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12 octubre 2015 • En ningún caso, la atención a la historia debe sustraernos a la preocupación por el presente

Manuel Parra Celaya

Siempre hay una fecha…

PilarQue vivimos un instante histórico que no da cuartel nadie lo duda; abrimos el periódico o nos disponemos a ver un telediario siempre con el recelo de no saber si el mundo que conocimos ayer se parecerá en algo al que hoy empieza.

Le llaman aceleración histórica, pero tengo para mí que, en su aspecto más negativo, no es más que una consecuencia de la aceleración sin sentido del hombre desnortado y vacío de nuestro tiempo.

Por otra parte, todos los sociológicos coinciden en que la sobreinformación produce –creo que intencionalmente- desinformación; pobre del que pretenda aprehender todas esas nuevas que nos ofrecen a diario tanto los medios tradicionales de difusión como las nuevas tecnologías de la información al alcance del ciudadano.

La cuestión es que, de tanto angustiarnos por el presente cambiante, y con razón, no prestamos ninguna atención al pasado, que, en ocasiones, nos da la clave para entender el primero y, en otros, nos proporciona ejemplos suficientes para superarlo y rebajar nuestro nivel de angustia.

Hace pocos días, pasó sin pena ni gloria –ni apenas comentario o análisis riguroso- la fecha del 6 de octubre, cuando, en 1934, un PSOE asilvestrado y enamorado del ejemplo soviético, protagonizó un golpe de Estado contra la legalidad republicana española; como entiendo que el PSOE actual se ha civilizado (salvo cuando pacta bajo mano con Podemos), prefiero recordar el arrepentimiento sincero de su líder histórico Indalecio Prieto desde su exilio, por aquella barbaridad. El mismo día, la Generalidad de Cataluña también se alzaba con armas y bagajes contra aquella legalidad constitucional y, especialmente, contra la integridad y la unidad de España. Ambos golpismos fueron cruentos, pero, en el caso del separatismo catalán, además, adquirió tintes de charlotada en su desenlace, con los responsables huyendo por las alcantarillas de Barcelona cuando sonaron los cañonazos en la Plaza de San Jaime.

Sí recuerdan, en estos ámbitos separatistas, sin embargo, el fusilamiento de Companys, el protagonista de aquel desafuero y de otros muchos anteriores y posteriores, que viene a coincidir –sospechosamente- con la declaración del Sr. Artur Mas ante los tribunales por el asuntejo del 9N; ya se han levantado voces prudentes que advierten de esta coincidencia. No obstante, uno ha llegado a la conclusión de que el victimismo de los secesionistas es de tal calibre que viene a ser lo mismo que la declaración del condotiero del procés sea esas fechas o en la Candelaria…

Desde otra perspectiva, nadie ha recordado –por manifiesta inoportunidad políticamente correcta- que el día 7 de octubre de conmemoró el 444 aniversario de la batalla de Lepanto, que evitó, entre otras cosas, que nuestras mujeres e hijas llevan hoy en día velo o que todos estemos sujetos a la ley islámica en lugar de a la Constitución o a la declaración de Derechos Humanos; o, por lo menos, concedió un respiro histórico de cinco siglos para que ello suceda…

Yo también recordaré este mes de octubre mis fechas. Por supuesto, la de la mañana, 12 de octubre, Fiesta Nacional de España, Día de la Hispanidad, fecha del descubrimiento del Nuevo Mundo por los españoles, fiesta de la Virgen del Pilar, patrona de la Guardia Civil, y acudiré a celebrarla con exhibición de la Bandera rojigualda, aunque la Selección Nacional de Fútbol no haya ganado ningún campeonato. Tampoco dejaré de evocar, a título personal e intransferible, el discurso que el día 29 de octubre de 1933 pronunció un joven de 30 años, llamado José Antonio Primo de Rivera, en el Teatro de la Comedia de Madrid, deudor y heredero en tantas cosas del que, en el mismo lugar, pronunciara don José Ortega y Gasset en 1914. Ambos textos cobran hoy, para mí, rigurosa actualidad, y me gusta englobarlos bajo el título del primero, cronológicamente, de ellos: Vieja y nueva política.

Claro que, en ningún caso, la atención a la historia debe sustraernos a la preocupación por el presente; quizás sí, en el caso de que actuemos con atención y rigor, puede rebajar racionalmente el nivel de angustia en que vivimos, al entender, como dijo el poeta, que “no está el mañana ni el ayer escrito”; este, porque nadie lo estudia; aquel, porque, digan lo que digan, no existe determinismo alguno que supere el margen de libertad y de voluntad del Hombre; siempre que lo escribamos así, con mayúsculas, claro.

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