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21 Septiembre 2015 • Pienso que no ocurrirá ningún cisma tras el Sínodo • Fuente: In novissimis diebus

Christopher Fleming

La devaluación del matrimonio

sínodo-de-ObisposLa batalla que se está librando desde hace más de un año y que llegará a su desenlace final con la segunda sesión del Sínodo Extraordinario sobre la Familia, afecta a todo el mundo sin excepciones. Si la Iglesia Católica renuncia a la indisolubilidad del matrimonio, afecta primero a las personas casadas. Yo estoy felizmente casado, gracias a Dios (bueno, con los roces normales para una pareja que lleva bastantes años de vida matrimonial). Me afecta, a pesar de no tener ninguna intención de “anular” mi matrimonio, porque, de manera similar a la devaluación de una moneda, si la Iglesia devalúa el matrimonio sacramental con rebajas de todo tipo, equiparándolo con relaciones adúlteras y hasta con uniones contra natura, también devalúan lo mío. Si yo invierto en dólares y de pronto el dolar vale la mitad que antes, salgo perdiendo. Si yo he “hipotecado” mi vida para unirme en matrimonio con una mujer hasta la muerte, y luego el Papa Francisco viene y dice que da igual ser fiel a tu esposa que irte con otra más joven, porque “Dios es misericordioso”, ¿qué cara de tonto se me va a quedar? Si ahora a todo se le va a llamar “matrimonio”, yo quiero que lo mío se llame otra cosa, porque tengo claro que no es lo mismo.

Afecta a los niños, porque ellos serán las principales víctimas de la devaluación del matrimonio. Lo estamos viendo desde hace varias décadas, desde que la gente dejó de creer que el matrimonio era para siempre; niños con síndrome de alienación parental, viajando como paquetes de un sitio a otro, que crecen sin la estabilidad emocional que aporta un matrimonio duradero; niños con dos papás, dos mamás, varias casas pero ningún hogar; niños desprotegidos y abusados por los novios de su madre, etc. ¿Cómo van a querer casarse el día de mañana los niños que han vivido este sufrimiento desde pequeños, que no han experimentado la alegría de una familia unida? Los niños de familias rotas en general no se casan, sino que forman a su vez más familias rotas, perpetuando un espiral de miseria. ¿Exagero? Las estadísticas están allí para quien quiera informarse. Como ejemplo podría mencionar este estudio de hace 7 años del Reino Unido, donde el divorcio y las familias monoparentales son una auténtica pandemia. Dice el estudio que los niños que han crecido en familias desestructuradas tienen casi cinco veces más probabilidades de desarrollar problemas mentales.

Afecta hasta a las personas solteras que nunca se casarán y a las personas que no creen en el matrimonio, porque el matrimonio es el núcleo de la familia y la familia es la base de la sociedad. Al tambalear el matrimonio, toda la sociedad se verá afectada. Una sociedad donde ya no se valora el matrimonio será menos generosa, menos feliz, ya que la gente no verá ejemplos de fidelidad y amor verdadero. El amor se reducirá a un objeto de consumo, que se compra y se vende. ¡Ay de aquel que enferma! ¡Ay del débil, del desvalido, del pobre! En una sociedad que no cree en el matrimonio, cada uno tendrá que valerse por sí mismo, porque el sacrificio y la entrega de por vida será un ideal pasado de moda. Yo no quiero vivir en una sociedad así, pero es hacía donde vamos.

Pienso que no ocurrirá ningún cisma tras el Sínodo, como auguran algunos. Puedo equivocarme, pero no creo que los obispos alemanes quieran separarse de Roma por este asunto, cuando en el fondo ya han conseguido lo que querían. No se tocará la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio, de eso estoy prácticamente seguro. Se hablará en términos difusos de la “pastoral” familiar y los retos a los que se enfrentan las familias de hoy, bla, bla, bla. Los obispos progresistas de Europa del norte ya han encontrado la solución a su problema en los dos motu proprios de Francisco de la semana pasada sobre el proceso de nulidad matrimonial. Con la reforma de dicho proceso, la cuestión tan polémica de dar la comunión a los católicos divorciados que viven en una relación adúltera, que tanta tinta ha derramado en los últimos meses, ha quedado obsoleta. A partir de ahora los católicos modernistas de Alemania podrán conseguir su certificado de nulidad matrimonial en menos tiempo que se requiere para darse de baja con una compañía telefónica. Ahora que los obispos alemanes serán los árbitros finales del proceso (muy aligerado), ¿quién no obtendrá, si quiere, su nulidad matrimonial? Las situaciones como la que describía el Cardenal Kasper,- la mujer abandonada por su marido, rejuntada con otro hombre, que prepara devotamente a su hija para su Primera Comunión, en la que ella no puede comulgar,- ya no se darán, porque a partir de ahora todo quisque conseguirá la nulidad de su matrimonio, nada más solicitarla. Este es precisamente el objetivo de la reforma de Francisco; contentar a los obispos alemanes y evitar el cisma al no tener que tocar la indisolubilidad del matrimonio.

Intentaré ilustrar la situación con una comparación. Yo que soy profesor, con unos cuantos años de experiencia, veo que el nivel académico de los alumnos es cada vez más bajo. (En el instituto tenía un profesor de matemáticas que decía exactamente esto, que un día se cansó de que nadie le creyera y decidió llevar a cabo un experimento. Nos repartió en clase exámenes reales de hacía 20 años, correspondientes a nuestro curso, para que los hiciéramos como deberes. Nadie fue capaz de hacerlos y no hizo falta darnos más argumentos ni explicaciones.) Ante el evidente declive en la enseñanza hay dos posturas posibles: se puede reaccionar vigorosamente para intentar ponerle remedio, o se puede pastelear y maquillar las cifras para hacer creer que la cosa no es tan grave. No hace falta que yo les diga a mis lectores la opción que se ha escogido en la mayoría de países de Occidente. La primera opción, la única realmente sensata, es muy costosa, porque requiere un enorme y prolongado esfuerzo. La segunda opción es muy sencilla; basta con que cada año los exámenes sean más fáciles, que los alumnos puedan pasar de curso con más suspensos y que haya cada vez menos materia exigida en las programaciones didácticas. Así, aunque los alumnos sean cada año más zopencos que el anterior, los políticos pueden sacar pecho y hablar de lo bien que va la enseñanza.

Algo parecido ocurre con el matrimonio. Es una evidencia que el matrimonio cristiano está en crisis. Los católicos se divorcian a un ritmo alarmante, se rejuntan en relaciones ilícitas, y el ideal de comprometerse de por vida parece que se ha olvidado. Ante esta situación los obispos podrían llevar a cabo una campaña de catequesis y predicar sobre los derechos y deberes del matrimonio, sobre la necesidad de la castidad y el pudor en todos los estados de vida, sobre el peligro que representa la hiper-erotización de nuestra cultura. Esto, unido a una preparación pre-matrimonial seria y exigente, daría como fruto una mayor valoración del matrimonio dentro de la Iglesia. Caería en picado el número de divorcios entre católicos, y la familia se vería reforzada a la larga. Claro, esta opción es dura. Requiere valentía y una firme resolución de combatir los males que amenazan la familia hoy en día. Sobre todo requiere fe en Dios.

Tristemente, la opción que han escogido los obispos que llevan la voz cantante en el Sínodo sobre la Familia no es esta. En vez de luchar por el matrimonio, quieren aún mayor laxitud para los católicos cuyos matrimonios fracasan. Es como si un ministro de educación, ante un porcentaje alto de suspensos en bachiller dijera: “Si suspenden muchos, vamos a cambiar el sistema de calificación. Si antes con un 4 sobre 10 suspendías, ahora con un 4 apruebas. ¡Problema solucionado!” Han decidido que si levantan la mano en el proceso de nulidades, contentarán a los católicos que se encuentran en uniones ilícitas. Su solución a la crisis es la permisividad total, barra libre. El resultado previsible de esta decisión nefasta será similar a lo que lleva décadas ocurriendo en la enseñanza con la democracia. De la misma manera que un título de bachiller ya no vale lo que valía hace años, por efecto inflacionista, con una abundancia de matrimonios “anulados” el compromiso público de amarse hasta la muerte valdrá cada vez menos.

La gente no es tonta, y si resulta que más de la mitad de los que juran fidelidad eterna ante el altar a los pocos años ya están divorciados y rejuntados, con la bendición de la Santa Madre Iglesia, los votos matrimoniales quedarán finalmente en agua de borrajas. Será el divorcio católico en todo menos en nombre, y ya lo dijo Shakespeare: una rosa, llamada con otro nombre, tendría el mismo aroma. Será el golpe de gracia para el matrimonio católico, que ya agoniza desde hace bastante tiempo. ¡Ojalá esté equivocado! ¡Ojalá los obispos heretizantes de Alemania y otros países organicen un cisma, y se larguen para formar su secta modernista! Pero mucho me temo se queden dentro, como un cáncer que corroe el Cuerpo Místico.

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