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10 Enero 2016 • Destacaba la insistencia en hacer aborrecer nefandos juguetes bélicos

Manuel Parra Celaya

Y, además, moralina…

Indios y vaquerosMucho se ha escrito a estas alturas sobre las aberrantes ridiculeces con las que los Ayuntamientos regidos por los llamados progresistas han querido sustituir las antaño majestuosas cabalgatas de los Reyes Magos, y mejores plumas que las mías han cubierto las crónicas –entre el enfado y el cachondeo- de lo ocurrido en Madrid o Valencia, por ejemplo.

Casi todos los comentarios coinciden en señalar una clara intención secularizadora, y más concretamente anticristiana, de las innovaciones, destinadas a deslumbrar teóricamente a los niños, pero, como estos pueden ser bajitos pero no idiotas (Pérez-Reverte dixit), el supuesto deslumbramiento ha quedado reducido, en el mejor de los casos, a aburrimiento. Se ha comprobado una vez más la agudeza de juicio del añorado Rafael García Serrano cuando, a raíz de la supresión de la Navidad en los tiempos del Frente Popular, se la sustituyó por la Semana del Niño: lo más grave no es que fueran satánicos, sino que eran rematadamente cursis…

En el caso de la cabalgata de Barcelona –extraña mixtura de rúa carnavalesca, espectáculo circense y apoteosis etnicista-, hay que destacar, además, una insoportable carga de moralina, que transmitían unos voceadores instalados delante de las carrozas de los presuntos Melchor, Gaspar y Baltasar; atronantes altavoces repetían mensajes políticamente correctos, a modo de curiosa combinación de Ejército de Salvación Progresista, telepredicadores y showmans, con el objetivo de adoctrinar no solo a los pequeños sino a sus respectivos papás.

Junto a consignas de acento solidario (¡no pidáis más de dos juguetes…!), destacaba la insistencia en hacer aborrecer sables, pistolas, escopetas o soldaditos, catalogados como nefandos juguetes bélicos. En este punto, uno no puede menos que rememorar su infancia, cuando lo pasaba bomba (con perdón) jugando, ya solo, ya en compañía de amigos y compañeros de correrías, simulando pelis de indios y vaqueros, marciales desfiles o combates singulares a los tres mosqueteros; también es forzoso reconocer que, cuando SSMM de Oriente no se estiraban en sus regalos, nuestra imaginación fabricaba rústicas espadas de madera o pistolas caseras con mil artilugios caseros, tal era nuestra inventiva.

La –digamos- ingenuidad pacifista que dicta, año tras año, el mensaje prohibitivo, parte, en primer lugar, de un profundo desconocimiento de la psicología infantil; el coronel Baden Powell, que entendía mucho más de ella, decía que los niños tienen tres necesidades básicas: comer, jugar y pelear, y buena parte de la pedagogía scout se sostenía en esta idea; para evitar sobresaltos de bienintencionados y pusilánimes, aclaremos que estas peleas no eran más que simulación inofensiva, en la que los muchachos medían sus fuerzas y su ingenio, en sana rivalidad y camaradería, porque aún no se había inventado el bullying; no se hacía más que institucionalizar lo que ocurría en todos las colectividades infantiles, empezando por las rurales, sin más consecuencias trágicas que un chichón, un ojo amoratado o un rasguño.

El pacifismo actual inculcado a los niños tiene, además, otras consecuencias; no evita, en modo alguno, la agresividad en la edad adulta, sino que la suele reforzar; piénsese cuándo se han llenado más de violencia las sociedades: antaño, cuando nos sacudíamos de lo lindo en juegos infantiles o ahora, cuando están prohibidos por decreto los juguetes bélicos; personalmente, nunca he sentido tentaciones de batirme a espada con el vecino ruidoso o pegarme de tortas con un contertulio oponente, y eso que disfruté como un loco de niño en aventuras imaginarias…

En tercer lugar, tengo para mí que esta educación en el pacifismo a ultranza ocasiona debilidad de carácter y escasa resistencia a la frustración, pues nos vacunábamos de ella cuando nos tocaba hacer de malos y, consecuentemente, perdíamos. La vida real tiene momentos que exigen decisiones y actitudes resueltas, y su aprendizaje no se adquiere con el buenismo imperante ni con la prédica constante de la debilidad; a lo mejor tenía razón Renán cuando escribía aquello de que “el gran defecto de las buenas personas es que son cobardes”.

En cierta ocasión –no hace tanto- pregunté a unos alumnos de la ESO cuál sería su actitud en el caso extremo de una invasión de España por un supuesto enemigo exterior; las respuestas fueron casi unánimes: me aguantaría, me iría lejos, saldría huyendo…Ojalá que nunca tengan que verse nuestros niños de hoy en situaciones límites, como la planteada por aquel profesor que, en su infancia, había jugado con espadas y pistolas y, de mayor,, nunca se había considerado entusiasta de la violencia y sí partidario de la razón y del diálogo… mientras le dejen.

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