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6 junio 2016 • Manía persecutoria contra quienes se dejan sus caudales en Barcelona

Manuel Parra Celaya

“Wellcome tourist!”

El_turismo_es_un_gran_inventoEn esta surrealista Barcelona, antaño puerta de entrada de Europa en España, todo es posible, incluso, como saben ustedes, chantajear al Ayuntamiento para que utilice los dineros de los contribuyentes para solaz de los supuestos antisistema -paz callejera a cambio de euros- , a modo de versión actualizada de aquella protección que los gánsteres ofrecían a los comerciantes.

Pues bien, en este panorama cabe incluir una especie de paranoia que tiene en su punto de mira a los turistas que nos visitan, tal como lo oyen; al parecer, son los culpables de muchas cosas, entre ellas de que no entre el número suficiente de refugiados, a los que se da la bienvenida alborozada en una pancarta que afea bastante la fachada de la Casa Consistorial en la plaza de San Jaime.

Esta manía persecutoria contra quienes se dejan sus caudales en nuestra ciudad se lleva a cabo en dos frentes o, si se prefiere, desde dos ofensivas sabiamente coordinadas: por un lado, el frente oficial, encabezado por la señora Ada Colau, que reparte su antipatía y encono entre los militares españoles y los visitantes extranjeros; por otra, el frente callejero y asilvestrado de los conmilitones de quienes queman contenedores y tiene en jaque a los Mossos d´Esquadra, a los que la señora alcaldesa, por cierto, reclama continuamente proporcionalidad y contención frente a los okupas.

Así, en algunos barrios abundan las pintadas de Tourist, go home –reminiscencia de cuando la guerra del Vietnam, por la que perdimos tantas horas de clase y estudio en la Universidad- y las pegatinas que rezan cosas como El turismo mata los barrios. Por supuesto, el tejido social creado desde las covachuelas de la ingeniería social o abiertamente clientelar de una política de subvenciones –también, claro, con dinero público- no es ajeno a los dispendios en adhesivos y espráis.

Sea por llevar la contraria o producto de la racionalidad, uno, ciudadano barcelonés, opta por todo lo contrario: bienvenidos, turistas, wellcome. Y no es solo porque entienda que se mata la gallina de los huevos de oro, ahora que hasta por el entrar en el Parque Güell se han de abonar ocho euros de vellón, ni porque la presencia primaveral de muchachitas rubicundas o de bellos ojos asiáticos resulte muy grata a la vista (con permiso de mi santa esposa), sino porque esos turistas que llevan las Ramblas me parecen un formidable antídoto contra el provincialismo, la cerrazón mental, el catetismo nacionalista y, en general, toda tentación de mirarse el ombligo y rechazar lo foráneo.

Siempre se ha dicho que la facilidad de viajar y la rapidez de comunicaciones propician el acercamiento de los hombres y de los pueblos; por ese motivo, la ETA y sus cómplices querían impedir que el AVE llegara a Bilbao y, por estos lares, hubo quienes hicieron todo lo posible para retrasar la instalación de la alta velocidad entre Barcelona y Madrid, donde –se lo juro- sus habitantes no llevan rabo y cuernos, aunque así lo sostengan los nacionalistas-. Las buenas autopistas, los ferrocarriles modernos, los aeropuertos, son a modo de elementos de exorcismo para conjurar las posesiones de íncubos y de súcubos de ese apartheid, tan caro a los separatistas y separadores.

Seguro que los miles de visitantes diarios de la Sagrada Familia no van a gastar ni una foto de sus cámaras digitales en fotografiar los balcones anejos con la estelada; seguro que las bellas turistas mencionadas no se van a deslumbrar con los señores Puigdemont, Junqueras o Garganté, por ejemplo, y dicho sea sin señalar. Y más seguro aún que los turistas no son los culpables del deterioro de muchos barrios, de la inseguridad de otros y, tirando por elevación, de la adulteración de lo barcelonés y de lo catalán.

Bienvenidos, repito, turistas a Barcelona. Vosotros representáis de alguna forma la universalidad frente a la aldea, el horizonte abierto frente a la cueva, la fraternidad del género humano frente al absurdo nosotros-ellos, la sonrisa frente a la tristeza cejijunta, la curiosidad y la alegría frente al tedio. Y la belleza, en algunos casos, frente a la fealdad, y perdonen por este final algo frívolo.

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