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19 Agosto 2015 • La corrección política y quedar bien ante la sociedad importan mucho más que el bien común y los derechos de Dios • Fuente: In novissimis diebus

Christopher Fleming

Un pacto con la jerarquía

Padre Michael Rodríguez

Padre Michael Rodríguez

El otro día escuché una homilía del P. Michael Rodríguez, titulada Alrededor todo es oscuridad. Para los que no le conocen, el P. Rodríguez es un sacerdote diocesano de Tejas, EEUU, que en noviembre de 2014 fue relevado de sus funciones pastorales por el obispo de El Paso. Este castigo extraordinario se entiende perfectamente si aclaro que el sacerdote en cuestión ofrece exclusivamente la Misa Tradicional. ¡Si hubiera sido hereje o pederasta, no hubiera pasado nada! Pero este crimen execrable merece semejante castigo ejemplarizante, ya que el apego a la liturgia tradicional es uno de los pecados contra el Espíritu del Concilio, que como todos sabemos, no serán perdonados jamás. Estos terribles pecados también incluyen ofender la sensibilidad de algún colectivo, hablar sin ambigüedades sobre la realidad del Infierno y la condenación eterna, mostrar una falta de respeto hacía las falsas religiones, y obedecer a Dios antes que a tu obispo. No sé exactamente lo que pasó en este caso, pero lo que sí sé es que el P. Rodríguez habla como hablaban antes los sacerdotes católicos. Dice verdades como puños, que cualquiera es capaz de entender. No hace falta un ejército de intérpretes y expertos vaticanistas para descubrir cuál es su mensaje, porque su mensaje no es otro que el de Cristo. Predica el Evangelio, como siempre se había predicado. Me imagino que esto le habrá granjeado una multitud de enemigos

La homilía que escuché es una reacción a la sentencia del Tribunal Supremo de los Estados Unidos del 26 de junio de este año, que legaliza a nivel nacional el matrimonio entre dos personas del mismo sexo. Con santa ira el P. Rodríguez denuncia la tibieza de la jerarquía eclesiástica ante tamaña ofensa a Dios. Los pocos prelados que se han atrevido a decir algo respecto a la legalización de “matrimonios” sodomíticos lo han hecho con tanta preocupación de no herir los sentimientos de nadie que más les hubiera valido callarse. Cuando una nación entera cae en apostasía, y defiende desde sus instituciones más altas lo que es “abominable a los ojos de Dios” (Levítico 18:22), la respuesta de los obispos católicos de ese país debería ser proporcional al ultraje. Pero no ha sido así. Tristemente, la corrección política y quedar bien ante la sociedad importan mucho más a los obispos de EEUU que el bien común y los derechos de Dios. Y el panorama es similar en el resto del mundo.

Se pregunta el P. Rodríguez: ¿Cómo hemos caído tan bajo? En respuesta, achaca gran parte del desastre a la jerarquía católica. Dice que no le entra en la cabeza y que le rompe el corazón ver como la jerarquía busca aprobar la comunión para los que se encuentran en un estado público de adulterio; como buscan rehabilitar a herejes del pasado, como si fueran buenos hombres, dignos de canonización; como proponen soluciones para la felicidad del hombre que excluyen a Dios. Así dice:

Cuando Satanás se ha infiltrado en la familia y la contaminación espiritual y moral es casi absoluta, cuando el 62% de los católicos irlandeses votan a favor de la sodomía, nuestros líderes de la Iglesia predican sobre el medio ambiente. Todo está al revés. La agenda homosexual está triunfando, poderosos enemigos intentan destruir a Dios y Su Iglesia, ¿y qué hacen nuestros líderes? … Nuestra casa católica está en llamas, la familia está siendo destruida, Satanás lanza una ofensiva devastadora, y el Papa está preocupado por el aire acondicionado. ¿Os lo podéis creer? Es una desorientación diabólica. La casa en llamas, y alguien se preocupa por apagar el aire acondicionado. Es increíble.

Desde que Irlanda, México y EEUU, en rápida sucesión aprobaron el gaymonio, ¿qué ha dicho sobre el tema el Papa Francisco? Lo mismo que yo he dicho sobre los fichajes del Real Madrid: absolutamente nada. Este silencio atronador habla volúmenes, y lo que dice es que Francisco no quiere combatir el movimiento homosexualista. Esto puede ser por dos posibles razones: 1. no le parece mal que dos hombres se junten en una relación anti-natural y que el estado lo llame “matrimonio”, o 2. no está dispuesto a sufrir el desgaste personal y la previsible pérdida de popularidad que le acarrearía enfrentarse a la ideología sodomítica. En el primer caso, se trataría de un hombre que ha perdido todo sentido de la moral, y hasta habría que preguntarse si sigue siendo católico. El segundo caso no sería más que un ejemplo clamoroso de cobardía: un Vicario de Cristo que antepone la aprobación del mundo y su comodidad personal a la misión de predicar el Evangelio y confirmar en la fe. Y no hay más opciones, señores.

No puedo saber lo que pasa dentro de la cabeza de Jorge Bergoglio, ni si aún conserva la fe católica, aunque me permito dudarlo seriamente. Lo que sé es que el homosexualismo es como un cáncer, un vicio tan asqueroso que destruirá nuestra civilización si lo dejamos. La quimioterapia es dolorosa y a nadie le gusta, pero a menudo es lo único que puede salvar la vida a un enfermo de cáncer. Si como sociedad permitimos que el lobby homosexual siga teniendo libertad para extender su veneno a los jóvenes, nos merecemos todo lo que nos vendrá encima. Como no cambie radicalmente la situación, la caída de Occidente será precedida por una degradación moral sin precedentes; aún no hemos visto nada. El mal, sobre todo la perversión sexual, siempre tiende a buscar vicios más extremos y denigrantes. Si no lo paramos nosotros, la cuesta abajo será inevitable.

Y con este panorama, nuestro Pastor Supremo, el hombre que tiene toda la autoridad de Cristo, tendría que erguirse como San Pedro ante el Sanhedrín y desenmascarar este movimiento por lo que es; un arma satánica para la corrupción de las almas. Al escuchar la condena de un Papa santo, toda la Tierra temblaría. Sus palabras resonarían como truenos en los oídos de los impíos. Los buenos se consolarían y los malos se estremecerían de terror. Pero Francisco no es así. Dice esto a los sodomitas: ¿Quién soy yo para juzgar?

En momentos como éste, me vienen a la mente las palabras de San Juan Fisher, tras la capitulación de TODOS sus hermanos en el episcopado inglés ante el usurpador Enrique VIII:

Viendo esta traición a Cristo de los jerarcas de la Iglesia, con Francisco mostrando el camino a seguir, yo propondría un pacto. Sería un pacto entre laicos y hombres de la Iglesia. Sabemos todos que Nuestro Señor quiso que Su Iglesia se gobernara por obispos, sucesores de los apóstoles. Los laicos no pintamos mucho en todo esto, ni hemos querido que fuera de otra manera. Nuestro papel se tiene que limitar a vivir el Evangelio en el mundo, formar familias cristianas y defender los derechos de Dios en nuestros ámbitos: el familiar, laboral, económico, social, cultural y político. ¡Y no es poco! Sin embargo, dado que existe un manifiesto desinterés por parte de la jerarquía eclesiástica en cumplir con sus funciones, propongo que las hagamos nosotros. Evidentemente, no podemos decir Misa, ni impartir los sacramentos, pero excepto eso podemos hacer lo demás. Pongo unos ejemplos.

Ante el enésimo escándalo de políticos “católicos” que aprueban leyes que atentan contra los mandamientos de la ley de Dios, en vez de esperar que algún obispo hiciera alguna declaración al respecto, los laicos podríamos hacerla en nuestros blogs. Los fieles irían a páginas como esta para saber lo que un católico debe pensar en una situación dada, y los obispos se ahorrarían la engorrosa tarea de cabrear a sus amigos poderosos, no vaya a ser que éstos dejen de invitarles a sus fiestas y sus happenings.

Ante el “holocausto silencioso” del aborto, los laicos haríamos todas las denuncias necesarias, haríamos todo el trabajo sucio de rezar delante de los abortorios y hablar con las mujeres que quieren matar a sus hijos, sin apoyo alguno de la jerarquía. De esta manera los sacerdotes y obispos se podrían olvidar completamente del tema. De vez en cuando podrían hablar de lo bonito que es ser madre, y alguna vez posarían con un bebé en brazos al estilo de los políticos americanos, pero nunca tendrían que mencionar la palabra tan divisiva y desagradable, “aborto”, y mucho menos recordar que verter sangre inocente es uno de los pecados que claman venganza al Cielo.
Ante la pérdida de fe en Occidente los laicos nos organizaríamos para impartir clases de catequesis a los jóvenes y a quien las pidiera. Las daríamos en nuestras propias casas o incluso en bares (ver este vídeo para hacerse una idea), para no trastocar las diversas actividades socio-culturales programadas en las iglesias y salones parroquiales. De esta manera se liberarían muchos espacios para encuentros ecuménicos, reuniones de ONG´s ecologistas, sesiones de yoga, reiki, risoterapia, etc.

Ante la “banalización de la liturgia” (Benedicto XVI dixit), los laicos nos reuniríamos en nuestras casas o en locales alquilados para tal fin, y con la colaboración de algún sacerdote marginal cismático-lefebvrista-fanático-neopelagiano con cara de pepinillos en vinagre, asistiríamos a la Santa Misa con la mayor devoción posible. Sin la obligación de decir Misa, los sacerdotes y obispos modernistas tendrían un montón de tiempo libre, que podrían dedicar a luchar contra el desempleo junvenil y la soledad de las personas mayores, que son, según el Papa Francisco, los mayores problemas que existen hoy en día. Otra ventaja nada despreciable es que sin un horario de Misas, los templos se podrían usar para otros fines más prácticos, como conciertos de rock, mítines políticos y cursos de cocina japonesa.

Ante el avance imparable del lobby gay, los laicos nos pondríamos en primera fila y denunciaríamos con todos nuestros medios la infamia del pecado homosexual. La inquisición rosa nos denunciaría, nos multaría y nos llevaría a la cárcel por nuestra actitud intolerante y nuestro lenguaje discriminatorio. Los obispos tranquilamente podrían mirar para otro lado. Al lavarse las manos de este asunto, nadie les acusaría de ser “homófobos”. Nosotros cargaríamos con el estigma de ser enemigos de la “igualdad”, y por nuestra fidelidad a Dios pagaríamos el precio que exige un mundo apóstata.

Hay que aclarar que con este pacto se entendería que los sacerdotes y obispos modernos nos dejarían por fin en paz. Ni ellos se meterían en nuestros asuntos, ni nosotros perderíamos el tiempo escuchando sus sandeces o acudiendo a sus templos. Cada parte iría por su lado; nosotros hacía las catacumbas y posiblemente el martirio, y ellos se quedarían exactamente donde están: en sus parroquias folclóricas, llenas de protestantes, y presidiendo sobre diócesis agonizantes. Después de la muerte de la última generación preconciliar, que, aunque sea por inercia cultural, ha mantenido la costumbre de asistir a Misa, ante una disminución tan espectacular de fieles, los obispos no tendrían los medios económicos para mantener el chiringuito. Por ello, propongo que todos los hombres de Iglesia que quieran sumarse al pacto se conviertan en funcionarios del estado, con catorce pagas, pensión y seguro médico incluidos.

En los neo-seminarios se sustituiría la asignatura de latín por el baile, para que los futuros sacerdotes aprendan todo tipo de coreografías

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Con esta medida el estado gozaría naturalmente del derecho de nombrar a los obispos que considere y hasta reescribir el Catecismo. En lugar de los Diez Mandamientos, pondrían los Derechos del Hombre, que se actualizarían anualmente para dar cabida a todos los nuevos derechos que se van inventando. Seguro que esto no molestaría en absoluto a los neo-obispos, porque lo verían como un paso más en la apertura de la Iglesia hacía el mundo. El estado se beneficiaría de dicho pacto al tener una Iglesia dócil a sus propósitos, una especie de reliquia decorativa que añadiría un poquito de color a las ceremonias estatales. Los políticos hasta podrían jactarse se ser muy “espirituales”, al llevarse de maravilla con los neo-obispos y acudir a sus celebraciones religiosas. Ningún neo-obispo volvería jamás a criticar mínimamente cualquier actuación del gobierno. Incluso se les invitaría a participar en sus actos de adoración al Gran Líder, otro gesto encomiable de tolerancia interreligiosa. A cambio, el estado pondría a disposición de la Iglesia todas las playas, estadios de fútbol y aeródromos para la realización de sus macro-eventos.

Una última aclaración. Si alguien piensa que hablo en broma, que se desengañe. Esto va en serio. Muy pronto (estoy pensando especialmente en el próximo sínodo sobre la familia en octubre) habrá que escoger entre seguir a la actual jerarquía o mantener la fe católica. Yo he tomado mi decisión. Que cada uno medite la suya.

2 Respuestas a Un pacto con la jerarquía

  1. Vicente Responder

    28 Marzo, 2016 a las 16:04

    A ver si se acerca alguna vez por Valencia y nos echa un cable que hay mucho que hacer.

  2. Costa Astur Responder

    5 Marzo, 2016 a las 10:34

    Es excelente, es un buen articulista.
    Me fascinó, la capacidad narrativa del artículo de la Coke. Tal, que parecía la reorganización de las últimas fuerzas de combate en pie, para afrontar la lucha final.
    Como este tema es central, y cada vez por desgracia, va a serlo más; le doy una idea: Su publicación reelaborada en las webs más a propósito, donde recoja con la menor extensión posible,(pues preferimos la brevedad), a víctimas del posconcilio, como esta (y por cierto,¿ ahora dónde está?) y en un artículo final, proponga una solución esperada con ansia por el lector.

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