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13 junio 2015 • Referencias filosófico-históricas • Fuente: In novissimis diebus

Christopher Fleming

¿Qué edad tiene la Tierra? (III)

En esta tercera entrega sobre la edad de la Tierra propongo hacer unas aclaraciones de tipo filosófico-histórico, antes de entrar en materia científica acerca de los métodos de datación radiométrica. Dejaré para la cuarta y última entrega un examen de otros indicadores científicos de una Tierra joven.

Creación de las aves (Tintoretto)

Creación de las aves (Tintoretto)

Según la teología, hay dos tipos de Revelación Divina: la especial y la general. La especial es la que ha revelado Dios a Su pueblo Israel por los profetas, y por Jesucristo y los apóstoles. La general es la que siempre ha estado al alcance de todos los pueblos de todas las épocas: la Creación misma. Desde Aristóteles, los filósofos han entendido que la naturaleza habla del Creador. La idea de la Revelación Divina a través de la Creación se desprende de las Escrituras mismas, como por ejemplo estos dos pasajes:

Porque todo cuanto de se puede conocer acerca de Dios está patente ante ellos: Dios mismo se lo dio a conocer, ya que sus atributos invisibles, su poder eterno y su divinidad se hacen visibles a los ojos de la inteligencia, desde la creación del mundo, por medio de sus obras. Por lo tanto, aquellos no tienen ninguna excusa. (Romanos 1:19,20)

Los Cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos; un día transmite al otro este mensaje y las noches se van dando la noticia. Sin hablar, sin pronunciar palabras, sin que se escuche su voz, resuena su eco por toda la tierra y su lenguaje, hasta los confines del mundo. (Salmo 19:1-4)

Si ambas revelaciones, la especial y la general, tienen a Dios como su autor, no puede existir ninguna contradicción entre ellas. Dios no se equivoca, no cambia de parecer, no se contradice; de hacerlo no sería Dios. Por esta razón los católicos no debemos tener miedo de la ciencia, porque no hay nada en ella que pueda dañar nuestra fe. Al contrario, la ciencia debe reforzar nuestra fe. Lo que aprendemos sobre el mundo natural debe confirmar lo que creemos por la fe. Si los científicos enfocaran correctamente el estudio del mundo natural, sus conclusiones no incurrirían en contradicción con la religión católica. Antaño se decía que la teología era la Madre de las Ciencias, porque iluminaba todos los demás campos de conocimiento. A los grandes científicos de aquellos tiempos les hubiera parecido un disparate siquiera plantear una incompatibilidad entre las ciencias naturales y la fe.

Es inevitable tener parcialidad en asuntos que nos conciernen moralmente. Los católicos también somos parciales, como todo el mundo. Sin embargo, somos parciales a favor de Dios, y esa parcialidad es buena. Nuestro “prejuicio” es que Dios no miente ni engaña, y por tanto las Escrituras son libres de error. Si alguien presenta “pruebas” en contra de nuestra fe, nuestra reacción inicial siempre será de rechazo. Luego, si somos honestos, intentaremos encontrar la solución a esa aparente contradicción. Partimos de una sana desconfianza hacía todo lo que desdice nuestra fe, según el Magisterio y la Tradición de la Iglesia. El problema de fondo es que ahora la mayoría de científicos parten de una filosofía materialista. Como no puede ser de otra manera, filtran e interpretan todos los datos científicos que recogen a través de ese sesgo, y en consecuencia muchas conclusiones a las que llegan son erróneas.

Digo esta para aclarar que no estoy en contra de la ciencia, porque cuando hablo a favor de una Tierra joven es la acusación que suelo oír. Muy pocas veces he tenido un debate inteligente sobre este tema. En mi experiencia la mayoría de los que creen que nuestro planeta tiene miles de millones de años no suelen estar muy interesados en los argumentos que doy; su principal estrategia es ridiculizarme, utilizando una falacia que se llama argumentum ad lapidem [1], que consiste en rechazar una afirmación por absurda, sin molestarse en demostrar porqué. Nos nos equivoquemos, pensando que si hablamos de ciencia a la gente le da igual ocho que ochenta. Los evolucionistas suelen tener un gran apego emocional a sus creencias. Lo sé, porque varias veces he sido el blanco de su ira. Si el lector no me cree, que haga la prueba; que intente tirar por tierra las teorías evolucionistas de un ateo, y verá la reacción que suscita.

Los que me acusan de estar en contra de la ciencia, pero al menos aportan alguna razón, caen a menudo en otra falacia: el argumentum ab verecundiam, la apelación a la autoridad. Dicen algo por el estilo: toda la comunidad científica cree que el mundo tiene miles de millones de años, así que tiene que ser verdad. Cuando los católicos apelamos a la autoridad de la Iglesia o las Sagradas Escrituras, lo hacemos con mucha razón, porque son autoridades divinas, y por tanto infalibles. Pero es una falacia apelar a una autoridad humana como argumento, porque todos sabemos que las autoridades humanas son falibles, y la Historia nos enseña que se han equivocado multitud de veces.

Ignaz Semmelweis

Ignaz Semmelweis (1818-1865)

Un ejemplo impactante de cómo las autoridades científicas se han equivocado en el pasado es el caso de Ignaz Semmelweis (1818-1865), un médico húngaro que postuló la existencia de microbios como la causa de muerte por fiebre postparto. Este hombre fue objeto de escarnio por parte de sus colegas de profesión cuando propuso como medida de prevención que los médicos y matronas se lavaran las manos antes de asistir a las parturientas. A pesar de la disminución espectacular del índice de mortalidad que documentó Semmelweis con esta precaución, la comunidad científica rechazó sus teorías, y ante tanta incomprensión el pobre hombre se volvió loco y terminó su corta vida en un manicomio. Por tanto, si alguien quiere debatir conmigo sobre la edad de la Tierra, tendrá que olvidarse de apelar a lo que dice la “comunidad científica”, como si ésta fuera infalible, y afrontar con seriedad las pruebas.

Otra falacia muy común cuando se debate este tema es el llamado argumentum ad populum, o el argumento de la mayoría, y asociado a este es el argumento consensus gentium, en referencia al consenso entre la “comunidad científica”. Como católicos, nunca podemos consentir que la Verdad sea sometida a votación. Nos tiene que dar igual cuánta gente cree una teoría; si es contraria a la Revelación es falsa. Hay una frase anónima que reza:

La Verdad es la Verdad, aunque nadie la crea. Una mentira es mentira, aunque todos la crean.

El argumento del consenso es insidioso, por la razón añadida de ser una media verdad. Me explico con un ejemplo histórico. Decir que la Tierra no puede tener unos 6000 años de edad porque ningún profesor universitario de prestigio sostiene esta teoría, es como si un protestante inglés del siglo XIX quisiera “demostrar” la falsedad de la religión católica, alegando que no había habido ningún profesor de teología católico en las dos principales universidades del país, Oxford y Cambridge, en los últimos tres siglos. Diría algo por el estilo: los que más saben de religión rechazan el catolicismo, y por lo tanto no puede ser verdad. El argumento es una falacia, no sólo porque apela a una autoridad falible, sino porque se basa en una media verdad. Omite un dato esencial: durante ese periodo en Inglaterra la discriminación anticlerical era tan fuerte que en dichas universidades había que hacer un juramento de lealtad a la Iglesia Anglicana, lo cual constituía un acto de apostasía para un católico, no sólo para enseñar teología, sino hasta para matricularse.

De la misma manera, si alguien argumenta que hoy ningún profesor de ciencia de una universidad de prestigio cree en una Tierra joven, está diciendo una media verdad, porque omite el hecho de que para ser profesor en una universidad de prestigio hoy en día no se puede creer en una Tierra joven. Hay implícitamente una especie de juramento a la fe evolucionista. Da igual que seas brillante en tu area de especialidad; si eres creacionista no conseguirás meter cabeza en ningún sitio de renombre. Además, la lista de académicos que han perdido su empleo por “salir del armario” y profesar su fe en la Creación bíblica, o tan sólo cuestionar el dogma del evolucionismo, crece cada día. Este fenómeno moderno de persecución a los disidentes del evolucionismo dentro del mundo académico está bien reflejado en la película documental, Expelled: No Intelligence Allowed del año 2008.

Desconozco si esta situación es fruto de alguna conspiración humana. Podría ser. Lo que sí sé es que Nuestra Señora de Fátima advirtió en 1917 que si no el Papa no atendía su petición de consagrar Rusia a su Inmaculado Corazón (que aún no se ha hecho), este país esparciría sus errores por el mundo. Así ha ocurrido. Uno de los principales errores de Rusia, que se suele obviar cuando se habla de Fátima, es el evolucionismo. El Museo Estatal Darwin de Moscú, abierto en 1907, no sólo es el museo de ciencias naturales más grande del mundo, sino que fue el primer museo dedicado al evolucionismo. Durante 70 años la Unión Soviética adoctrinó a su población en el evolucionismo ateo. Sin embargo, últimamente se ha visto un resurgir de la fe Ortodoxa, y tras esparcir sus errores por el mundo, Rusia está despertando a la Verdad, a la vez que Occidente está cada vez más esclavizada por los errores del marxismo cultural, especialmente el evolucionismo.

Tras estas reflexiones filosóficas e históricas, tengo que entrar en materia científica. En este trabajo quería examinar los métodos de datación que se utilizan hoy en día para poner fechas a las rocas, los llamados métodos de datación radiométrica. Creo que estos métodos no son fiables, porque dan por hecho muchas cosas. Parten de suposiciones que no se pueden demostrar y por tanto pueden ser falsas, y si las suposiciones sobre las que se asientan los métodos son falsas, lógicamente sus resultados no tendrán ningún valor. Si logro que mis lectores cuestionen estos métodos y abran la mente a la posibilidad de que quizás no es todo tan claro como lo pintan, me daré por satisfecho.

La mejor forma de saber la edad de algo es ser testigo de su origen. Por ejemplo, yo tengo absoluta certeza sobre la edad de mis hijos, porque recuerdo cuando empezaron a existir. De mi propia edad tengo bastante seguridad, pero como no recuerdo nada de mis primeros años, tengo que fiarme en parte de lo que me dicen mis padres. Incluso la fecha de nacimiento que pone en mi pasaporte también depende de su testimonio. En cuanto a la edad de mis padres, no tendría ni idea si no fuera por lo que ellos me cuentan, ¡y no sería la primera vez que alguien miente sobre su edad! Si aplicamos esta lógica a la edad de la Tierra, ningún hombre estuvo allí en su origen, por lo que sólo Dios Mismo puede testificar sobre la Creación. Lo que dice Su Palabra es que creó los Cielos y la Tierra y todo lo que hay en ellos en seis días.

¿Qué tiene que ver esto con las técnicas de datación radiométrica? Enseguida lo veremos. Primero intentaré hacer una breve descripción de cómo funcionan. Estas técnicas miden las proporciones que se encuentran en una muestra (mineral o de restos orgánicos) de isótopos radioactivos inestables, llamados “padres”, que con el tiempo se convierten en isótopos estables, llamados “hijos”. En función de estas proporciones y la duración de la “semivida”, el tiempo necesario para que el número de núcleos radioactivos de un isótopo se reduzca a la mitad, se calcula la edad de la muestra. Por ejemplo, el uranio con el tiempo se convierte en plomo, con una semivida de 4.5 mil millones de años para el átomo 206 Pb y 700 millones de años para el 207 Pb. Hasta aquí todo muy bien. El problema es que para que el método sea fiable hay que dar por hecho varias cosas.

  1. Se conoce qué proporción de isótopos estables son radiogénicos, es decir, hijos de los inestables.
  2. Las muestras no han sido contaminadas por otras sustancias que alterarían todo el proceso.
  3. La velocidad de desintegración radioactiva ha sido siempre la misma.

Podemos hacer una comparación con un reloj de arena, un método primitivo pero muy efectivo de medir el tiempo. Imaginémonos que entramos en una habitación, donde nunca antes habíamos estado, con un reloj de arena, cuyos granos de arena están cayendo. Si nos preguntamos cuánto tiempo lleva la arena cayendo, podríamos pararlo y llegar a una respuesta bastante precisa. Sería sólo cuestión de medir la cantidad de arena en la parte de abajo, comprobar la velocidad a la que cae, y hacer los cálculos. Esto, a grosso modo, es lo que hacen los geólogos con sus técnicas de datación radiométrica. Sin embargo, si no hemos estado nunca en esa habitación, no sabemos que el reloj empezó a funcionar con todos los granos de arena en la parte superior. No tiene porqué ser así, y no hay manera de saberlo. Luego, tampoco sabemos si alguien ha interferido en el proceso, si han abierto el reloj en pleno funcionamiento y han sacado o añadido alguna cantidad de arena. Por último, aunque sea poco probable, no sabemos que la velocidad de caída de la arena ha sido siempre la misma que ahora.

Tal y como he explicado, la forma de saber con certeza la edad de algo es ser testigo de su origen. Básicamente hay tres tipos de rocas en el mundo: las ígneas, que son creadas por el enfriamiento y solidificación del magma, las sedimentarias, creadas por erosión de otras rocas preexistentes, y las metamórficas. Podemos ser testigos del origen de algunas rocas ígneas, porque en una erupción volcánica se forman literalmente delante de nuestros ojos. Por lo tanto, con las rocas ígneas de creación reciente se pueden probar los métodos radiométricos y ver si la edad que dan en el laboratorio corresponde a la edad real que sabemos que tienen. Las veces que se ha hecho esto los resultados han sido decepcionantes (para los evolucionistas, claro). Por ejemplo, una muestra de dacita de Mount St. Helen´s [ver segunda parte del artículo], en 1990 dio unos resultados inverosímiles: entre 350,000 y 2,800,000 años. Sabemos que la dacita se formó en la erupción del volcán en el año 1980. Es decir, ¡tenía en ese momento 10 años! Hay una larga lista de rocas procedente de volcanes, cuya fecha de erupción conocemos, que han sido datadas con edades vastamente superiores a su edad real. También hay casos de anomalías llamativas, como por ejemplo un árbol fosilizado en basalto en una mina de Queensland, Australia [2], que estudió Andrew Snelling. Mandó muestras a varios laboratorios del mundo y dieron fechas muy dispares. Al final se quedó en 37,000 años para el árbol y 42 millones para el basalto. Evidentemente algo fallaba; ¡no es posible que un árbol se fosilice dentro de una roca ígnea que se formó millones de años antes de que creciera el árbol!

En el año 2005 se presentaron los resultados de un proyecto creacionista de investigación científica de ocho años de duración llamado R.A.T.E. (Radioisotopes and the Age of The Earth). Aquí está el volumen I de sus conclusiones, cuya lectura recomiendo vivamente. El objetivo del proyecto era averiguar porqué las técnicas radiométricas daban unas edades tan grandes y tan dispares, y examinar las tres suposiciones sobre las que se basaban. Está claro que hay serios problemas con los métodos de datación radiométricas, porque las mismas rocas dan distintas edades según el método que se emplee. Esto no lo publicitan los geólogos uniformitaristas, pero ha sido comprobado por investigadores creacionistas una y otra vez. Una cosa que hicieron los geólogos del proyecto R.A.T.E. fue recoger muestras de un tipo de roca en el Gran Cañón de Arizona y enviarlas a dos laboratorios prestigiosos para su análisis mediante diferentes técnicas, en concreto mediante las técnicas potasio-argón, rubidio-strontio (Rb-Sr), samario-neodinio (Sm-Nd) y plomo-plomo (Pb-Pb). ¿Cómo puede ser que la edad de las mismas rocas varió entre 400 millones de años hasta 2,500 millones de años, según la técnica empleada?

El proyecto R.A.T.E. examinó a fondo el método potasio-argón (K-Ar), porque cada vez que se data una roca formada por erupciones volcánicas de fechas conocidas con este método, dan edades muy por encima de su edad real. Los expertos insisten en que el Ar, un gas, no puede permanecer en magma (roca líquida), por lo que el reloj necesariamente empieza a contar a partir de que se solidifique la roca. Sin embargo, la presencia excesiva de Ar en rocas ígneas es un hecho comprobado, no sólo por R.A.T.E, sino también por geólogos uniformitaristas, que tiene el efecto de desvirtuar la datación. Estos resultados parecen tumbar la suposición nº 1: “se conoce qué proporción de isótopos estables son radiogénicos, es decir, hijos de los inestables.”

El proyecto R.A.T.E. también quiso investigar el asombroso fenómeno de los halos radioactivos de polonio en el granito. Esto es lo que dijeron:

Se concluyó que el uranio (238U) y los halos radioactivos de polonio (Po), que se encuentran con frecuencia en las rocas graníticas, tuvieron que formarse simultáneamente. ¡Esto implica que cientos de millones de años de descomposición radioactiva (a las velocidades actuales) tuvieron que ocurrir en unos pocos días! Es necesaria tanta descomposición de 238U para producir el daño visible (los halos radioactivos) y el Po requerido, pero gran parte de ese Po se hubiera descompuesto en pocos días (debido a su corta semivida). Así que las “edades” que dan los radioisótopos para el granito de cientos de millones de años, calculadas sobre la suposición de que la velocidad de descomposición radioactiva siempre ha sido igual que la actual, son completamente erróneas.

halos-300x157Robert Gentry es todo un pionero en la investigación creacionista sobre estos temas. Sus estudios sobre los halos radioactivos de polonio en las rocas de granito fueron publicados dos veces (1968 y 1974) en Science, posiblemente la revista científica más prestigiosa del mundo. El Dr. Gentry fue muy astuto al publicar sus primeros artículos en esta revista secular (con un claro prejuicio anti-creacionista), porque deliberadamente evitó extraer conclusiones anti-evolucionistas, limitándose a presentar los resultados de sus experimentos. Luego, al “salir del armario” y declarar que su trabajo demuestra la creación reciente de la Tierra, perdió su puesto de investigador, por lo que gran parte de su investigación lo llevó a cabo en el garage de su casa.

El Dr. Gentry ha retado a la comunidad científica a falsificar su resultados. En su comunicado dice lo siguiente:

El experimento que propongo es bastante sencillo. Los elementos básicos del granito, que son muy conocidos, se tienen que fundir, y luego dejar que se enfríen para formar una roca sintética. Si mis colegas hacen este experimento y la roca sintética reproduce la composición mineral y la estructura cristalina del granito, habrán duplicado o sintetizado una pieza de granito. Al hacer esto habrán confirmado una predicción importante del escenario evolucionista – habrán demostrado que los granitos pueden formar a partir de un líquido de acuerdo con las leyes físicas conocidas. Aceptaré este resultado como la falsificación de mi visión de que los granitos precámbricos son las rocas primordiales del Génesis de nuestro planeta. Además, si tienen éxito a la hora de producir un solo halo 218Po en esa pieza de granito sintético, aceptaré que habrán falsificado mi idea de que los halos de polonio en el granito son las huellas de Dios.

Hasta el día de hoy nadie ha conseguido llevar a cabo con éxito el experimento que propone el Dr. Gentry. La táctica a seguir de los evolucionistas suele ser ignorar su trabajo por completo, o incluso hacerlo desaparecer, al estilo orweliano del “Ministerio de la Verdad” de 1984. El Dr. Gentry ha llevado a juicio la Universidad de Cornell por comprobar que han eliminado las revistas que contenían sus artículos de la biblioteca pública. Creo que si hasta este extremo llega el afán de los evolucionistas por enterrar su trabajo, debe ser de la máxima importancia. Por esta razón ofrezco a continuación un extracto muy interesante de una entrevista al Dr. Gentry. [3]

Debido a que creía en la Biblia más que en la teoría de la evolución, decidí investigar la cuestión de la aparición de la Tierra y de su edad. Llegué a unos descubrimientos increíbles que intentaré explicarlos de una forma fácilmente comprensible.

La mayoría de las personas ha oído hablar sobre la vitamina C. La fabrican ciertas plantas, y el hombre es capaz de producirla en forma de pastillas efervescentes. Si colocamos una pastilla de esta vitamina en un vaso de agua, empezará a disolverse haciendo burbujas en el agua. Supongamos que una pastilla necesita un minuto para disolverse liberando burbujas en el agua. ¿Qué pasaría si colocásemos una pastilla de la vitamina C en el agua y a continuación dejamos el vaso con agua en el congelador? El congelador necesitaría unos quince minutos para helar el agua. ¿Encontraríamos al cabo de 15 minutos burbujas procedentes de la descomposición de la pastilla?
Por supuesto que no, porque el proceso de la descomposición de la pastilla es mucho más rápido que el proceso de congelar el agua. Pero, si usted ve el vaso de agua congelada con las burbujas procedentes de la descomposición de la pastilla de la vitamina C, ¿qué concluiría? La única posible conclusión es que se trata de un modelo de congelador que sea capaz de congelar el agua más rápidamente de lo que sea necesario para la disolución de la pastilla – es decir en menos de un minuto.

Es decir, si tuviéramos delante de nosotros un vaso de agua con las burbujas dentro de hielo, procedentes de la pastilla de la vitamina C, podríamos sacar al menos dos conclusiones: 1. Alguien ha colocado una pastilla de la vitamina C en el agua, y 2. El agua en el vaso se ha helado en menos de un minuto, porque en el agua se encuentran burbujas procedentes de la pastilla disuelta. Le he presentado este ejemplo con agua, vitamina C y congelación para que pueda entender mejor lo que he descubierto.

Ya hemos dicho que en las plantas ocurren ciertos procesos en los cuales aparecen vitaminas, entre ellas vitamina C. Por otra parte, en las rocas ocurren procesos según los cuales determinados elementos químicos se disuelven y de esa forma crean determinado tipo de “burbujas” en las rocas

En concreto, en las rocas encontramos con mucha frecuencia millones de átomos de uranio inestable, agrupados conjuntamente en un punto microscópicamente pequeño, que a su vez se están descomponiendo. Durante su descomposición, ellos expulsan pequeñas partículas en todas las direcciones. De ese modo forman pequeñas incisiones esféricas en la roca en forma de burbujas.

Algunos elementos inestables se descomponen en varios pasos, de forma que a menudo encontramos varias burbujas una encima de la otra. Si cortamos la roca justamente por el medio de estas burbujas, en el corte veremos circunferencias concéntricas. Algunos elementos no estables se descomponen más de prisa, otros más lentamente, pero sus burbujas de descomposición pueden quedar solamente en una roca firme. Si la roca es líquida, como es el caso de la magma volcánica, entonces no pueden aparecer burbujas – de la misma forma que la pastilla de la vitamina C no puede dejar burbujas en un agua líquida, sino congelada.

Ahora apliquemos nuestro conocimiento sobre las “burbujas” en el cuestión de la aparición del planeta Tierra. Es conocido que la mayor parte de nuestros continentes está formada por las rocas de granito. Sin embargo, durante muchos años no se sabía cómo apareció el granito, porque en ninguna parte de la naturaleza se puede observar su aparición, ni tampoco es posible obtenerlo en el laboratorio. Muchos científicos han aceptado debido a ello, que la principal roca de nuestros continentes – granito, ha aparecido durante el enfriamiento del magma volcánica durante varios millones de años. También muchas personas se imaginan la aparición de planeta Tierra, viendo un planeta en forma de magma que se va enfriando durante largos periodos de tiempo.

Sin embargo, yo he descubierto algo totalmente contrario. Es decir, en todos los continentes, en granito, han sido encontradas burbujas de un elemento químico inusual. Se trata de polonio, el cual se descompone en tan solamente unos minutos. Se realizaron investigaciones científicas detalladas para comprobar este descubrimiento y los resultados han sido confirmados. De forma que ha sido confirmado que nuestro planeta no ha sido un magma de elevadísima temperatura durante varios millones de años, sino que apareció en un tiempo inusualmente breve – como mucho durante varios minutos.

Lo que hace que este descubrimiento sea más increíble todavía, es que este tipo de polonio, el que dejó burbujas en granito, no existe en la naturaleza de forma aislada, sino como parte de una cadena mayor de descomposición, como es el caso de la cadena de la descomposición de uranio. Es decir, de la misma forma que la vitamina C no aparece en la naturaleza de forma aislada como una pastilla, este tipo de polonio no aparece de forma aislada en ninguna parte en la naturaleza, como un elemento químico independiente.

Como en el caso del agua congelada con las burbujas de la vitamina C, hemos podido sacar dos conclusiones: 1. Alguien ha colocado este tipo de polonio en granito. 2. El granito se solidificó en tan solamente unos minutos.

Hay que mencionar que a pesar de muchos intentos, nadie hasta ahora ha conseguido refutar este descubrimiento. Estas conclusiones con claridad indican a Aquel que ha colocado el polonio en el granito y nos dejó pruebas de la creación del planeta Tierra en un tiempo muy breve – precisamente tal y como consta en Su libro – la Biblia. Por eso llamo estos descubrimientos en el granito “huellas de los dedos de Dios”.

Volviendo al proyecto R.A.T.E., un campo muy interesante de su investigación fue el helio en circonia, cristales pequeños que se encuentran en el granito. Mediante el análisis de los átomos de uranio y torio, que con el tiempo se convierten en plomo, los geólogos uniformitaristas calculan la edad de estos cristales en unos 1,500 millones de años. Lo que llama la atención de los científicos creacionistas es el helio, el subproducto del proceso de degeneración radioactiva. El helio es un elemento que no suele reaccionar químicamente con otros elementos y es muy pequeño, por lo que tiende a difundirse entre los poros de cualquier materia, y los cristales de circonia no son una excepción. En 1974 en Nuevo México se perforó una rocas de granito hasta varios kilómetros de profundidad. Los cristales de circonia de esta perforación fueron analizados en el laboratorio, y fue precisamente el Dr. Gentry quien encontró que el 58% del helio aún no se había difundido.

Publicó sus resultados en Geophysical Research Letters [4], una revista prestigiosa dentro de la especialidad geológica, que nada tiene que ver con el creacionismo. Esta gran cantidad de helio, aún presente en cristales que supuestamente tenían 1,500 millones de años, supuso una anomalía inexplicable para la comunidad científica.

Zircon crystalR.A.T.E. decidió que sería conveniente medir por primera vez la velocidad de difusión del helio en los cristales de circonia. Teniendo en mente la proporción de helio observada en las pruebas anteriores de Gentry, calcularon dos velocidades de difusión; primero, la necesaria para coincidir con los 1,500 millones de años, la edad de los cristales, según los uniformitaristas; segundo, la que casaría con una edad de 6000 años, la edad de los cristales, según los creacionistas. En el año 2000 publicaron sus predicciones, antes de que se hiciera cualquier experimento. Encargaron los experimentos pertinentes a uno de los laboratorios más reconocidos del mundo, donde nadie había oído nada de sus predicciones. (En este caso el habitual desprecio de la “comunidad científica” hacía los disidentes jugó a su favor.) Los resultados fueron sorprendentes, al menos para los uniformitaristas. Tal y como se aprecia en el gráfico, la coincidencia con el model creacionista fue casi exacta, mientras que la velocidad de difusión del helio fue casi 100,000 veces más rápida que lo que permite el model evolucionista. La conclusión de R.A.T.E., con datos que les proporcionaron y publicaron geólogos evolucionistas, es que la velocidad de degradación de los núcleos con una semivida larga ha aumentado de manera exponencial desde la Creación, y por ende, no es un buen indicador de la edad de las rocas.

helium diffusion graphEsta conclusión ha sido corroborada por científicos que se consideran evolucionistas, como por ejemplo David Alberger, quien en 2007 publicó en New Scientist un trabajo que demuestra que la velocidad de descomposición radioactiva de la silicona-32 varía según las estaciones. [5] Peter Surrock, un físico de la universidad de Stanford, sugirió en un trabajo de 2010 [6] que esta variación en la velocidad de descomposición radioactiva de distintos elementos puede deberse a la actividad solar. Dijo textualmente:

Es un efecto que nadie entiende hasta ahora… Todo el mundo creí que se debía a errores experimentales, porque nos educan para creer que las velocidades de descomposición son constantes.

Por lo tanto, ya no se puede hablar de velocidades constantes en la degradación radioactiva, lo cual invalida la tercera suposición de los métodos de datación radiométrica: “La velocidad de desintegración radioactiva ha sido siempre la misma.”

Por todas estas razones, los métodos de datación radiométrica no son fiables para decirnos la edad de las rocas. A pesar de su aceptación generalizada entre los científicos profesionales, no pueden servir como argumento contra la creencia católica tradicional de que la Tierra tiene aproximadamente 6000 años.
_____________________

[1] En honor al Dr. Samuel Johnson (1709-1784), quien, ante la filosofía inmaterialista de Berkeley (que no existen objetos físicos, sino tan sólo mentes e ideas), le dio una patada a una piedra, y dijo así la refuto. Es cierto que la ocurrencia del Dr. Johnson fue muy ingeniosa, pero como argumento lógico deja mucho que desear.
[2] Creation Ex Nihilo Technical Journal, volúmen 14, nº 2, 2000, páginas 99-122.
[3] Entrevista en la televisión croata, traducida por Milenko Bernadic, y reproducida con su permiso de su blog, Geocentrismo. Se puede leer la entrevista entera, junto con unas reflexiones muy pertinentes del bloguero, en este enlace.
[4] Geophysical Research Letters, 1982, Volumen 9, nº 10, páginas 1129-1130. Se puede consultar en este enlace.
[5] Mullins, J. 2009. Solar ghosts may haunt Earth’s radioactive atoms.
[6] Stober, D. The strange case of solar flares and radioactive elements. Stanford Report, 23 de agosto, 2010.

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