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1 marzo 2016 • Se desató una competencia por imaginar detalles morbosos o macabros • Fuente: La Gaceta

Pío Moa

Los mitos de Guernica y Badajoz, y la técnica de la falsedad profesionalizada (II)

Franco_YagüeOtro gran mito, más bien seudomito típico, es el de la matanza de la plaza de toros de Badajoz. Así como el bombardeo de Guernica existió, aunque su carácter haya sido desfigurado de modo bárbaro y sus efectos exagerados sin tasa, la matanza de Badajoz es una invención de cabo a rabo. Su autor fue el periodista useño Jay Allen, agente propagandístico del Frente Popular, que dijo haber estado en Badajoz unos días después de la matanza, de la cual le habrían informado a fondo los propios oficiales franquistas: “Miles de milicianos y milicianas fueron masacrados por defender la República contra la embestida de los generales y terratenientes”. Habla de “fusilamiento ceremonial con banda de música” y “matanza de prisioneros a los acordes de la Marcha Real y del himno falangista, con gran asistencia de público”. “La sangre empapaba más de un palmo de arena en el lado más alejado del ruedo”. Etc. A continuación se desató una competencia entre Allen y la prensa del Frente Popular por imaginar detalles morbosos o macabros. Habrían sido fusilados indistintamente mujeres y niños, habrían sido toreados prisioneros (por cierto esto último lo hicieron los rojos en varias ocasiones).

Otro periodista useño del estilo de Allen, J. Whitaker, dio testimonio del propio conquistador de la ciudad, el teniente coronel Yagüe, quien, con la misma amabilidad que los oficiales que habrían informado a Allen, hizo propaganda contra su propia causa: “Por supuesto que los matamos. ¿ Iba a llevar 4000 prisioneros rojos conmigo, teniendo mi columna que avanzar contrarreloj? ¿O iba a soltarlos en la retaguardia y dejar que Badajoz fuera roja otra vez?”. Las frases son absurdas. La alternativa no era soltar a los presos o llevarlos con las tropas, sino meterlos en la cárcel o un campo de concentración, que exige pocos guardianes como todo el mundo sabe. Por lo demás, lo de los 4.000 fusilados es la cifra dada por Allen y que se ha hecho “canónica”, aunque muchos la han elevado al doble y más.

¿Por qué sabemos que no existió tal matanza? Por el testimonio del corresponsal portugués Mario Neves, presente cuando la conquista de la ciudad el 14 de agosto y los días siguientes. El día 15, fecha del supuesto espectáculo, escribe: “Fuimos enseguida a la plaza de toros, donde se concentran los camiones de las milicias populares. Muchos de ellos están destruidos. El lugar ha sido bombardeado varias veces. Sobre la arena aún se ven algunos cadáveres (…) Hay, aquí y allá, algunas bombas que no han explotado, lo que hace difícil y peligrosa una visita más pormenorizada”. Volvió al día siguiente y encontró que “no tiene aspecto diferente del que observamos ayer, lo que nos lleva a suponer que el rumor (de los fusilamientos) es infundado”. Ni Neves ni los demás corresponsales presentes hablaron más de la masacre famosa. Sin embargo, la leyenda, como la de Guernica, dio la vuelta al mundo, se repitió en mil versiones y sigue revoloteando por los libros de “historia” y relatos periodísticos en desafío a la evidencia.

Los divulgadores del clarísimo embuste acostumbran embrollarlo con otros muertos en combate o fusilados sobre la marcha al tomar la ciudad, que a su vez había costado muchos muertos a los nacionales. Y ello requiere algunas explicaciones. Los nacionales no consideraban a los milicianos soldados regulares sujetos a las normas de la guerra, sino algo parecido a bandidos. Opinión reforzada porque, en su avance desde Andalucía, habían comprobado atrocidades de los milicianos, de un salvajismo increíble, como familias enteras quemadas vivas, niños incluidos, crucifixiones y matanzas indiscriminadas. La respuesta a estos hechos, narrados y fotografiados, fue el fusilamiento sumario de muchos de los autores.

Se ha divulgado una supuesta denuncia de un agregado militar alemán, llamado Von Funck, a Hitler, diciéndole que nunca había visto brutalidad y ferocidad como la de las tropas nacionales, por lo que no aconsejaba el envío de tropas alemanas a España. Dada la suma ingente de falsedades propagandísticas, tendría interés la exhibición de tal carta, que no parece referirse a la ciudad de Badajoz, sino a la marcha desde Andalucía. Debe señalarse que Alemania mantuvo su embajada en Madrid hasta noviembre, por lo que sorprende que su agregado militar anduviera con los nacionales, aunque tampoco es imposible. Pero choca que, siendo alemán, le asombraran tales fusilamientos: así había obrado el gobierno socialdemócrata con la insurrección espartakista o con el soviet de Baviera. A su vez, Azaña consigna en sus diarios su orden de fusilar a los anarquistas capturados con armas en la insurrección del Alto Llobregat, en enero de 1932.

¿Cuántos milicianos fueron fusilados o cayeron en los combates de calles en Badajoz? Un corresponsal contrario a los nacionales, J. Berthet, da la cifra de 1.200, aunque obviamente no los contó: se trata de un cálculo impresionado e impresionista. El historiador A. D. Martín Rubio ha utilizado el registro civil de Badajoz, encontrando que hasta 1945 hubo 1.080 muertes atribuibles a la represión, de los que 493 corresponden al verano-otoño de 1936. El investigador izquierdista F. Sánchez Marroyo, eleva especulativamente el número a 1.500 hasta finales de aquel año, incluyendo caídos en combate. Las cifras de Martín Rubio, mejor documentadas, son seguramente las más próximas a la verdad.

En Los mitos de la Guerra civil pude establecer los hechos más razonablemente creíbles, criticando las versiones de Jay Allen o inspiradas en este, y dudé mucho de que Allen hubiera estado siquiera en Badajoz. Y unos años después, la minuciosa investigación de F. Pilo, M. Domínguez y F. de la Iglesia La matanza de Badajoz ante los muros de la propaganda, daba la razón de mis sospechas: Allen lo había inventado todo, empezando por su supuesta estancia en Badajoz, no digamos los relatos que le hacían “en susurros” unos oficiales franquistas al parecer tan interesados como él en crear el bulo. Tiene interés saber que el periodista ya había prestado servicios delictivos al PSOE cuando en octubre de 1934 decidió lanzarse a la guerra civil para imponer una dictadura “del proletariado”.

El libro citado examina asimismo las manipulaciones de otro corresponsal que contribuyó al mito, J. Berthet, y sus relaciones con el NKVD soviético y con el aparato de propaganda de la Komintern dirigido por Willi Münzenberg, auténtico genio de la manipulación propagandística. Debe entenderse que para ellos la verdad carecía de importancia frente a la conveniencia de dañar al “enemigo de clase” suscitando indignación entre la opinión pública europea y americana, para forzar a sus gobiernos a intervenir en España a favor de Frente Popular. Y así siguen muchos, “derrotando” a los nacionales en la propaganda, ochenta años después.

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