilla”), sino el concepto de una cultura producto del aporte de diferentes otras.

La realidad española hace que el español sea uno de los tipos nacionales más opuestos al racismo en todo el mundo, entendiendo por tal no una cuestión de rivalidades nacionales por intereses concretos, sino una suerte de desprecio, cuando no de odio, hacia las gentes que son muy diferentes de nosotros.

No, los hispanos no somos ni podemos ser racistas y ello es así por al menos dos convenientes razones. Una, porque somos mayoritariamente católicos, y esa nuestra fe nos inculca la verdad de que todos los hombres somos hermanos dado que todos provenimos de un mismo Padre. Que seamos diferentes, sí; y que no podamos de ningún modo llegar a ser enteramente iguales –esto es, idénticos– también. Ni siquiera son idénticos los hermanos gemelos porque, pese a su apariencia que los presenta como perfectamente confundibles, cada uno tiene su propia e induplicable personalidad. Y dos, porque el llamado racismo importa una postura de odio o desdén hacia lo diferente, en este caso, hacia las culturas diferentes; y los españoles creo yo que tenemos sobradamente probado que no nos amilana ni repugna mezclarnos con los otros, y convivir con ellos, hasta formar con ellos nuestras familias y procrear nuestra descendencia. Es por eso que hoy el subcontinente centro y sudamericano, al que agregaremos a México y buena parte del sur norteamericano, está poblado de criollos mezcla de españoles con sujetos de las más diversas etnias o linajes, o como se les quiera llamar a las diferencias superficiales que mostramos los individuos humanos y que no son anatómicas sino culturales. Todos, hablando de algún modo (bien o regular) el mismo idioma originario de Castilla, que es un bien común inconmensurable porque nos permite comunicarnos a la primera sin tener que estudiar lenguas foráneas.

La Hispanidad, esto es, la acción educadora y progresista de España por todo el mundo (porque hay pueblos hispanos también en el África y en el Asia), fue la constitución de una gran nación con vínculos culturales y económicos, pero especialmente, con una fuerte atadura espiritual.

Los artífices de la idea de una nueva Hispanidad

El vocablo “Hispanidad” ya figuraba, con el concepto de ser un término muy antiguo, en el Diccionario de la Real Academia Española edición de 1817. Pero tenía acepciones diferentes al uso que hoy nosotros le asignamos.

Como un concepto filosófico, histórico y político, el término creado, como veremos, por un obispo español en Argentina, fue adoptado en seguida por varios insignes pensadores y años después fue asimismo recepcionado y adquirido por hombres de letras americanos notables, como el eximio peruano José Santos Chocano, o como el poeta nicaragüense Rubén Darío, que fue llamado con justicia “príncipe de las letras castellanas”, o como el gran intelectual gallego Ramón Menéndez Pidal, que tuvo el atrevimiento y se tomó el trabajo de estudiar los escritos y la biografía del famoso fraile Bartolomé de Las Casas, en cuyo espurio testimonio se apoyan los “indigenistas” y otros enemigos de España para convalidar la “leyenda negra” contra este país.

A continuación me referiré a unas pocas de las más significativas personalidades (escogidas de entre un conjunto mucho más amplio de autores, todos ellos perfectamente autorizados por su eximia calidad intelectual y moral para exponer la idea perenne de la Hispanidad),

Miguel-de-UnamunoMiguel de Unamuno y Jugo, el paradojal

Al ilustre cuanto cambiante pensador español de origen vasco don Miguel de Unamuno y Jugo, le atribuyen varios autores ser el escritor que más tempranamente empleó el vocablo “Hispanidad” con un sentido más moderno del término. En un artículo suyo que, aunque se lo fecha informalmente en 1909, no hay pruebas de otra publicación anterior que la de 1927 en la revista argentina “Síntesis”, número del 6 de noviembre, Unamuno dice lo siguiente:

“Digo Hispanidad y no Españolidad para atenerme al viejo concepto histórico-geográfico de Hispania, que abarca a toda la península ibérica. Digo hispanidad y no españolidad para incluir a todos los linajes, a todas las razas espirituales, a las que ha hecho el alma terrena y a la vez celeste de Hispania, de Hesperia, de la península del Sol Poniente. Y quiero decir con Hispanidad una categoría histórica, por lo tanto espiritual, que ha hecho, en unidad, el alma de un territorio, con sus contrastes y contradicciones interiores. Porque no hay unidad viva si no encierra contraposiciones íntimas, luchas intestinas.

“La Hispanidad, ansiosa de justicia absoluta, se vertió allende el Océano, en busca de su destino, buscándose a sí misma, y dio con otra alma de la tierra, con otro cuerpo que era alma, con la Americanidad, que busca también su propio destino…

Y completa el intelectual falangista José María García de Tuñón Aza explicando que:

“…Es muy posible que el ilustre vasco [Unamuno] haya sido el primero en utilizar el vocablo “Hispanidad” con un sentido histórico y cultural”…

Y que para Unamuno ese término designaba

“…La unidad profunda del mundo hispánico, España y América del Sur”. “La base de aquella homogeneidad se encontraba a juicio del pensador vasco –explica García de Tuñón–, no en la raza, en la religión o en la realidad política, sino en la lengua castellana”. “Lenguaje –dice Unamuno– de blancos, y de indios, y de negros, y de mestizos, y de mulatos; lenguaje de cristianos, y de ateos; lenguaje de hombres que viven bajo los más diversos regímenes políticos”.

Los portugueses. Antonio María de Sousa Sardinha y otros hispanos

Hubo un pensador de origen portugués, don Antonio María de Sousa Sardinha [pr. “Sardiña”], fallecido prematuramente a los 37 años, quien fue en principio un apasionado defensor de la monarquía en Portugal. Se enroló en la corriente del Integralismo Lusitano, de carácter sindicalista y católico y habiendo residido largo tiempo en España se volcó a la opinión (hoy sostenida por muchos a ambos lados de las fronteras ibéricas) de que se debe concretar una unión entre la república lusitana y el reino español, una ciudadanía común. Estudiando las realizaciones de ambas naciones por el mundo, Sousa Sardinha llegó al convencimiento de que hay una auténtica Hispanidad, concepto en que engloba a España y Portugal y las naciones surgidas de la obra de ambas.

Es que el Portugal también es “Hispania”, nombre latino anterior a la formación de los reinos ibéricos que dieron lugar a ambas modernas naciones. Con entera razón decía el romántico portugués del siglo XIX João Baptista de Silva Garret, en su estudio sobre Camoens, que:

“Somos hispanos e devemos chamar hispanos a cuantos habitamos a península hispana”,

afirmación que adoptó Menéndez y Pelayo y la iba divulgando por todas partes.

(Permítanme esta digresión, para recordar una sola bella estrofa del citado Luis Vaz de Camoens, poeta, historiador y soldado portugués, gran devoto de la Virgen María, que escribió para ensalzar la Hispanidad versos recordados por otro inmenso hispanista que fue el padre Isidro Gomá y Tomás, de cuya inestimable aportación me ocuparé en su lugar).

Escribió Camoens:

“Del Tajo a China el portugués impera,
De un polo al otro el castellano boga,
Y ambos extremos de la terrestre esfera
Dependen: o de Sevilla, o de Lisboa”.

Y con ello cantaba nuestra pasada grandeza, grandeza que es nuestra, de todos los hispanos, a quienes Dios nos puso en el mundo para bien de la humanidad, a pesar de cuanto chillen todos los mono-pensantes. Y en especial, aquella ralea de torpes que gritan a voz en cuello que “ojalá los españoles nunca hubieran llegado a América”, olvidando que si algunos españoles no hubieran sembrado su simiente en nuestras tierras… ellos, mestizos que reniegan de su estirpe –en vez de proclamar con orgullo que son una cepa nueva, conjunción de lo mejor de los dos mundos– no estarían incordiándonos aquí y ahora con sus reclamos.

Más allá todavía de Sardinha y de Menéndez y Pelayo iba el eminente catalán Eugenio D’Ors i Rovira cuando afirmaba que, siendo hispano y español, era por eso también portugués, y que encontrándose en tierra portuguesa estaba en su hogar; y que por la misma causa y semejantes circunstancias, también era americano.

Por su parte, el hispanista francés profesor Jean Frédéric Schaub, contemporáneo nuestro, dijo hace poco que:

“…Para muchos escritores portugueses, como para muchos desconocidos que legaron a la posteridad sus archivos, no hay ninguna incompatibilidad entre su pertenencia a la corona de Portugal y a la vez a la Hispanidad…”.

Zacarías de Vizcarra Arana (1880-1963)

Zacarías de Vizcarra Arana (1880-1963)

Monseñor Zacarías de Vizcarra Arana, el creador del concepto moderno de Hispanidad

Aproximadamente por el primer cuarto del siglo pasado vivía acá, en Buenos Aires, un clérigo español de origen vasco, consagrado luego en 1947 obispo de Ereso, don Zacarías de Vizcarra Arana. Había llegado a la Argentina en 1912 y sólo retornó a la Península natal a pedido del cardenal Gomá, casi sobre el fin de la guerra española, para colaborar con este gran prelado en múltiples tareas de alto nivel. Fue destinatario de uno de los mayores elogios que el papa Pío XII otorgaba a los mejores sacerdotes del mundo, junto con una medalla de oro recibida al cumplir sus bodas de oro sacerdotales en 1956 y ese mismo año el gobierno español le concedió la Gran Cruz de Isabel la Católica con una nota donde resaltan estos encomiásticos términos:

“Fue nuestra querida y admirada víctima ya que sobre él cayó siempre el peso más difícil…”

Su obra es extensísima, porque fue no sólo un erudito, un pensador, un maestro, sino fundamentalmente un creador y un hombre de acción. Sus realizaciones son difícilmente enumerables, tantas fueron, pero me permito mencionar acá a siquiera dos: en Buenos Aires fundó la acreditadísima revista católica Criterio, y en España, la no menos célebre publicación Ecclesia, órgano central de la Acción Católica Española, de la que fue Consiliario General durante veinte años, hasta el día de su muerte; y escribió un libro que tituló gallardamente: Vasconia españolísima. Fue autor de numerosos trabajos literarios, varios de ellos dedicados al tema, para él, recurrente, de nuestra Hispanidad. A mí me compró el alma un estudio suyo que publicó parcialmente en Buenos Aires la revista porteña Acción Española (también de su creación e impulso), titulado “El Apóstol Santiago y el mundo hispano”, que recogí por Internet.
Pues bien: residiendo en Buenos Aires el padre Zacarías publicó en 1926 un artículo muy comentado y bien recibido que tituló “La Hispanidad y su verbo”, mediante el que proponía con vigor el cambio del nombre dado al 12 de octubre, tanto en España cuanto en Hispanoamérica, del poco afortunado “Día de la Raza” al veraz “Día de la Hispanidad”. En 1937, en plena guerra española, volvió a su patria para servirla y allí permaneció hasta su fallecimiento en 1963 a sus 83 años cumplidos. En aquel histórico artículo Vizcarra escribió lo siguiente:

“Estoy convencido de que no existe palabra que pueda sustituir a ‘Hispanidad’… para denominar con un solo vocablo a todos los pueblos de origen hispano y a las cualidades que los distinguen de los demás. Encuentro perfecta analogía entre la palabra ‘Hispanidad’ y otras dos voces que usamos corrientemente: ‘Humanidad’ y ‘Cristiandad’. Llamamos ‘Humanidad’ al conjunto de todos los hombres, y ‘humanidad’ (con minúscula) a la suma de las cualidades propias del hombre. Así decimos, por ejemplo, que toda la Humanidad mira con horror a los que obran sin humanidad. Asimismo llamamos ‘Cristiandad’ al conjunto de todos los pueblos cristianos y damos también el nombre de ‘cristiandad’ (con minúscula) a la suma de las cualidades que debe reunir un cristiano. Esto supuesto, nada más fácil que definir las dos acepciones análogas de la palabra ‘Hispanidad’, la cual significa, en primer lugar, el conjunto de todos los pueblos de cultura y origen hispánico diseminados por Europa, América, África y Oceanía; y expresa, en segundo lugar, el conjunto de cualidades que distinguen del resto de las naciones del mundo a los pueblos de estirpe y cultura hispánica”.

Y completando en otro lado el alcance del término dice, con eximia concisión:

“El concepto de la «Hispanidad» no incluye ninguna nota racial que pueda señalar diferencias poco agradables entre los diversos elementos que integran a las naciones hispánicas. Es un nombre de «familia», de una gran familia de veinte naciones hermanas, que constituyen una «unidad» superior a la sangre, al color y a la raza de la misma manera que la ‘Cristiandad’ expresa la unidad de la familia cristiana, formada por hombres y naciones de todas las razas, y la ‘Humanidad’ abarca sin distinción a todos los hombres de todas las razas, como miembros de una sola familia humana. Es una denominación que a todos honra y a nadie humilla”.

Luego, en 1944, en un artículo suyo titulado “Origen del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad”, y refiriéndose a cómo, principalmente Maeztu y Gomá, le habían acreditado la creación de ese vocablo, el modesto sacerdote vasco protesta preferir la opinión de otro gran español-argentino, don Manuel García Morente, quien había escrito poco antes:

“Existe una palabra –lanzada desde hace poco a la circulación por monseñor Zacarías de Vizcarra– que, a mi parecer, designa con superlativa propiedad eso precisamente que la filosofía de la historia de España aspira a definir. La palabra aludida es ‘Hispanidad’”.

Y el padre Zacarías dice que:

“Veremos en estas líneas cómo es más aceptable la frase del Dr. García Morente que las demás antes citadas, [de Ramiro de Maeztu y de monseñor Gomá y Tomás] aunque quizá en alguna de ellas se habrá tomado «crear» en el sentido lato de «lanzar a la circulación», que admite explicación [más] satisfactoria”.

Ejerciendo su proverbial modestia para mejor demostrar que él no había inventado la palabra, va a mencionar un antiquísimo libro español, escribiendo esto:

“Tan antigua es esta palabra en su sonido material, que la encontramos en el Tractado de Ortographia y accentos del bachiller Alexo Vanegas, impreso en Toledo, sin paginación, el año de 1531.”

Y para rematar su indagación histórica, expresa en el mismo trabajo literario su creencia de que:

“…Es probable que los romanos del siglo primero después de Cristo empleasen la palabra «hispánitas» (hispanidad) para designar los giros hispánicos del latín de Quintiliano, en el mismo sentido [en] que el propio Quintiliano usa la palabra «patavínitas» (paduanidad) al hablar del latín de Tito Livio”.

Habría mucho que exponer sobre este español ilustre, pero debo poner aquí punto final a su merecida exégesis. Sólo agregaré que la Real Academia Española, a veces un tanto demasiado parsimoniosa, recogió sin embargo las acepciones propuestas por el padre Vizcarra al término en estudio, “Hispanidad”, a partir de 1947, para su bien ganada satisfacción.

Este sacerdote, vasco magnífico que se sentía también argentino, fue, sin duda alguna, quien dio al vocablo Hispanidad el sentido exacto con que hoy lo pronunciamos. Y porque fue él quien, en modo eminente, despertó el entusiasmo aletargado de sus contemporáneos mostrándoles el legado inmarcesible de sus glorias acreditadas y señalándoles, con discreción pero con firmeza, el deber, esto es, la continuación de la empresa (como luego la definirá José Antonio), es que quiero rendirle en este día, fecha memorabilísima de nuestra nacionalidad, mi emocionado homenaje.

Al padre Zacarías de Vizcarra Arana, pues, todo honor y toda gloria.

Ramiro de Maeztu (1875 - 1936)

Ramiro de Maeztu (1875 – 1936)

Ramiro de Maeztu Whitney, el gran expositor –y profundizador– de la Hispanidad

Entre los años 1928 y 1930, fue embajador español en la Argentina el célebre pensador –e iluminador nuestro– don Ramiro de Maeztu Whitney, cuyo segundo apellido obedece a que su madre fue inglesa. Su nombre quedó hasta ahora como un sinónimo del de la Hispanidad, porque don Ramiro –otro más de los hombres honestos asesinados en 1935 por la bestialidad de los rojos– llegó a escribir la obra más completa y maravillosa atinente al tema, titulada, precisamente: “Defensa de la Hispanidad”, a la que –entrando ya en el tramo final de mi exposición– me referiré en seguida. Estando en Buenos Aires, don Ramiro se conectó, inevitablemente, con el padre Vizcarra Arana. Más tarde, el 15 de diciembre de 1931, apareció en Madrid el primer número de una revista católica de orientación monárquica, titulada “Acción Española”, cuyo principal artículo era un escrito de don Ramiro de unas 8 páginas denominado, precisamente, “La Hispanidad”, cuyo contenido pasó más tarde a integrar su famoso libro “Defensa…”, antes aludido.

Allí nos dice Ramiro, breve y contundentemente que:

«’El 12 de octubre, mal titulado el Día de la Raza, deberá ser en lo sucesivo el Día de la Hispanidad.’ Con estas palabras encabezaba su [número] extraordinario del 12 de octubre último un modesto semanario de Buenos Aires, El Eco de España. La palabra se debe a un sacerdote español y patriota que en la Argentina reside, D. Zacarías de Vizcarra. Si el concepto de Cristiandad comprende y a la vez caracteriza a todos los pueblos cristianos, ¿por qué no ha de acuñarse otra palabra, como ésta de Hispanidad, que comprenda también y caracterice a la totalidad de los pueblos hispánicos?».

Ése fue, sin duda, el final del recomienzo de nuestra obra en curso de ejecución, la reunión hispánica.

Ya en 1927 don Miguel de Unamuno había escrito que prefería el término “Hispanidad” al por entonces más utilizado de “Españolidad” porque lo consideraba más abarcativo e ilustrativo.

En 1931 el por entonces intelectual comunista y luego converso a la causa nacional, don Santiago Montero Díaz, opositor a los separatismos que entonces como ahora tironeaban para desarmar la unidad española peninsular, escribió acerca de:

“…El conjunto de naciones ligadas por una comunidad de intereses y subordinadas a una denominación común de Hispanidad»…

En 1934 publicó Ramiro de Maeztu su obra cumbre reiteradamente aludida, “Defensa de la Hispanidad”, cuyos ecos aún perduran incluso en este mundo tan hostil a los valores de la nación hispanoamericana. Con esta publicación o, más bien, por su influencia, fue que se impuso definitivamente esa denominación para la fecha que hoy nos congrega.

Pocos meses después, el 12 de agosto del mismo año, vino a dar un impulso definitivo a la nueva corriente de la Hispanidad, que dura hasta nuestros días, una conferencia dictada en Buenos Aires por el entonces Arzobispo de Toledo, monseñor Isidro Gomá y Tomás a la que me referiré al concluir el tema de Maeztu.

Al año siguiente, en la misma fecha celebratoria, y en que Ramiro de Maeztu pronunció un recordado discurso en la Academia Española sobre el “Descubrimiento y colonización de América”, apareció también en el número inaugural de la revista madrileña “Hispanidad” un nuevo artículo suyo titulado “Día de la Hispanidad”.

Un año después, Ramiro fue asesinado, sin juicio ni defensa ni condena. Simplemente, porque no era de izquierdas. Nada más que por ser un buen hombre, tímido e inofensivo, gentil y caballeroso.

Pero su ideario, excepto en lo que se refiere a su filiación monárquica, fue adoptado por los falangistas mismo durante el curso de la cruenta guerra de 1936 a 1939. En 1938 se volvió a publicar su libro mencionado “Defensa…”, y desde entonces hay periódicas reediciones que ilustran en ese ideario de paz y mancomunidad a las sucesivas nuevas generaciones.

(Cabe destacar que este mismo día en que hoy estamos, se celebra también el día de la Virgen del Pilar, Patrona de España y Jefa Espiritual de la Guardia Civil).

Ramiro de Maeztu Whitney fue, como antes dije, hijo de padre español y de madre inglesa. También su esposa fue inglesa y él mismo vivió durante 15 años en las Islas Británicas. Cuando le propusieron hacerse súbdito inglés, les respondió aterrorizado: “¡No, no, nunca! ¡Soy español!”, y retornó definitivamente a España.

En 1928 fue designado embajador en la Argentina, cargo que ocupó durante dos años. Luego, como antes había anticipado, en 1934 al aparecer la revista “Hispanidad” en su primer número se publicó el primero de la serie de 23 artículos aparecidos entre 1931 y 1934, que más tarde Ramiro recopiló para publicarlos bajo el título de su famoso libro, tantas veces mencionado hoy, “Defensa de la Hispanidad”. Y desde el número 28 de esa revista hasta su muerte por asesinato a manos de los rojos en 1936, de Maeztu fue el director de la publicación.

defensa-de-la-hispanidad-maeztuDe esta obra cumbre quiero transcribir sólo estos dos párrafos, porque ilustran magistralmente, en su brevedad, lo que por Hispanidad entendemos los falangistas. Dice Ramiro:

“La Hispanidad, desde luego, no es una raza. […] “Sólo podría aceptarse en el sentido de evidenciar que los españoles no damos importancia a la sangre, ni al color de la piel, porque lo que llamamos raza no está constituido por aquellas características que puedan transmitirse a través de las obscuridades protoplásmicas, sino por aquellas otras que son luz del espíritu, como el habla y el credo. La Hispanidad está compuesta de hombres de las razas blanca, negra, india [quiso decir: “india americana”] y malaya, y sus combinaciones, y sería absurdo buscar sus características por los métodos de la etnografía”.

“También lo sería por los de la geografía. Sería perderse antes de echar a andar. La Hispanidad no habita una tierra, sino muchas y muy diversas. La variedad del territorio peninsular, con ser tan grande, es unidad si se compara con la del que habitan los pueblos hispánicos”. […] “Y esta falta de características geográficas y etnográficas, no deja de ser uno de los más decisivos caracteres de la Hispanidad. Por lo menos es posible afirmar, desde luego, que la Hispanidad no es ningún producto natural, y que su espíritu no es el de una tierra ni el de una raza determinadas”.

En fin, cada capítulo del libro se corresponde con alguno de los famosos 23 artículos publicados en la revista, y una lectura de sus diversos títulos, de entrada nos ilustra sobre su contenido. Por ejemplo: “Las luchas de Hispanoamérica”, “El humanismo español”, “El humanismo materialista”, “El principio del crecimiento”, “La igualdad humana”, “Filipinas y el Oriente”, etcétera y etcétera. Cada tema es abordado por Ramiro como un trabajo terminado en sí mismo, por lo que con cada lectura distinta sus lectores vamos aprendiendo tanto que, cuando repasamos lo aprendido, nos parece increíble. Así de grandioso es su arte de escribir. Yo me permito recomendar, a los más jóvenes en particular, porque seguramente ellos no han tenido oportunidad de abrevar en las aguas prodigiosas del pensamiento maeztiano, y luego a todos cuantos no se acercaron nunca a la obra de este gran hispanista, que hagan lo posible por leerlo, así fuere de a poco. Ya les transmití el sitio web de nuestra Delegación falangista, donde encontrarán esta publicación, así como la muy relacionada disertación de monseñor Gomá, que luego fue su amigo.

Aquellos homúnculos que a duras penas debemos llamar hermanos nuestros, esos pistoleros sin Dios, sin patria y sin ley que lo apresaron y lo maltrataron, cuando finalmente lo clavaron a tiros contra una pared, no saben el bien inefable que le hicieron al bueno de Ramiro: gracias a sus balas impías él se fue derecho y sin más trámite a las estrellas, a donde moran todos los grandes de Dios y de la patria, a la diestra del Redentor. Y allí está, para siempre jamás, sin duda abogando por todos cuantos intentamos seguir sus huellas con afán –aunque nunca podamos emparejar su grandeza.

Cardenal Isidro Gomá (1869 - 1940)

Cardenal Isidro Gomá (1869 – 1940)

Monseñor Isidro Gomá y Tomás, arzobispo de Toledo, el preclaro impulsor

El 12 de agosto de 1934, se realizó en el Teatro Colón de nuestra Buenos Aires una celebérrima conferencia a cargo del sacerdote español monseñor Isidro Gomá y Tomás, entonces Arzobispo de Toledo y a partir del año siguiente Cardenal Primado de España, con el feliz título de “Apología de la Hispanidad”. Decir que la repercusión de esta conferencia, luego publicada en letras de molde, fue extraordinaria es decir bien poco. Fue, me parece, consagratoria, y tengo para mí que contribuyó un tanto –un buen tanto– a la elevación al cardenalato de monseñor Isidro (cargo que él honró después sobremanera constituyéndose, sin duda para mí, en el más ilustre prelado español del siglo.

La conferencia tuvo su fundamento en aquel artículo inaugural del padre Vizcarra antes dicho, “La Hispanidad y su verbo”, publicación que fue la expresión literaria más afortunada del siglo para nuestra causa, pues por ella levantó cabeza una vez más el espíritu inmortal de nuestra nacionalidad.

Es decir que, en base al impulso dado al concepto de que tratamos y por eso mismo a la idea que compartimos, por aquel grande vasco que fue su impulsor, el padre Vizcarra, el terreno estaba abonado para que este otro grande –catalán para ejercer– que fue el obispo Gomá, le diera a tan trascendente tema el envión que lo catapultó al genio de su gran coterráneo Ramiro de Maeztu y, desde él, a los cuatrocientos millones de hispanos que hoy somos.

La conferencia se hizo en oportunidad de celebrarse oficialmente por el gobierno argentino en pleno la fecha epónima, por invitación cursada a instancias de la jerarquía eclesiástica argentina (qué diferencia con la atualidad). A poco de iniciar el tema, el obispo Tomás y Gomá ya define una de las propiedades de la Hispanidad. Dice:

“Mi tesis, para la que quiero la máxima diafanidad, es ésta: América es la obra de España. Esta obra de España lo es esencialmente de catolicismo. Luego, hay relación de igualdad entre hispanidad y catolicismo, y es locura todo intento de hispanización que lo repudie.

“Creo que ésta es la pura verdad. Si no lo creyera, no rompería por ella una lanza. Ahora sí: cuantas estén a mi alcance. Y, Quijote o no, a su conquista voy, alta la visera, montado en la pobre cabalgadura de mis escasos conocimientos y de mi lógica, pero sin miedo a los duendes del laicismo naturalista, a los malandrines de la falsa historia o a los vestigios envidiosos de la grandeza de mi patria”.

Luego se aboca a estudiar por qué y cómo la Hispanidad emerge siempre, una y otra vez, maguer le pese a sus enemigos.

Una parte sombría de su conferencia, porque atañe a sucesos que hoy vuelven a encender la llama de la discordia peninsular, es la que se refiere a los separatismos, causa eficiente de la guerra. Y allí el vigoroso obispo fustiga a los extranjeros que buscan la destrucción de España fogoneando aquellas actitudes secesionistas y apoyando a sus estúpidos partidarios. Alude a:

“…La acción clandestina de fuerzas internacionales ocultas, que tratan para sus fines de balcanizar a España, rompiendo a la vez el molde político y religioso en que se vació nuestra unidad nacional”.

Y sienta una tesis de la que yo, personalmente, y muchos otros argentinos hoy en día, nos hemos hecho cargo en aras de purificar la historiografía americana de la faramalla ponzoñosa sembrada por el enemigo de todos nosotros; tanto de quienes estamos en la huella de la verdad cuanto de los numerosos estólidos que viven embobados, y engañados supinamente acerca de la nacionalidad que creen detentar. Dice monseñor Isidro, con toda veracidad:

“El fin del imperio español en América –lo ha demostrado André en un libro así rotulado– no se debió al ansia de libertad de unos pueblos “esclavizados” por la metrópoli, sino a una serie de factores históricos e ideológicos […]”.

(La Falange empareja esta vigorosa opinión, y es por eso que viene impulsando un conjunto de estudios revisionistas que permitan despejar nuestra historia de la hojarasca masónica que tapa y encubre la realidad de los hechos acaecidos, que no es otra que la acción de los imperialistas y colonialistas en procura de imponer su dominio para mejor explotarnos. Pero quede en claro que los investigadores falangistas no pretenden caer en la iconoclastia pedestre de los marxistas fracasados, esto es, aplicar el enroque taimado que ellos practican desde su esencial amoralidad –como por ejemplo, denostar por una lado a los santos de la Iglesia y al mismo tiempo promocionar la figura del obsceno y vulgar homicida que fue el “Che” Guevara, pretendiendo hacerlo pasar por un hombre de buena fe y un mártir verdadero).

En seguida de aquella histórica proclama expresa el arzobispo algo que la Falange también sostiene y que es uno de los puntos expectables de su doctrina. Dice don Isidro Gomá y Tomás en la misma alocución:

“[…] La Hispanidad es algo espiritual que trasciende por sobre las diferencias biológicas y psicológicas y los conceptos mismos de nación y de patria”.

Y dice muchas más cosas esenciales el ilustre sacerdote catalán, que yo les invito a leer y a degustar en el texto de esta conferencia magistral y consagratoria.

Vaya también para él un pensamiento piadoso, en memoria de su lucha impar a favor de los principios más altos que puede sustentar un hombre y que son: el amor de Dios y el servicio de sus semejantes.

Manuel García Morente, el ¿romántico? y augur de la Hispanidad

Residió en la ciudad norteña de San Miguel de Tucumán, capital provincial argentina, otro español ilustre con cuya obra ejemplar Lecciones Preliminares de Filosofía yo, como tantos miles de argentinos, descubrí a esa disciplina respecto de la cual contestaba Aristóteles cuando le preguntaban para qué sirve, que “ella no sirve porque no es sirvienta sino reina”. Él fue mi maestro mediante el milagro del libro, elemento esencial para toda cultura que se precie porque nos pone en comunicación, a través de mares de tiempo y de distancia, con las mentes de otros hombres aunque ellos ya no estén en cuerpo y alma en este mundo. Es que don Manuel García Morente, sacerdote español –andaluz para quien quiera saberlo– que había sido nombrado Consejero Miembro del Consejo de la Hispanidad justo el mismo mes y muy cerca del día en que yo nací bajo este cielo, falleció, lamentablemente, pocos meses después a sus jóvenes 50 años.

Cuando contaba tan sólo 24 de edad, ganó el concurso de oposición y obtuvo la cátedra universitaria de Ética en la Universidad Central de Madrid –vean ustedes qué pichón de lumbrera se ganó la Hispanidad, que a punto estuvo de perderlo porque su padre lo había mandado a educarse en Francia pero donde, pese a todas las influencias, Manuel no se plegó nunca a la decadente douceur de vivre que caracteriza a esa sensualista población. (José Ortega y Gasset fue, en aquella oportunidad, uno de los jueces que lo analizó en el concurso).

Catorce años después, era designado Decano de la Facultad de Filosofía y Letras y muy pocos años más tarde, durante la presidencia republicana de Niceto Alcalá Zamora, asumió la Subsecretaría de Instrucción Pública. Pero desencadenada ya la guerra civil, fue destituido de su decanato universitario por los enemigos de España, se mudó primero a París, donde fue ordenado sacerdote y finalmente viajó a la Argentina, donde arribó el 10 de junio de 1937 para aceptar el ofrecimiento que se le hizo de ocupar el Rectorado de la Universidad de Tucumán. De sus clases magistrales es que, por nota que tomaron sus estudiantes, se formó aquel libro que nos despertó a tantos sudamericanos a la belleza difícil pero dadivosa del pensamiento filosófico.

Pues bien. Estuvo entre nosotros tan sólo un breve año, un período corto pero pleno de realizaciones intelectuales.
Cuando estaba ya a punto de embarcarse para volver a España fue que dictó su extraordinaria conferencia en dos sesiones, durante los días 1 y 2 de junio de 1938 y dos días después, se embarcó para retomar su cátedra en Madrid y, contrariando su ferviente deseo, no poder regresar jamás. Las dos sesiones de su famosa conferencia referida a la Hispanidad, él las había titulado así: Parte I, España como estilo, y Parte II, El caballero cristiano.

En su disertación dice cosas robustas como el roble, y veraces, y agudas como el filo de una espada de Toledo. Por ejemplo, este breve aserto:

“Lo que Inglaterra y Francia, seguidas luego por Alemania e Italia, se han esforzado por ser y hacer en la tierra es –no lo olvidemos– una idea que España pensó y realizó la primera en la historia del mundo moderno”.
Esto es, digo yo, la patria universal, la Hispanidad.

Criticando la situación del momento, dice sin ambages:

“La Internacional comunista de Moscú resolvió ocupar España, apoderarse de España, destruir la nacionalidad española, borrar del mundo la hispanidad y convertir el viejísimo solar de tanta gloria y tan fecunda vida en una provincia de la Unión Soviética. De esta manera el comunismo internacional pensaba conseguir dos fines esenciales: instaurar su doctrina en un viejo pueblo culto de Occidente y atenazar la Europa central entre Rusia por un lado y España soviética por el otro, creando, al mismo tiempo, a las puertas mismas de Francia una base eficaz para la próxima acometida a la nacionalidad francesa. Este plan, cuya base principal era la sovietización –la deshispanización– de España, es el que ha convertido a la nación española hoy en el centro o eje de la historia universal. Porque las circunstancias en que se ha procurado la ejecución de ese plan son tales, que su éxito o su fracaso habría de decidir un punto capital para la historia futura del mundo: el de si es posible o no que la teoría política y social del comunismo prevalezca sobre la realidad vital de las nacionalidades y deshaga–más o menos lentamente– la división de la humanidad en naciones”.

Y de inmediato canta el peán de la esperanza y de la fe en la salvación de la patria terrena, que él obtuvo la gracia de poder saborear en vida –apenas un lustro antes de instalarse en la patria celestial.

El contenido de aquella extensa alocución amerita no menos otra igual de densa conferencia para glosarla. No lo podemos hacer hic et nunc, desde luego. De modo que sólo podré señalar ahora dos breves cosas. Una, que García Morente se convierte y adhiere con fervor a la idea de la Hispanidad y así, dice bajo el subtítulo de “El tema de estas conferencias”:

“El problema inmediato que se plantea es el de descubrir, definir, explicar en qué consiste ese «sí mismo», al cual la nación española ha permanecido siempre fiel. ¿En qué consiste la hispanidad? ¿Qué es esa España idéntica y diversa a lo largo del tiempo? ¿Qué es ese «ser» de lo hispánico, al cual la historia de España se subordina de una punta a otra de su largo camino? En estas conferencias nos hemos propuesto, precisamente, responder –con mayor o menor exactitud– a esas preguntas. Estas conferencias no son otra cosa que un esfuerzo por apresar, en palabras y en conceptos, algo, al menos, de esa impalpable esencia que venimos llamando la hispanidad”.

En este tramo el disertante se refiere, a la vista está, al concepto de aquella hispanidad con minúscula, que habría dicho el padre Vizcarra, la que se atiene a los caracteres propietarios antes que a la esencia de la cosa hispánica. Pero avanzando en su discurso, el maestro García Morente arribará con pulso sereno y rumbo seguro a aquella esencia, que lo deslumbrará como luego nos habrá de deslumbrar a tantos de nosotros.

Pero no habrá de ocurrir en ese momento sino algo después. En un escrito suyo aparecido en la revista Ecclesia, órgano de expresión de la Acción Católica Española, apenas unos días antes de su muerte, que él tituló “El elemento religioso en la formación de la nacionalidad española y de la Hispanidad”, allí sí pega en diana y dice cosas como:

“…La expansión de la hispanidad por el mundo”[…] “…si el hombre hispánico se trasladó a América, no para esta o aquella finalidad parcial, sino para vivir la totalidad de su vida, entonces es claro que hubo de llevarse consigo todo su ser, toda su índole…” […] “Aquellos españoles que se fueron a América, no a comerciar ni a vigilar los mares, sino a vivir, simplemente y absolutamente, a vivir, sentían en su vida, como de su vida, el cristianismo”;

para terminar con esta afirmación premonitoria:

“La época de nuestra historia, que suele llamarse moderna y contemporánea, es una muda y trágica protesta española frente a lo que se piensa y se dice y se hace en el resto del mundo. Como todo lo nuestro, esa protesta adquiere a veces proporciones de increíble grandeza, en gesto sublimemente desgarrado y dramático. Porque en los corazones cristianos jamás se extingue la esperanza ni se agota nunca la confianza en Dios. Pero la humanidad presente, que visiblemente vuelve a Dios un rostro acongojado y contrito, prepara sin duda a la idea hispánica en el mundo y en la historia, nuevas y fecundas ocasiones de acción y de triunfo.”

Como hubiera dicho con unción Souza Sardinha, de haber podido leerlo: “Si Deus quizer”.

Dos, que García Morente, elevándose místicamente a las alturas donde mora el espíritu de la poesía, desencarnado de la cruda realidad, quiere creer en la posibilidad de restaurar el tipo del caballero cristiano que posibilitó la conquista de América y de tierras y de hombres en el África y en el Asia. Y eso, realmente no parece fácil ni probable al presente, aunque idealmente fuera posible. Es otra la cultura de aquel tiempo, bastante diversa de la de aquel año de 1938 y nada digamos de lo que es la cultura de hoy, fuera y dentro de España. Si, como quería el padre Manuel, sólo el caballero cristiano es capaz de restablecer la Hispanidad, casi diría que renunciaríamos a la lucha, porque bien sabemos lo lejos que nosotros mismos estamos de aquel modelo de hombre excepcional. Yo no dudo de que haya muchos hispanos varones y mujeres, muy capaces y muy cerca de alcanzar aquella elevada categoría moral y ejemplo de vida, pero dudo de que, siendo tantos, aún no alcanzarían a constituir un abono suficiente para la ríspida aridez espiritual que afecta al alma de las gentes de nuestro siglo. El ideal de García Morente se nos aparece, al menos hoy, como un ideal romántico; y ya sabemos lo disolvente que el romanticismo puede ser cuando es mal interpretado. Enervaría nuestra voluntad de ser y de hacer la sola premisa de que antes de poner manos a la obra, debiéramos convertirnos en perfectos caballeros de la fe. Nuestro padre José Antonio decía, casi como si nos diera en esto la razón, que muy bueno es poder encerrarse en la torre de cristal para filosofar, pero que el ruido que llega de la calle no nos deja pensar y nos reclama atrayéndonos a la lucha que allá abajo se está librando, y que a esa liza no la podremos evadir.

Mi conclusión es que nos conformemos con lo que somos para empezar, teniendo siempre en ejecución la tarea de superarnos y perfeccionarnos moral y mentalmente al mismo tiempo que, convenientemente arremangados, tengamos manos en la obra sin prisas pero sin pausas –sólo aquéllas que nos imponen las necesidades de nuestra humana constitución.

Yo ofrezco una oración a la memoria de don Manuel García Morente, sacerdote, maestro de virtud y apologista y augur de la Hispanidad.

José Antonio y Ramiro Ledesma

José Antonio y Ramiro Ledesma

José Antonio Primo de Rivera, el mejor hombre de España

Finalmente, y para concluir, arribamos a la figura y a la pluma de nuestro queridísimo José Antonio Primo de Rivera, fundador principal de nuestra Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas.

No voy a alargar esta comunicación efectuando referencias biográficas ni históricas en torno a nuestro amado José Antonio. Hay publicadas en Internet no solamente abundantes biografías sino también sus Obras Completas, que incluyen, gracias a los continuos estudios que su nombre estimula año tras año, también escritos que hasta hace muy poco permanecían inéditos.

Para hablar cabalmente de José Antonio se requeriría mucho tiempo y por lo menos una sesión dedicada en forma exclusiva a él y a su obra, y es por eso que toda explicación sencilla de esa su obra gigantesca, que él llevó a cabo en sus jóvenes treinta y tres años transcurridos de la cuna a la tumba, sólo incurriría en simplificaciones engañosas o ineficaces. Él, que fue un artista consumado de la palabra certera bellamente ensamblada, que estaba dotado de una claridad mental y de una madurez intelectual y emocional que no se encuentran ordinariamente sino en hombres de mucha mayor edad y de mucho más largas luchas y debates, era un orador de una rara belleza, y especialmente, de una concisión sin precedentes en la oratoria política. Con dos o tres párrafos enhebrados a su manera única e irrepetible, José Antonio daba cuenta de lo que para la mayoría de nosotros no se puede decir sino con muchas palabras y circunloquios y hasta con abundante mímica. Con sus jóvenes años, estaba en el grupo poco numeroso de los que en España hablaban correctamente el idioma inglés por aquellos tiempos, y dominaba además perfectamente el francés. Siendo abogado de formación y de profesión, amaba las matemáticas, y yo creo que ése era en parte el secreto de su rara habilidad expresiva.

En el orden de sus fundaciones hasta llegar a Falange Española de las JONS, (o FE-JONS como se pronuncia abreviadamente), José Antonio fundó primero un movimiento que llamó Acción Española; luego, lo renombró Falange Española y bajo este nombre se empezaron a enrolar centenares de jóvenes, más tarde muchos miles de hombres de las más diversas procedencias, todos ellos idealistas y que sentían hervir su sangre, estremecidos de furor por lo que le estaban haciendo a su patria. (Durante la guerra de 1936 al 39, hubo no menos de 200.000 falangistas en armas). Luego se acercaron a él dos jóvenes brillantes, miembros dirigentes de un movimiento castellano que se llamaba Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas. Eran Onésimo Redondo Ortega, muerto en combate por la patria, y Ramiro Ledesma Ramos, asesinado a mansalva por los rojos en el fatídico año de 1936. Con ellos se inició nuestra FE-JONS, y con la colaboración inestimable del héroe de la aviación española Julio Ruiz de Alda Miqueleiz (que fue uno de los cuatro españoles que a bordo de la nave aérea “Plus Ultra”, hoy exhibida en el Museo de Luján, cruzaron volando por primera vez en la historia el Océano Atlántico, proeza que se llevó a cabo en la trayectoria de España a la Argentina. Ruiz de Alda fue él también cobardemente asesinado en la cárcel por los rojos).

Quedó de aquel modo fundada para siempre nuestra madre Falange, de la que los afiliados del presente somos los legítimos y únicos propietarios. “Falange Española hay una sola”, pronuncian nuestros reclutas, y todo otro grupo que se arrogue esta denominación no es sino uno más de los que contribuyen a la “sopa de letras” con que se intenta confundir a los jóvenes idealistas y patriotas, tratando de endilgarles ideologías autoritarias, racistas y ajenas al espíritu español y católico de la genuina hispanidad.

En los muy conocidos 27 Puntos Programáticos de la Falange, escritos por Ramiro Ledesma Ramos a solicitud de José Antonio, retocados luego por éste y publicados como programa permanente en octubre de 1934, leemos:

“Punto 2: España es una unidad de destino en lo Universal”.

Si bien está claro que en lo inmediato hace referencia a los separatismos disgregadores que querían romper la unidad del pueblo español (como lo pretenden ahora mismo), los exégetas más autorizados del pensamiento joseantoniano ven en esta expresión, también la afirmación de una unidad hispanoamericana que, ciertamente, estaba en el pensamiento de José Antonio comunicado a amigos y colaboradores.

Pero inmediatamente después, el Punto 3 expresa:
“Respecto de los países de Hispanoamérica, tendemos a la unificación de cultura, de intereses económicos y de poder. España alega su condición de eje espiritual del mundo hispánico como título de preeminencia en las empresas espirituales”.

Y para culminar este estudio, vayan dos breves transcripciones de la facundia prodigiosa de nuestro amado José Antonio, tomadas de sus Obras Completas. Refiriéndose en forma no expresa a la gran España que es la Hispanidad, dice:

“La personalidad, pues, no se determina desde dentro, por ser agregado de células, sino desde fuera, por ser portador de relaciones. Del mismo modo, un pueblo, no es nación por ninguna suerte de justificaciones físicas, colores o sabores locales, sino por ser otro en lo universal; es decir, por tener un destino que no es el de las otras naciones”.

Y de su celebrado artículo editorial que él tituló “La gaita y la lira”, extraigo estos párrafos:

“…Ningún aire nos parece tan fino como el de nuestra tierra; ningún césped más tierno que el suyo; ninguna música comparable a la de sus arroyos. Pero… ¿no hay en esa succión de la tierra una venenosa sensualidad? Tiene algo de fluido físico, orgánico, casi de calidad vegetal, como si nos prendieran a la tierra sutiles raíces. Es la clase de amor que invita a disolverse. A ablandarse. A llorar. El que se diluye en melancolía cuando plañe la gaita. Amor que se abriga y se repliega más cada vez hacia la mayor intimidad; de la comarca al valle nativo; del valle al remanso donde la casa ancestral se refleja; del remanso a la casa; de la casa al rincón de los recuerdos”.
[…] “A tal manera de amar, ¿puede llamarse patriotismo? Si el patriotismo fuera la ternura afectiva, no sería el mejor de los humanos amores. [Porque] Los hombres cederían en patriotismo a las plantas, que les ganan en apego a la tierra. No puede ser llamado patriotismo lo primero que en nuestro espíritu hallamos a mano”.El patriotismo, reitera:
“…tiene que clavar sus puntales, no en lo sensible, sino en lo intelectual”.
[…] No plantemos nuestros amores esenciales en el césped que ha visto marchitar tantas primaveras; tendámoslos, como líneas sin peso y sin volumen, hacia el ámbito eterno donde cantan los números su canción exacta. La canción que mide la lira, rica en empresas porque es sabia en números.
“Así, pues, no veamos en la patria el arroyo y el césped, la canción y la gaita; veamos un destino, una empresa. La patria es aquello que, en el mundo, configuró una empresa colectiva. Sin empresa no hay patria; sin la presencia de la fe en un destino común, todo se disuelve en comarcas nativas, en sabores y colores locales. Calla la lira y suena la gaita. Ya no hay razón –si no es, por ejemplo, de subalterna condición económica– para que cada valle siga unido al vecino. Enmudecen los números de los imperios –geometría y arquitectura– para que silben su llamada los genios de la disgregación, que se esconden bajo los hongos de cada aldea”.

Dispénsenme los amables circunstantes, que hasta aquí han soportado tantas palabras para querer mostrar lo que José Antonio hubiera podido decir en forma inmejorable con muchos menos párrafos de su milagrosa afluencia, que me tome la libertad de recitar estas solas dos estrofas de las extensas Coplas de Guerra, que cantaban los soldaditos falangistas mientras rugía la metralla (y los marineritos Flechas de la Falange, casi niños, cuando iban quemados y golpeados camino del hospital luego de que se hundiera el crucero Baleares):

Con un puñado de sal,
y otro de canela en rama,
hizo Dios a José Antonio
para salvar a la Patria.
Échale amargura al vino,
y tristeza a la guitarra:
camarada, nos mataron
al mejor hombre de España…

Y ya está; no más reminiscencias del pasado.

Yo afirmo y estoy seguro de ello, que el pasado no muere, sino que está siempre contenido en el presente; y que el presente es el único tiempo verdadero y real –porque el futuro es mera expectación de lo que sólo más adelante podrá –o no– sobrevenir.

Decían los griegos que nadie muere verdaderamente, mientras que alguien lo tenga en su memoria. Si pues Dios es por antonomasia la Presencia Eterna, eternos somos por tanto en Su memoria todos nosotros, y en ella moramos juntos los vivos y los muertos, todos los hijos de Dios. Y entonces José Antonio no se encuentra ausente, no. No figuradamente, sino de veras, por obra de Dios él está con nosotros ahora y aquí mismo y como él hubiera querido que lo pensáramos: “en la noche clara, el arma al brazo y en lo alto las estrellas”.

América, cuna de la Hispanidad y la Argentina, su renacimiento

La Hispanidad como idea, como empresa, como patria, nació el día en que Colón y sus marinos, un día como hoy en 1492 arribaron a esta tierra americana alumbrada por la Cruz del Sur.

Se apagaron sus luces cuando triunfaron la perfidia, la astucia, la ambición, cuatro siglos después, aunque no sin que hubiera realizado su obra grandiosa de dar vida a una nueva progenie de cuatrocientos millones, cuantos somos hoy.

Y renació en esta misma antigua ciudad de Santa María de los Buenos Aires con el joven siglo XX para seguir su camino, por obra de españoles que, precisamente por serlo de veras, se sentían también argentinos. Y de los numerosos argentinos que les tomaron la palabra, porque también es necesario sentirse algo español para ser un buen argentino.

Ven ustedes que no hubo acto de refundación hispánica que no se realizara primero en esta ciudad porteña, por donde pasaron como obligadamente los que poseían la voluntad que se requiere tener para empezar toda obra humana de envergadura, como lo es la Hispanidad renovada; y que desde aquí se difundiera urbe et orbe. Desde aquí y bajo este mismo cielo les hablaron al mundo el verbo certero del padre Vizcarra y el discurso vigoroso del obispo Gomá, y les escribieron la pluma potente del sabio Ramiro de Maeztu, y la del el intelecto claro y agudo de García Morente, el escéptico que se hizo religioso cuando se sumó a la empresa.

Y la resguardaron en España los hombres, mujeres y niños que donaron con generosidad caudales de sus vidas y de sus bienes, para derrotar por siempre jamás al Moloc espantoso que anhelaba ver derramada toda la sangre española.

El apellido de España es: Hispanidad

Y ahora sí, el fin. Seré breve (porque ahora puedo serlo).

Sin que haga falta extenderse sobre el tópico para quien busque vinculaciones entre el pensamiento falangista y la idea, cada vez más en alza, de una nueva Hispanidad, puedo permitirme afirmar hoy, aquí, ante todos ustedes, que esta entidad histórica que trasciende su función accesoria de partido político y que actúa dentro del sistema, aunque sin ceder ante él, para difundir por el mundo los principios liberadores del nacionalsindicalismo –nuestra Falange Española de las JONS– considera que España es más que un territorio, es más que un pueblo, es más que un Estado: es la idea de la unidad esencial de todos los hispanos del mundo. La Falange, hoy lo mismo que ayer y que antes de ayer, les dice a todos cuantos pueda interesar, que allí donde esté afincado un hispano, sea peninsular, sea sud o centroamericano, sea filipino o subsahariano, sea norteamericano o sea chino, cualquiera fuera su ascendencia y cualquiera el punto geográfico donde su madre lo dio a luz, allí está viva y vigente como siempre la España eterna, la España del amor que un día dejó de ser una simple patria europea para ser una patria universal; la España que permanece invulnerable a los embates del odio disgregador e inalterable en su prístina constitución primordial, cuyo nombre de familia se escribe, con las mismas letras con que se pronuncia: “HISPANIDAD”.

Nada más.

Una respuesta para La Hispanidad y los hispanos en el pensamiento vigente de Ramiro de Maeztu y de José Antonio Primo de Rivera

  1. Héctor O. Pérez Vázquez Responder

    2 septiembre, 2017 a las 06:33

    Agradezco a esta hermosa página española la getileza de publicar mi modesta conferencia, pronunciada en Buenos Aires en en salón de actos del Instituto Nacional de Revisión Histórica “Juan Manuel de Rosas”, organismo oficial con sede en la calle Montevideo al 641 de la Ciudad de Buenos Aires.
    Los saludo cordialmente y les deseo el mayor de los éxitos en su fecunda tarea de difusión.
    Héctor Osvaldo Pérez Vázquez

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