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27 Abril 2015 • "Sin empresa no hay patria"

Manuel Parra Celaya

Amor vegetal

Plantando macetaYa habrán leído ustedes la noticia: la semana pasada, unas trescientas personas, en El Born de Barcelona – espacio sacralizado por el nacionalismo por el 300º aniversario de 1714- se plantaron en macetas, literalmente, en acción reivindicativa por la lengua catalana y por “el compromiso por un nuevo país”.

A título de inventario, destaquemos que participaron insignes figuras del soberanismo catalanista, como Carme Forcadell, Montserrat Carulla, Anna Sahun, Xavier Sabaté ( del PSC, por cierto), Xavier Bosch (Director General de Inmigración de la Generalidad), Ester Franquesa (Directora General de Política Lingüística)… y que el acto contaba con el patrocinio de la propia Generalidad, del Ayuntamiento barcelonés, de la Diputación provincial, de los Ferrocarriles de la Generalidad (¡), de la librería Abacus (¡) y de “treinta asociaciones de inmigrantes”. Calculando el número de colaboradores, de convocantes y de participantes consideramos que quedaron cortos en la previsión de macetas…

La verdad es que “esos chicos” (expresión que plagio de aquel inefable Arzallus) no dejar pasar oportunidad para la ironía, el sarcasmo y el chascarrillo, pero hoy me los voy a tomar en serio, y echo mano de mi particular memoria histórica con un texto antológico.

“¡Cómo tira de nosotros! Ningún aire nos parece tan fino como el de nuestra tierra; ningún césped más tierno que el suyo; ninguna música comparable a la de sus arroyos. Pero… ¿no hay en esa succión de la tierra una venenosa sensualidad? Tiene algo de fluido físico, orgánico, casi de calidad vegetal, como si nos prendieran a la tierra sutiles raíces. Es la clase de amor que invita a disolverse. A ablandarse. A llorar (…)”.

El símbolo está servido. Las raíces atan a la tierra propia –en este caso, con la estrechez de una maceta- y no permiten caminar libremente por los senderos de la historia, de la política y de un proyecto común; ni siquiera subir hacia el cielo, hacia la luz, más que en el límite estrecho de la especie vegetal. Y sigo…

“A esta manera de amor, ¿puede llamarse patriotismo? Si el patriotismo fuera la ternura afectiva, no sería el mejor de los humanos amores. Los hombres cederían en patriotismo a las plantas, que les ganan en apego a la tierra”

Este amor vegetal es lo que define, no un patriotismo, sino un nacionalismo romántico, instrumento en manos de hábiles especuladores: es un reducir el concepto de nación a los límites de la Aldea, que, para cada uno, gana en belleza y en sensualidad al lugar vecino, objeto de nuestros enconos, rivalidades y enfrentamientos. Pero…

“Todo lo sensual dura poco (…). No plantemos nuestros amores esenciales en el césped que ha visto marchitarse tantas primaveras; tendámoslos, como líneas sin peso y sin volumen, hacia el ámbito eterno donde cantan los números su canción exacta”.

Hasta los amores personales pueden tener fecha de caducidad –por su corto alcance- cuando se limitan al fogonazo romántico del enamoramiento de los sentidos, cuando no son capaces de ir más allá y confirmarse en un proyecto de vida; cuando no se sabe que el amor no es mirarse a los ojos, sino mirar juntos en la misma dirección…

“La patria es aquello que, en el mundo, configuró una empresa colectiva. Sin empresa no hay patria; sin la presencia de la fe en un destino común, todo se disuelve en comarcas nativas, en sabores y colores locales”.

El nacionalismo –todo nacionalismo- encierra, en el fondo, una actitud aislante, separadora, “la extensión no importa”, como decía el catalán Eugenio d´Ors. El verdadero amor no puede encerrarse en una maceta, ni en los límites y paisajes –por muy bellos y queridos que sean- de la Aldea. El verdadero amor precisa horizontes amplios y progresivos, igual que al camino de la vida del hombre.

Y no son incompatibles en nada el amor a la propia tierra –Cataluña, Andalucía, Aragón…- con el amor al proyecto de España, ni este con el amor –también perfectivo- al proyecto ilusionante que es Europa.

(Se me olvidaba: los fragmentos seleccionados corresponden al artículo “La gaita y la lira”, de un joven que se llamó José Antonio Primo de Rivera).

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